El análisis escrito 7 días después del 11/9, el ataque a las Torres Gemelas y el Pentágono y la persistencia de factores en el escenario mundial.

James Petras

Sociólogo

Las trágicas muertes y heridas de miles de empleados como consecuencia de los ataques suicidas al World Trade Center y el Pentágono han evocado el espectro del miedo, la ira y la guerra. Mientras miles de ciudadanos estadunidenses han acudido para donar su sangre y hacer servicios médicos voluntarios en actos de solidaridad con las víctimas, el presidente George W. Bush y el secretario de Estado, Colin Powell, hablan de “un acto de guerra” y de “lanzar una guerra” contra un adversario aún no determinado, pero que, se especula, pueden ser terroristas y Estados árabes/musulmanes.

La definición de guerra hecha por Bush y Powell es adecuada. El problema es que los actos violentos en Washington y Nueva York no anuncian el inicio de una guerra (un “segundo Pearl Harbor”), sino la continuación de una guerra que lleva bastante tiempo en el Medio Oriente, el Golfo y el sur de Asia entre, por un lado, Estados Unidos y sus aliados, y las naciones árabes y pueblos de la región, por el otro.

Irak ha sido atacado violentamente por bombarderos durante más de una década. La Guerra del Golfo jamás terminó. La guerra del régimen israelí -apoyado por Estados Unidos- contra los palestinos continúa, con asaltos aéreos y terrestres constantes por parte de Israel y bombardeos suicidas de los palestinos. En el sur de Asia y el norte de África, Estados Unidos ha emprendido actos de guerra contra Afganistán, Libia y Sudán como continuación de su conflicto con terroristas árabe/musulmanes.

El empeño de Estados Unidos en esta guerra ha sido invisible y distante para la gran mayoría del público estadunidense, porque los objetivos de la violencia han estado siempre en el extranjero, en el Medio Oriente y otros lugares.

Inadvertidamente, Ariel Sharon, primer ministro de Israel, ha sido explícito respecto a la interconexión de los conflictos: vinculó la guerra violenta de Israel contra los palestinos con la violencia en Nueva York y Washington.

La extensión de la guerra hacia territorio estadunidense, así como la amenaza de Washington de lanzar la guerra contra Estados que ofrecen “refugios seguros a terroristas”, ha puesto muy nerviosos a los inversionistas. Los financieros de Wall Street temen con razón la venta masiva de acciones y bonos, en particular por parte de los inversionistas extranjeros, además de una fuga de inversiones en dólares en búsqueda de lugares más seguros. La destrucción del World Trade Center, cerca de Wall Street, aumenta la percepción entre los inversionistas de que el poder global de Estados Unidos no es invencible y es vulnerable al ataque. La adquisición de las acciones y los bonos estadunidenses estuvo propiciada más con su imagen como baluarte de estabilidad que con su economía especulativa y su impulso por el consumo. La fuga de inversión extranjera empujará a la economía estadunidense hacia una recesión más profunda, y la mayoría de los economistas cree que habrá una venta masiva de dólares, debilitando las cuentas externas de Estados Unidos.

La fragilidad del nuevo orden mundial se manifiesta en los esfuerzos para reforzar la política de seguridad y las fuerzas militares en la OTAN, con el fin de proyectar una imagen de cohesión y fortaleza. Sin embargo, los ataques violentos tienen sus raíces precisamente en la historia reciente de las guerras de los Balcanes y el bombardeo de Yugoslavia, y las guerras de sus aliados en Bosnia, Kosovo y Macedonia. Consolidar el poder global y conservar un imperio contra los adversarios no es fácil. Muchos historiadores han señalado que las guerras lanzadas en el extranjero tienden a regresar a casa.

El politólogo conservador Chalmers Johnson habla de un blowback o efecto bumerán, en el que las mismas fuerzas (fundamentalistas musulmanas) que fueron apoyadas por Washington contra sus adversarios (URSS) se transforman después en sus violentos enemigos.

Si, como parece ser el caso, extremistas musulmanes estuvieron involucrados en los ataques violentos en Nueva York y Washington, entonces el gobierno estadunidense debe asumir su responsabilidad: muchos miles de fanáticos islámicos recibieron financiamiento en su ofensiva violenta contra el régimen laico de Afganistán, apoyado por la URSS a finales de los setenta. Estados Unidos dio abasto y entrenamiento a estos extremistas islámicos utilizando armas de la más avanzada tecnología, incluyendo misiles de mano que buscan calor. A principios de los noventa, el régimen musulmán de Bosnia, con apoyo de Estados Unidos, reclutó guerreros islámicos de la guerra en Afganistán para pelear contra Serbia. En Kosovo y Macedonia, Estados Unidos se alió y proporcionó armas al KLA, que incluye muchos veteranos islámicos de estas guerras extranjeras. Los fanáticos islámicos que Washington antes llamaba “luchadores por la libertad”, hoy son los violentos terroristas que realizan acciones violentas contra Estados Unidos, guiados por el sospechoso número uno, Osama Bin Laden, quien recibió apoyo de la CIA. Washington ha creado un monstruo anticomunista que se ha vuelto en contra de su patrón. Lo que han aprendido los terroristas islámicos de sus mentores de la CIA es cómo hacer la guerra de alta tecnología, y lo que han aprendido de sus mentores religiosos es su voluntad de sacrificar sus vidas en la “santa guerra”. Esta combinación letal fue evidenciada en Nueva York y Washington. Desgraciadamente para la humanidad éste no es el último capítulo en esta guerra entre extremistas.

En lugar de guerra, éste debe ser un tiempo para reflexionar sobre las raíces sociales y políticas del conflicto; un tiempo para reconocer que los derechos de autodeterminación tienen precedencia por encima de las doctrinas imperiales obsoletas de esferas de influencia y colonias de asentamientos.