Es probable que el Gobierno siga perdiendo fuerza y popularidad en el próximo período, pero eso no significa que por ahora vaya creciendo una alternativa en la vereda del frente.

Ernesto Águila

Académico

Gracias al serio y didáctico trabajo de la Fundación SOL podemos formarnos una visión sobre cómo viven los chilenos y chilenas. Lo que asoma de sus cifras es un Chile cotidiano marcado por la precariedad. Las mitad de los asalariados en Chile gana menos de 380 mil pesos, un 70 % no percibe más de 500 mil pesos, solo un 10% tiene una renta superior al millón de pesos, las mujeres ganan en promedio un 30% menos que los hombres, más de la mitad de los chilenos y chilenas que se jubilan vía AFP lo hace por debajo del sueldo mínimo. Existe un alto endeudamiento, el que contrario a lo suele pensarse no se usa solo para bienes suntuarios sino muchas veces para llegar a fin de mes.

Esta  realidad cotidiana de bajos salarios y pensiones, alto endeudamiento y empleos precarios, se encuentra fuera de la conversación cotidiana del mundo político, y para ser rigurosos ausente tanto de la agenda del Gobierno como de la oposición. Masivas vidas precarizadas que transcurren en la invisibilidad política.

El Gobierno del Presidente Piñera se acerca a los seis meses desde su instalación. En parte su triunfo se debió a que fue capaz de convencer a un segmento de la población que su administración traería reactivación económica, más y mejores empleos, mejores salarios. Bajo el lema “Tiempos mejores” fue capaz de abrir altas expectativas al respecto. Hoy esa siembra de expectativas se ha vuelto en su contra: esas vidas precarias que describíamos al comienzo de esta columna no han cambiado en nada. El crecimiento económico no solo es modesto sino que no se observa ninguna política pública o mecanismo que permita traspasar dicho crecimiento a salarios, pensiones y calidad del trabajo. Por el contrario, el  llamado “Estatuto laboral para jóvenes” va en la dirección de precarizar más el trabajo y el anuncio de una reforma tributaria regresiva implica, por la vía de la “integración”, una sustancial rebaja de impuesto para los más ricos.

La segunda administración Piñera es desprolija y los desaciertos y chascarros de sus Ministros abundan, pero no es un Gobierno inocuo ni carente de dirección política. En lo económico quiere dejar de herencia una contrarreforma tributaria que redundará en recorte de derechos sociales y anuncia una reforma laboral para debilitar al ya debilitado sindicalismo. Tampoco es inocuo en temas de derechos humanos y lo que hemos observado en las últimas semanas ha sido una verdadera regresión en mayoritarios sectores de derecha, usando argumentos y un lenguaje que no se escuchaban hace muchos años, buscando empatar moralmente estos hechos, subsumiéndoles en explicaciones de contexto. Las violaciones a los derechos humanos no se explican, se condenan. Ese es por lo menos el acuerdo civilizatorio al que llegó o creyó llegar la humanidad hace 50 años.

Es probable que el Gobierno siga perdiendo fuerza y popularidad en el próximo período, pero eso no significa que por ahora vaya creciendo una alternativa en la vereda del frente. Falta allí renovación programática, nuevas alianzas y liderazgos. Pero, sobre todo, falta reconectarse con esas vidas precarias de chilenos y chilenas.