Esa que no se satisface con responder con gueto a quien exige una vivienda digna, esa a la que no le basta con llenar las cárceles de pobres como forma de enfrentar “la delincuencia”.

Richard Sandoval

Periodista

Si el ministro de Estado a cargo de la educación de todos los niños y niñas del país nos dice que si queremos un gimnasio, que si queremos un techo que no se gotee para aprender bien las matemáticas y la física, que si queremos una cocina en la que no se paseen los ratones, tenemos que hacer un bingo, un bingo bonito y gracioso financiado por los mismos estudiantes y sus familias muchas veces vulnerables, quiere decir que ya se han pasado todos los límites de lo decoroso en la política de Chile, este país que cada día que pasa nos confirma más que es una mentira, un paisaje, un simulacro de patria, una farsa de justicia y desarrollo, una República del bingo. Y si ese mismo ministro, el señor Gerardo Varela, añade que ir a ese colegio, como Estado para entregar una solución, sería vil “asistencialismo” -porque quien tiene que dar soluciones es la propia comunidad abandonada-, estamos frente a un mensaje que es la más honesta declaración de la forma de pensar del señor Varela y la educación de mercado que representa: la forma en que se eduquen los estudiantes que no tienen plata para pagar un colegio privado en Chile no es relevante, no me importa si se mojan o se infectan, está en segundo plano si tienen hoyos sus pisos o se caen sus paredes, y no estoy dispuesto a hacerles un favor a estas gentes que quieren todo gratis, esa gente con problemas que suenan en la oreja como bichos molestos, esa gente que no tiene la suficiente plata y que se ha transformado en un feo cacho.

Pero la educación no es la única área en que esa forma de pensar reina en este imperio de vulneraciones llamado Chile, en esta patria que es tan jaguar de latinoamérica que depende de los bingos. Pensemos en todos nuestros vecinos y familiares atacados por un cáncer, pensemos en todos los adultos mayores que no se pueden operar ni comprar los remedios de sus nuevas enfermedades, y pensemos en todos los bingos, rifas, platos únicos bailables y completadas a las que hemos tenidos que asistir, difundir, para que una persona que hemos conocido no se muera. Porque si en Chile no tienes plata para comprarte los medicamentos que han subido su precio casi al doble en los últimos años, si no puedes esperar a que te toque pabellón en tu hospital público, y no haces un bingo, simplemente te mueres, todo adolorido.

Eso está detrás de las palabras de Varela, de las que se disculpa pero reafirma el fondo: yo, como país, como gobierno responsable, no tengo por qué ir a solucionar desde el centro del poder los problemas -que en realidad son derechos- a las personas y sus comunidades que no se hacen cargo de SUS temas, que no se las arreglan entre ellos, entre privados, sean cuales sean sus circunstancias. Así funciona la República del bingo, esa que no se satisface con responder con gueto a quien exige una vivienda digna, esa a la que no le basta con llenar las cárceles de pobres como forma de enfrentar “la delincuencia” pero premia con clases de ética a los ricos que son más ladrones que cualquier lanza del centro, esa que se colude, roba miles de millones de pesos de nuestros bolsillos con la venta del confort, y luego nos contenta con siete lucas de devolución.

Eso somos, la República del Bingo, la que oficialmente en las palabras de un ministro de Estado nos ha ratificado que, en virtud de nuestro ordenamiento jurídico que no nos garantiza derechos sociales básicos, si no nos juntamos con familiares y vecinos en el colegio o la junta de vecinos para reunir platita entre todos, a través de un cartón completo y su posterior premio, ahí quedaremos, muertos, inferiores, con goteras, sin medicamentos, avasallados y desamparados. Qué vergüenza de país.