la industria televisiva actual es una sola gran transaccional de la desinformación, la entretención banal y la anticultura.

José Luis Córdova

Periodista

Al final,  la industria televisiva actual es una sola gran transaccional de la desinformación, la entretención banal y la anticultura.

Lo que en Chile comenzó como una quijotada de estudiantes de ingeniería, gente de radio, periodistas y artistas (Raúl Aicardi, Pedro Caraball, Bartolomé Dezerega, Fernando Reyes Matta, Luis Marcos Stuven, Eleodoro Achondo y otros)  que en la década de los ´60 construyeron un sistema universitario de TV que pudo mostrarse con orgullo en el resto del mundo, la dictadura cívico-militar lo convirtió en un instrumento de adormecimiento de conciencias y de manipulación de voluntades.

“Sábados Gigantes”, “El Festival de la Una”, “Dingolondango”, “El Jappening con Já” y otras banalidades se constituyeron en muestras de la estulticia y el abuso de poder de animadores, guionistas y pseudo artistas que inundaron la pantalla chica mientras en las calles operaban los servicios de seguridad en plena impunidad e ignorancia de muchos.

El triunfo del NO en el plebiscito y la presidencia de Patricio Aylwin también capturó a la televisión chilena en un medio a desarrollarse “en la medida de lo posible”, es decir plenamente sujeto a los vaivenes del mercado y la autonomía financiera.

La comercialización alcanzó al sistema informativo, elaborando noticias que, en el fondo, muestran  desde entonces y hasta ahora servicios o productos privados accesibles a través del mercado,  concursos amañados, artistas y periodistas remunerados por marcas comerciales y otros esperpentos de una psuedo cultura popular.

¿De qué otra manera puede explicarse el “éxito” de personajes como Don Francisco, de Patricia Maldonado y otros especímenes que hasta hoy soportan los televidentes en canales netamente comerciales sin línea cultural ni siquiera diseñada y menos aplicada?.

La llegada del color, del video, del cable y ahora de las plataformas digitales de diferente tipo no han contribuido en nada al enriquecimiento de los mensajes ni del relato televisivo sino simplemente a masificarlo y empobrecerlo aún más.

Se habla de la necesidad de un canal público, de señales “culturales”, pero los únicos avances en esta materia dicen relación con más recursos -estatales o particulares- para engrosar conseguir franquicias internacionales para las carteras de grupos económicos y de empresas transnacionales actuales dueñas de las estaciones de TV y de las emisoras radiales en todo el país.

Son heroicos los ejemplos de frecuencias radiales y audiovisuales que sobreviven en regiones (Lota, Copiapó, Punta Arenas, entre otras)  gracias a una teleaudiencia cautiva, a un comercio y pymes pujantes enfrentados a consorcios y cadenas de tiendas poderosas a lo largo y ancho del país.

La publicidad -estatal o privada- es el mecanismo del sistema neoliberal que tiene cercado nuestro desarrollo cultural y amarrados los brazos de medios de comunicación que deberían servir los intereses de sus oyentes, televidentes y seguidores en general.

A estas alturas es imposible pensar en programas como “Ojo con el arte”, “Bellavista 01390”, “El show de los libros”, “La belleza de pensar”, ni siquiera como “La manivela” y menos programas de una empresa medial de investigación periodística como Teleanálisis (aparte, un merecidísimo homenaje a nuestro querido colega Augusto Góngora, de importante aporte en años decisivos y que hoy lucha contra el olvido) así como las colegas Taty Penna y Cecilia Serrano y otros que pertenecen al círculo de los grandes añorados, como Patricio Bañados -injustamente marginado incluso en democracia- mientras sobre viven otros carcamales innombrables.