Nunca leímos, escuchamos ni vimos una campaña tan agresiva como la que se despliega hoy en la nación inca contra el Gobierno de Nicolás Maduro.

Gustavo Espinoza. Corresponsal. Lima. En nuestro continente hemos conocido de la existencia de dictaduras abominables. De regímenes sombríos que han desplegado una ofensiva salvaje contra sus pueblos. De administraciones genocidas, que han hecho de la tortura y la muerte su práctica más usual. Batista, Somoza, Stroessner, Pinochet, Videla, sólo para mencionar a algunos de los más recurrentes cuando se ha tratado de simbolizar el horror de Gobiernos en la América ubicada bajo la férula del Imperio.

Pero nunca leímos, escuchamos ni vimos una campaña tan agresiva como la que se despliega hoy en el Perú, contra el Gobierno Constitucional de Nicolás  Maduro Moros, Presidente de la Venezuela Bolivariana. Con él, no se disiente, No se le critica. No se la formula objeciones. No se discute objetivos, ni propósitos, ni formas. Simplemente se descarga improperios. Se le insulta en la forma más abyecta. Se le llena de adjetivos denigrantes.  Dictador, es lo más simple que se le dice, ignorando que fue electo, y reelecto, por su pueblo en cumplimiento de las disposiciones constitucionales que norman su país.

Para él, se pide el derrocamiento, la cárcel, y aún la muerte. En otras palabras, se deposita en su alforja todo el cúmulo de miseria y de veneno que es capaz de producir la suma de alquilados que tienen en sus manos las columnas de opinión en la prensa grande, la radio y la televisión peruana. Nunca escuchamos a Betho Ortiz, Phillips Butthers, Mijahil Garrido Lecca, Cecilia Valenzuela o Aldo M. usar siquiera la milésima parte de esa “carga” cuando aludían a los oprobiosos regímenes generados por el fascismo latinoamericano, responsable de centenares de miles de muertos, secuestrados, torturados y desaparecidos, en este suelo americano.

Jamás usaron contra esos gobiernos vesánicos, ninguno de los denuestos de los que hoy hacen gala para proclamar a viva voz su condena a un proceso como el de la patria de Bolívar, que se desenvuelve en medio de una brutal ofensiva del Imperio, y que lucha, en las condiciones más adversas, para encarar y resolver los problemas de su pueblo.

Que son falsas todas las diatribas que se vuelcan hoy en los medios de comunicación peruanos contra Venezuela, su pueblo y su gobierno; puede demostrarse fácilmente: con motivo del terremoto ocurrido ayer en diversas ciudades del país llanero, se han difundido numerosas vistas de la televisión, en las que se puede apreciar abarrotados almacenes, colmados de víveres, que caen de las alacenas por efecto del violento  sismo.

Pero ¿cómo? ¿Qué no era que no había qué comer en Venezuela?  ¿No era que la gente se moría de hambre en las calles porque no había alimentos en ninguna parte? ¿De dónde caen las frutas, las verduras, las carnes que se pueden apreciar con la mayor amplitud en los mercados, tiendas y almacenes en Caracas, Sucre, Maracaibo, Barquisimeto, Valencia y otras ciudades, literalmente abarrotados de comestibles?

Esas vistas, las ha podido apreciar el mundo anoche y hoy, pero  no han servido para cambiar el discurso de los predicadores del caos, que han seguido con  lo mismo: “no hay qué comer, en Venezuela”, rugen orondos estos vendedores de sebo de culebra,, empeñados en mantener en vilo a la población sobre la base de mentiras.

Es verdad que en Venezuela hay problemas. Y serios. Son consustanciales a todos los procesos sociales en los que se abandona un régimen de explotación, y se busca que construir un nuevo modelo de sociedad, más justo y más humano. Las fuerzas “de antes” –las del régimen que “se va”, ofrecen dura resistencia,  y recurren a todos los procedimientos imaginables para impedir el nacimiento y la consolidación de un nuevo modelo de gestión.

