Es un nuevo ejemplo del arrojo multiforme de la poesía de Hernández y que explora nuevos asuntos, esta vez desde una voz íntima.

Pablo Orellana. Escritor. Recientemente galardonada con el Premio Nacional de Poesía Jorge Teillier y el Premio Iberoamericano Pablo Neruda, Elvira Hernández (Lebu, 1951) recibe estas preseas que armonizan con su trayectoria y la calidad de su poesía, que goza de buena salud al publicarse recientemente Pájaros desde mi ventana.

Editado por Alquimia Ediciones, sello que ha incorporado notables títulos a la estantería libresca chilena, Pájaros desde mi ventana  es un nuevo ejemplo del arrojo multiforme de la poesía de Hernández y que explora nuevos asuntos, esta vez desde una voz íntima en una recopilación de poemas desde 2012 a 2018 revelando tal vez una pasión, tal vez una ansiedad poética, una obsesión o una furia.

Le oí decir a Patricio Bunster, en más de una ocasión, que el artista debía “mirarse menos al espejo y mirar más por la ventana”. Tal cosa hizo Elvira Hernández. Portentosa capacidad aquella en un mundo lleno de espejos y pocas ventanas. Con voz crítica, en Recursos Naturales, Hernández reflexiona maliciosa serenidad sobre este asunto: “pájaro busca árbol frondoso/ para construir nido// hombre  busca árbol fibra larga/ para fabricar papel// escritor escribe sin levantar la cabeza”.

Y es que sucede que, como todo, estos pájaros de Elvira tienen su origen: “Por estar mirando al cielo/ paveando/ de pronto/ me encontré con los pájaros.”

La ventada de Hernández, en este libro, anduvo por todas partes. Desde ella miró el paisaje y el cielo urbano, y el rural, en Chile y América. Por una ventana tabasqueña, en México, o bien en Lebu, su tierra, o en Valdivia un día de abril.

No todo lo que vuela…

Vociferantes, los pájaros de Elvira Hernández emprenden vuelo para ser testigos de una realidad trémula; la explotación de la naturaleza, la devastación de su hábitat, la tecnología y el desgraciado ruido de la gran urbe. Por eso aquí la voz lírica está lejos de la profecía y de la intriga. No obstante hay intimismo en este libro, algo ligeramente cifrado en enunciados meditativos, y es que además de los pájaros que Elvira ve por la ventana de sus párpados, estos poemas fueron escritos para volar, asombrosos y fugaces, lo que nos revela el impulso de la voz poética.

En algunos poemas recorremos otra época, muy autentica de este terruño del planeta, una escena, una imagen en la cabeza, de una atmosfera más amarilla o más cálida si se quiere. Hay imagen, muchas imágenes, movimiento. Son los instantes en el camino de la palabra, “ahí donde se embolina la perdiz”, porque hay otras palabras como señales de otro tiempo: “Andábamos pato (…)// con el estómago en el espinazo (…)// con los bolsillos planchados” o “De un ala/ me sacaron// Así paré en seco/ y me di un palmazo/ en la frente/ y volví a la carga” o “mojado como diuca” y lo que encontraremos en los poemas “Con las patas y el buche” y “Zorzalillo caído de su catre”.

Desde mirlos a matapiojos, del dron al pajarito de yogourt, del ligero canario al ángel, del foráneo gorrión al mítico Altazor, Quetzalcóatl y el Búho de Minerva, y todos los que han volado están en este libro. Pero la poesía de Elvira Hernández tiene sentencia, por eso deja en claro que: “No todo lo que vuela/es pájaro”.

Vuelo poético

La profundidad de sus poemas cortos, esos que aparentan ser más espontáneos, son la fibra dura de la poética de este libro, como En los bajíos: “En un pie/la garza/sostiene la tarde”. Tenaces, suficientes, estos se erigen dignos y meritorios de contener la poesía: “Aves del paraíso/les llamo.//Estamos perdidas/me dicen/y el paraíso también”.

Por poco ornitóloga, Hernández no solo observa a los pájaros, los conoce y se asocia a ellos con vocación de pájara. Por talento y familiaridad no los pierde de vista, es una diligente sabedora de la música, el ruido y el lenguaje de los pájaros. La hablante oficia también de exégeta, los traduce e interpreta a lo largo del libro en muchos poemas.

Es decidor el epígrafe que de un aletazo le quita a Mary Oliver y adentra al lector a 2017 y que reza: “Un poema siempre debiera tener pájaros”. Es el imperativo, el manifiesto poético, el acto declaratorio. Ante todo pájaros. Y es que posiblemente, o con seguridad, la poeta quiere ser pájaro (“No hay tiempo para pensar/ en la plumífera que llegaré a ser” y “Estoy sacando alas”), y pienso que lo tiene decididamente resuelto en el poema Paradoja: “Mientras más vieja me vuelvo/más pajarito nuevo me hago”.

Para concluir, quisiera detenerme en uno de los poemas mejor logrados de Pájaros desde mi ventana que, junto al imperativo pajarístico y la austeridad de palabras, podemos leer, en Placer, el goce íntimo y una ecuación perfecta: “Es un placer inmenso/la contemplación/de una jaula vacía”. Aquí la metáfora, la gran metáfora de este libro: “una jaula vacía”.