El fin de la teleserie “Perdona nuestros pecados”, original de Pablo Illanes, abre una serie de interrogantes sin respuestas y no tiene siquiera lecciones de buen comportamiento social.

José Luis Córdova

Periodista

Históricamente los cuentos terminan con una o varias moralejas o mensajes metafóricos para transmitir valores morales, virtudes, advertencias éticas o sicológicas por parte de sus autores.

Sin embargo, el fin de la teleserie “Perdona nuestros pecados”, original de Pablo Illanes, abre una serie de interrogantes sin respuestas y no tiene siquiera lecciones de buen comportamiento social.

La primera duda sobre la producción:  el incierto futuro de la planilla de recursos del canal propiedad de Bethia y la familia Falabella, fuertemente robustecida por esta producción, una de las de mayor audiencia y financieramente exitosa en el último tiempo en el país. La idea es reemplazar estos ingresos con la nueva serie “Casa de muñecos”.

No podemos olvidar tampoco las polémicas valóricas desatadas a partir de situaciones nunca vistas en la pantalla chica criolla. Degollamiento e intento de linchamiento de religiosos, escenas de lesbianismo implícitas y explícitas, el devastador terremoto del 60, estupro y abuso sexual, los clásicos robo de menores, prisiones injustas, incendios, arrepentimiento en el altar y personajes que pierden la visión, junto a violaciones, incesto, infidelidades, escapes desde la cárcel, sacerdotes que tienen hijos y participan en ocultamiento de menores, venganzas, parricidio, bratricidio, escenas en prostíbulo, drogas, nulidad de matrimonio (como se hacían entonces) en un pueblo rural ficticio durante el gobierno de Jorge Alessandri y en vísperas del inicio de la Reforma Agraria que cambiaría para siempre el campo chileno.

La poderosa ola feminista y el consiguiente debate de igualdad de género también se expresó en este relato de ficción con el liderazgo innato del personaje de “María Elsa” (Mariana di Girolamo) que enfrenta sin temores a la sociedad de la época con  el patriarcado y el machismo de su propio padre, Alvaro Rudolphy (el odiado y criminal “Armando Quiroga”, protagonista principal).

Su antagonista, el sacerdote Reynaldo (Mario Horton) se convirtió desde el inicio en el favorito de las fanáticas seguidoras de telenovelas hasta transformarse finalmente en un individuo digno de sospechas, temores y finalmente odiado por un pueblo enardecido que -una vez más como en la realidad- toma la justicia en sus propias manos.

La simple descripción de estas situaciones dramáticas dan cuenta de un relato fuerte, matizado con romances inconducentes, escenas de sexo y violencia que -como decimos- no necesariamente tienen moraleja, exaltación de virtudes ni lecciones formativas para la vida, como eran las fábulas y los cuentos clásicos desde los hermanos Grimm hasta Maupassant, Chéjov, el mismísimo Dylan Thomas y nuestro Manuel Rojas

Acá se trata de vender, de consumir realidades, de graficar el mundo de hoy tal cual es. Es probable que sea una veta diferente del realismo de otrora en una producción de excelente factura, desequilibrio evidente en las experiencia actoral desde las primeras figuars hasta los personajes secundarios y una ambientación, escenografía, escenarios naturales, vestuario, maquillajes y efectos  especiales de alto nivel profesional.

En momentos en que el ex ministro de Cultura del actual Gobierno se mostró como un cavernícola negador de la verdad histórica, “Perdona nuestros pecados” pone las cosas en su lugar, sin ambages, con culpas y evidencias que condenan éticamente a los “malos” sin redimir a los “buenos”. Como en la vida misma. Allí están como muestras, Punta Peuco y la negativa de degradar a los oficiales de nuestro Ejército culpables de las más grandes atrocidades y violaciones sistemáticas de los derechos humanos con el terrorismo de Estado y los crímenes de lesa humanidad por los que sólo un puñado de uniformados y menos civiles han pagado su deuda con la sociedad. Nadie perdona “pecados”.