En AL tenemos experiencias propias y cercanas sobre gobiernos transformadores, la experiencia de la UP fue un ejemplo de ello para el resto del continente y a nivel mundial en el siglo pasado.

Fernando Bahamonde

Profesor. Punta Arenas

Si existió en el lenguaje de la izquierda en las décadas de los 60 y 70 un concepto despreciado fue el de reforma. Pero hoy debemos entender que los procesos sociales son lentos y que los objetivos son medibles estratégicamente en ciclos de mediana o larga duración y existen múltiples condiciones que influyen en las particularidades nacionales. Las revoluciones son aceleradores de la historia que se gestan por el estallido de crisis estructurales que se deben acompañar con la acumulación de fuerzas para superar el agotamiento del orden existente. Los procesos revolucionarios del pasado siglo nos demostraron que tuvieron un carácter local, es decir estallaron en países periféricos específicos y no lograron abarcar espacios continentales o mundiales más amplios, pero sí influenciaron a partidos, movimientos y militantes de otros países a seguir el mismo camino. Fueron procesos que movilizaron a miles o millones de personas que en la mayoría de los casos asumieron la violencia para terminar con la opresión y explotación de la que eran víctimas, y una vez derrumbado el poder se inicia un periodo de rearticulación de los parcialmente derrotados con la colaboración de fuerzas externas lo que obligó hacer frente a la incertidumbre con drásticas acciones de sobrevivencia para preservar la revolución. El origen de la revolución determinó su curso posterior, hacia nuevos periodos de reorganización de fuerzas para iniciar la tarea de crear una nueva sociedad. Esta fue la tradición de revolución en el siglo XX, pero no necesariamente del siglo XXI.

Si pudiéramos sintetizar conceptos que a su vez son procesos políticos como revolución y reforma, podríamos señalar el de transformación. Los gobiernos transformadores se desarrollan en el esquema de democracia representativa, acumulan fuerzas electorales para acceder al poder. En este cuadro existen variables de triunfo como la votación obtenida y la correlación de fuerzas que la sustenta, la representación en el congreso, la movilización favorable de los sectores populares, el poder de los adversarios en tanto capacidad de unidad para la acción y el rol de las FF.AA. El gobierno transformador, regularmente, se traza objetivos de largo plazo como la distribución de la riqueza y erigir una nueva Constitución de modo de hacer compatible el nuevo Estado con sus nuevas responsabilidades para una nueva sociedad. Dependiendo del peso específico de dicho país y sus riquezas y la influencia de su transformación está presente el factor internacional que en conjunto con la oposición jugaran un papel desestabilizador de baja intensidad: sitio comunicacional de posverdad exterior y cerco legislativo interno. La alta intensidad es la cara más visible del imperialismo, bloqueo comercial, sabotaje económico que concluye con un intento de golpe de estado o, definitivamente, de invasión de una potencia extranjera.

En América Latina tenemos experiencias propias y cercanas sobre gobiernos transformadores, la experiencia de la Unidad Popular fue un ejemplo de ello para el resto del continente y a nivel mundial en el siglo pasado. En este siglo Bolivia y Venezuela han comenzado caminos transformadores no exentos de conflictos. El caso de Venezuela es emblemático porque se inició con el colapso del duopolio que gobernó ese país por décadas, con una corrupción desatada y una riqueza como el petróleo entregada al monopolio extranjero que desencadenó el Caracazo de 1989, un intento de toma del poder al estilo revolucionario en 1992 y finalmente el triunfo electoral de Hugo Chávez en 1998. Entre medio intento de Golpe de Estado el 2002, validado en su momento por el gobierno de Ricardo Lagos. Venezuela ha experimentado la misteriosa muerte de su líder y la sucesión, en un clima agudización del enfrentamiento impulsada la acción imperial en todos sus frentes. A los medios de comunicación internacionales que nada tienen de imparciales, y a los observadores interesados que, si lo son, les cuesta entender como el gobierno Bolivariano se mantiene en pie, porque no consideran los siguientes factores: el gobierno ha ganado 18 de 20 elecciones, obviamente ninguna reconocida por la oposición. Lo que indica que detrás existe apoyo popular en base a la conciencia de años de proceso transformador que permite afrontar las crisis. Segundo, la lealtad constitucional del ejército y, por último, una oposición que está permanentemente dividida por caudillos de diferente calaña.

Por su parte el gobierno reformista, considerado en términos clásicos, pretende contener al gobierno transformador y la revolución. No obstante, si luego de la Revolución Cubana la reforma era insultante, tras décadas de neoliberalismo mundial la reforma adquiere otro sentido según la realidad en la cual nos situemos. Independientemente los apellidos con que se le juzgue-estructural, parcial, cosmética, etc.-las reformas modifican un estado de inercia del modelo, luego de su implementación tiene como consecuencia un nuevo punto de partida para profundizar avances. En Chile, por ejemplo, se produce un contexto en el cual ya no se puede retroceder, incluso para aquellos que originalmente se opusieron a las reformas, como es el caso de la gratuidad en educación superior, que la derecha no puede retrotraer a lo sumo le molesta como permanente piedra en el zapato y paralizará su avance causa por la cual este sector nunca implementará reformas, sino contrarreformas que bautizará como una modernización de un área específica. Las reformas de esta naturaleza están destinadas “a correr el cerco” tal vez milimétricamente, pero rompen con la naturalización de una realidad que a primera vista parecía insondable. Si ahora sumamos la revolución, la reforma y la transformación podemos concluir que una “Revolución Democrática” es un horizonte en que existen todas estas variables, camino que es necesario y posible para Chile.