El sabotaje, el desabastecimiento, la resistencia embozada, el terror y la violencia, el boicot económico; son apenas algunas de las formas que usa la reacción para bloquear las posibilidades de éxito de un proceso de cambios. Y, claro, en el escenario actual, se vale para ello de dos armas extremadamente poderosas: la fuerza del Imperio que alienta la agresión militar en todas sus formas; y   la “prensa grande” que dispara sus misiles envueltos en papel, en redes sociales o en antenas parabólicas. Y no toda la gente tiene capacidad para resistir esa ofensiva, Hay quienes se van. Después de todo, no están  obligados a quedarse. Ellos mismos no se sienten comprometidos con el destino de su patria, y prefieren optar por su propio camino, personal o familiar.  Y equivocados, o no, tienen derecho a obrar así.

Eso también explica el éxodo de personas que abandonan su país. Para ellos, no se han hecho los tiempos de cambio. Prefieren antes –cuando había calma- o después –cuando ya la haya- pero ahora no. El duro crujir de las estructuras sociales que se desmoronan, les quitan el sueño y les  destiemplan los dientes. Mejor “se quitan”.  Y con mayor razón cuando creen que en otras partes tendrán tiempos mejores. Después de todo, la voluntad solidaria existe en todas partes. Y serán bien acogidos allí donde caigan, porque todos quieren ayudar a los que necesitan ayuda o la pidan.

Pero esa es una cosa, y otra es que los dinosaurios de acá usen la crisis de Venezuela para llevar agua a su propio molino. Ni la señora Fachín ni el señor Pérez –supernumerarios de la televisión peruana- tienen que presentarse como abanderados de una causa que, en lo personal, ellos mismos abandonaron hace algunos años, cuando se fueron de su patria. Por lo demás, buscarse “padrinos”  acusados documentalmente de ser agentes de la CIA, o ser catapultados por congresistas vinculados a las peores mafias, no les hacen ningún bien. Es más, los  pinta –o despinta- de cuerpo entero.

Los peruanos somos solidarios y acogedores porque eso es consustancial a la naturaleza humana. El odio y  la xenofobia, resultan incompatibles con nuestra propia esencia. Por lo demás, esa voluntad viene de antaño porque nuestra propia independencia fue macerada gracias al aporte de cubanos, venezolanos, colombianos, ecuatorianos, argentinos, chilenos y bolivianos. En nuestro suelo,  la independencia de América se fraguó con sangre latinoamericana, y no sólo peruana. Por San Martin y  Bolívar, entonces, nos sentimos más cerca  de Nuestra América;  que por Donald Trump, admiradores de los yanquis.

Contra Venezuela el Imperio trama la masa brutal de sus acciones. Y toda la campaña que hace hoy para “convencer” a la gente a fin que dé  la espalda a la administración de Caracas, no tiene más  propósito que  “ganarla” para su causa. Por eso recurre a esperpentos ridículos Luisa Ortega –destituida de  sus funciones en Caracas y “refugiada” hoy en Bogotá-  ha tenido el cuajo de  parodiar un “juicio” a Maduro y “condenarlo” a 18 años de cárcel. ¿Para qué lo hace?  Para que gobiernos pro yanquis –como los del “grupo de Lima”- se enrolen a sus filas y justifiquen su acción

La idea es que varios gobiernos “desconozcan” a Maduro y consiguientemente “reconozcan” a un “gobierno en el exilio”, que se habrá de proclamar “gobierno democrático de Venezuela” y pedirá luego “ayuda” yanqui. ¿Cómo vendrá ella? Fácil.: se tramará un incidente armado en la frontera con Colombia, y luego se dirá que el ejército de Venezuela atacó a ese país. Y Colombia pedirá  “ayuda a la OTAN”. Y lo hará, claro, en “apoyo al gobierno democrático en el exilio”. De ese modo, el escenario de la guerra en el Medio Oriente, se trasladará a nuestro suelo americano. Las Tropas de la “coalición internacional” -la misma que funcionó en Irak y en Libia- actuarán acá, en “apoyo al gobierno democrático de Venezuela”. ¿No hemos visto esta película antes, en alguna parte? Sí,  claro, Polonia, 1 de septiembre de 1939.

Esa guerra imperial,  finalmente, no será exitosa. Millones de Venezolanos defenderán suelo y harán morder el polvo de la derrota a los invasores vengan de donde vengan, Ni Venezuela es Guatemala, ni estamos en 1954. Por lo demás,  no serán solo los llanos venezolanos escenario de esta contienda. En cada país de América estallará con furia, la solidaridad –la verdadera- con la Patria de Bolívar y su bandera.