El Sr. Jocelyn-Holt , tiene un profundo menosprecio por el valor que representa la memoria histórica de los pueblos, que constituye un patrimonio cultural de una nación.

Pedro Aravena

Abogado

El profesor Alfredo Jocelyn- Holt en reciente columna del Diario “La Tercera”, intenta una defensa de Mauricio Rojas, de breve y fallido nombramiento ministerial,  desde una óptica académico-historicista, partiendo menospreciar  la memoria popular y en particular la del pueblo chileno, la que condena con una serie de calificativos, tales como: “tosca y primaria”, “poco confiable”, “parcial o feble”, “traumada” y “autoconmiserativa”.  Y, a la inversa,  pontifica que solo una historia elaborada por historiadores competentes, (que él considera escasos), puede realizar una suerte de profilaxis a dicha memoria, extirpando de ella las simplificaciones maniqueas y tendenciosas,  racionalizándola y evitando incurrir en  “sensiblerías beatas” y “meras rabias que apelan a claques”.

Culmina el columnista, llamando a poner término al financiamiento público de esa “capilla ardiente, animita o altar de la memoria”, por cuanto se estaría subsidiando una visión sectaria.

Por si alguna duda cabe, es obvio que se está refiriendo al Museo de la Memoria y a la masiva defensa de dicha institución y al acto masivo que tuvo lugar, simbolizando su significado de manera amplia, diversa y plural.

Lo que comenzó como una especie de crítica aparentemente docta, culmina  en una diatriba vulgar y patética que deja al desnudo la absoluta incapacidad de lo más ilustrado del pensamiento conservador, para entregar una respuesta que le dé una mínima legitimidad al genocidio a que debió incurrir para imponer el proyecto de sociedad que, en gran medida, sigue vigente en el país.

Más allá de la indignación que provoca este tipo de argumentaciones y por sobre la odiosidad que destila su autor, al menos, quedan en claro tres cosas:

La primera, que el Sr. Jocelyn-Holt , tiene un profundo menosprecio por el valor que representa la memoria histórica de los pueblos, que constituye un patrimonio cultural de una nación y una concepción de la historia como un conocimiento de profundo carácter social, una visión de la historia desde abajo,  como lo señalase el historiador Eric Hobsbawn, de la gente común y corriente  que colectivamente han ido construyendo una visión del pasado y su influencia en el presente a partir de su propia experiencia común y que se encuentra en un constante batallar con visiones ideologizadas que intentan menoscabar esa visión común historiográfica que construyen en cada época y lugar los pueblos y que es de cada vez más profundo interés para los propios historiadores.

Una segunda cuestión, dice relación con el derecho que tiene el Museo  de la Memoria al financiamiento del Estado, precisamente porque a quienes está dedicado, fueron víctimas del actuar del Estado, o más precisamente, de la corrupción infinita que implicó haber destinado a funcionarios públicos,  bienes y recursos financieros del Estado para la implementación de una  política pública de ejecución   de crímenes de lesa humanidad en contra de personas, violando sus derechos fundamentales con la complicidad de los demás organismos y poderes públicos. Por consiguiente, el Estado Chileno al financiar esa obra solo cumple con una elemental  obligación de reconocimiento de su responsabilidad.

Una tercera y última consideración, el Museo de la Memoria es una contribución a la formación moral del conjunto de la sociedad, especialmente, de las nuevas generaciones, como un medio  que sale al paso de la cultura oficial que solo pondera un individualismo hedonista  y sin memoria histórica, sin pasado, presente y futuro, inmerso en un inmediatismo consumista, señalando  que hubo otro momento en el desarrollo histórico del país en que personas comunes y corrientes lo dieron todo por valores muy superiores a los preconiza la cultura sistémica.