El pueblo salió al paso de los conspiradores y durante tres años combatió heroicamente en Madrid, Barcelona, Bilbao, Valencia, Granada y otras ciudades.

Pedro Aravena

Abogado

Hace 82 años, el 18 de julio de 1936 se produjo el golpe militar en contra de la República Española, encabezado por Franco, Sanjurjo, Mola y otros generales facciosos, continuadores de las peores tradiciones de un ejército nostálgico de lo que fuese el desaparecido imperio hispánico, de donde decían que no se ocultaba el sol. Estos representantes de un militarismo cuyos mayores logros eran haber ejercido una represión brutal en contra de los movimientos de trabajadores rurales y urbanos de la España de ese entonces.

Junto a los sediciosos estuvieron, principalmente, la ultraconservadora jerarquía de la iglesia católica, fanática enemiga de todo cambio social  y cultural que cuestionase sus privilegios feudales, la que bendijo esa campaña genocida y una oligarquía terrateniente que detentaba el control de gran parte de la propiedad agraria y que expoliaba sin piedad a los pobres del campo, quienes sobrevivían en las faenas de temporada y, cuando el hambre arreciaba, debían arriesgarse yendo de caza furtiva o sustrayendo clandestinamente leña y otros productos en las haciendas, perseguidos por una Guardia Civil, dedicada a guarnecer los latifundios.

El pueblo Español salió al paso de los conspiradores y durante tres años combatió heroicamente en Madrid, Barcelona, Bilbao, Valencia, Granada y otras ciudades en donde logró establecerse la  resistencia republicana, iniciándose así la confrontación que conocemos como la guerra civil española, que trascendió mucho más allá de sus fronteras, por el hecho de constituir la primera confrontación del fascismo con las fuerzas democráticas y revolucionarias en el continente europeo y que más tarde se extendería por todo el orbe.  Y en torno a la cual, cada sector partícipe, por acción u omisión, tuvo conductas cuyas consecuencias se han extendido hasta nuestros días.

Sólo la ex Unión Soviética fue en apoyo efectivo de la República asediada no sólo por el ejército franquista y sus mercenarios, Francia, gobernada por León Blum del Frente Popular  e Inglaterra con un gobierno conservador, con matices, eludieron apoyar al gobierno legítimo del pueblo español, bajo el subterfugio inmoral de la “no intervención”, unos por temores y un pacifismo vergonzante, que solo fue reivindicado por el honor y heroísmo de sus connacionales que formaron de parte de las Brigadas Internacionales.

Ante los asesinatos masivos,  los pueblos que destruidos como Guernika, cuyo martirio fuera inmortalizado por Picasso y que llevara a Neruda a declamar “venid a ver la sangre de los niños” y los conservadores ingleses simpatizando bajo cuerda con los agresores, agasajando  al Duque de Alba, embajador de los facciosos, conducta inexplicable dado el abierto accionar de Hitler y Mussolini en contra los republicanos, mediante la aviación hitleriana que hizo su estreno bajo el nombre de “Legión Cóndor” y los cuerpos de tropa voluntaria “CTV” del fascismo italiano,  en donde hicieron sus primeras experiencias que les resultaron de gran utilidad para más tarde asaltar los pueblos de prácticamente toda Europa.

Es sabido el desenlace de esta desigual confrontación por sus centenares de miles de víctimas, el masivo exilio de los vencidos y casi medio siglo de dictadura franquista y que continuó con la invasión de casi toda Europa y más tarde de los territorios de la ex Unión Soviética. A su vez, una vez más, quedó en evidencia de la doble moral de quienes se autoerigen como demócratas inmaculados pero que ante la inminencia de procesos revolucionarios no trepidan en cambiar de hombro su fusil, como dijo Carlos Marx y optar por sus intereses, aunque ello signifique dar paso a la antidemocracia y al sometimiento de pueblos que han intentado emanciparse.