El desafío de un periodismo popular donde las rigideces no ayudan y la tentación de la transgresión es mejor.

Hugo Guzmán R. Director El Siglo. Cuando un periódico alcanza los 78 años de vida, al borde de ocho décadas de existencia, le representa un desafío al equipo que lo desarrolla, que sobrepasa la efeméride y se convierte en una provocación.

Las rigideces no ayudan y la tentación de la transgresión es mejor.

En esta época contemporánea hay situaciones ineludibles. La crisis de los diarios de papel y la irrupción de las nuevas tecnologías de la comunicación, que conlleva hallar respuestas precisas.

El Siglo no renuncia a dejar el impreso en tanto le es útil a un sinnúmero de lectores, al tiempo que desarrolla su Web y se adentra en los recovecos de las redes sociales donde encuentra miles de seguidores y lectores.

Hay que validar la tesis de la complementación de herramientas y no andar prendiendo velitas a algún formato.

Como el Estado chileno no es plural ni equitativo en la distribución de su avisaje -se lo otorga en alrededor del 80% a empresas privadas que, al mismo tiempo, exigen que no haya medios estatales, públicos ni alternativos, en una siniestra paradoja-, y el aviso publicitario en Chile está ideologizado y por eso no llega a medios populares y de izquierda, El Siglo recurre a avisaje alternativo, a sus lectores, a campañas de bonos y suscripciones, y a una gestión que eficiente los recursos.

Una de las armas de quienes desean extinguir a la prensa popular y de izquierda, es boicotearla financieramente. Es un acto premeditado. Tan aberrante, que hoy el ciudadano que sale a la calle en la mañana, solo encuentra diarios conservadores en los quioscos, una atrocidad para cualquier sociedad que aspire a ser democrática.

A lo anterior se suma algo trascendente. El periodismo que se practica. Cualquier medio popular y de izquierda debe aspirar a posicionarse con calidad, veracidad y credibilidad.

Debe hurgar con bisturí en mano en la realidad de la gente y en el acontecer de los procesos. Ir a un reporteo más procesal que declarativo.

En ello es básico hacer el esfuerzo y asumir el reto de hacer un periodismo audaz, creativo, crítico, develador, que significa dejar de lado contenidos boletineros, la subyugación a criterios burocráticos y sectarios, la distorsión de realidades o la evasión de la polémica.

También meterse en las notas lúdicas y de entretenimiento, en el enriquecedor abanico de temas que están en las calles, en las casas, en las tertulias.

Por lo demás, un periodismo serio y digno no puede ser presa de quienes andan buscando portadas, titulares, espacios, con pretensiones narcisistas y egoístas, vengan de donde vengan. Un periódico popular, al servicio de causas nobles y justas, no puede ser visto por algunos como instrumento con fines individuales e intereses políticos particulares.

En lo desafiante y provocador, se aparece irremediablemente el hacer un periodismo crítico, sin abrir fisuras con la veracidad y dar cuenta en su dinámica y complejidad de sucesos y procesos. Es probablemente una de las tareas más sensibles. Sobre todo por lo que puede provocar.

Lo importante, parece, es finalmente no afectar la definición martiana de que “no hay cetro mejor que un buen periódico”. En ello toma forma aquella premisa planteada por Ernesto Guevara de que “no es posible destruir ideas por la fuerza, porque esto nos bloquea cualquier desarrollo libre de la inteligencia”.

Hay que ser cronistas del tiempo presente, ser recipiente limpio de los sucesos que marcan los procesos colectivos, cobijo de hechos que sellan procesos sociales, políticos y económicos, receptáculo de los procesos regionales e internacionales con una mirada transformadora y veraz, para informar bien y, a la vez, ser insumo, materia prima del futuro, para quienes escribirán la historia.

Un periodismo capaz de indagar en lo humano y lo divino, evitando la incertidumbre y el desengaño, relatando lo que acontece con veracidad, creatividad, audacia, prontitud, sin enfados, ojalá acercándose a lo transgresor.

Cuando Luis Emilio Recabarren fundó el periódico que estaría al servicio del pueblo (El Despertar de los Trabajadores), acometió un acto de rebeldía. Fue la aparición, a inicios del siglo pasado, de la auténtica prensa contra-hegemónica, porque se puso en frente -no abajo- de la prensa hegemónica que ya existía en el país.

Sin prejuicios, Recabarren habló de que el periódico de los trabajadores llegaba “a divulgar una doctrina que conduzca a todos por el mejor camino de fraternidad social de los pueblos”, y que debía cumplir una labor de educación y organización. En definitiva, el contrapunto a lo que hacen los medios de los empresarios, que también cumplen una función de orientación al sector social que representan.

Ese acto de rebeldía de quienes forjaron esa prensa popular, se debe replicar hoy con eso, con rebeldía, es decir, con sentido de un periodismo transformador y transformado.

Un tema que se aparece seguido en este camino, es el de la estigmatización de los medios de prensa populares y de izquierda. Algo que se hace hasta desde la prensa liberal y posmodernista. Pero, finalmente, es en el ejercicio de un periodismo asertivo, creíble, dinámico y veraz donde se rompen esos estigmas que, por lo demás, llevan una intencionalidad política.

En ese marco hay que recordar que todo medio de prensa tiene una línea editorial, sostenida, se quiera reconocer o no -los medios hegemónicos siguen con la cantaleta de que son “objetivos” cuando detrás está la mano de poderosos intereses financieros e ideológicos- en ideas políticas y posiciones respecto a las disputas de fondo en el seno de la sociedad. Hay una idea expresada por Salvador Allende ante periodistas, en el sentido de que “el periodismo objetivo ( ) no existe, sino (el) periodismo con ideas y con principios”, sea cual fuese la posición del periodista o del medio de prensa. Es la presencia de cualquier medio en el estado de conciencia de la población.

Eso define realmente las prioridades informativas y analíticas pero, sobre todo, define una agenda periodística propia. Es la soberanía informativa que preserva El Siglo.

Es así que se instalan los retos de las nuevas tecnologías y los nuevos formatos, junto al desafío de hacer un periodismo que se aleje del oscurantismo y encienda luces para conocer y analizar las realidades, con un sentido de función social, y con calidad y sentido editorial.