En la mayoría de sus capítulos muestra situaciones inventadas, exageradas y simplemente serían montajes con visos de realidad.

José Luis Córdova

Periodista

Digna del programa televisivo “Caso Cerrado” es la situación que enfrenta la abogada y animadora Ana María Polo. Nacida en La Habana, sus padres emigraron apenas se produjo el triunfo de la revolución cubana y se establecieron en Puerto Rico donde ella estudió derecho.

La historia de esta doctora tiene claros y oscuros como cuando afirma que abandonó Puerto Rico porque “perseguían a los cubanos”, afirmación que es desmentida hasta ahora por numerosos satisfechos residentes en la isla del Caribe.

Casada y divorciada, perdió el hijo que tuvo y se instaló en medio de la gusanería cubana en Miami, Florida. Intentó una carrera como actriz y cantante pero lo suyo fueron, finalmente, las cámaras y la cadena Telemundo ideó para ella “Caso Cerrado”.

Se vinculó a los sectores anticastristas más radicales y fue testigo del asesinato de una mujer en manos del esposo, del que acababa de divorciarla precisamente la doctora Polo.

Posteriormente enfermó de cáncer y desplegó intensas campañas para la prevención de este mal, pero su principal objetivo comunicacional fue y es luchar contra el socialismo, el sistema político y las autoridades cubanas sin miramiento alguno.

En los últimos años ha sumado su encono y prejuicios contra el gobierno de Venezuela. De esta manera usa el espacio que anima para dar tribuna a emigrantes -ilegales o no- que viven en los EE.UU.su “sueño americano”

Se ha dicho hasta el cansancio que el programa “Caso Cerrado”, en la mayoría de sus capítulos muestra situaciones inventadas, exageradas y simplemente serían montajes con visos de realidad. El método de selección de demandantes, demandados y testigos constituye un secreto guardado bajo siete llaves.

También se habla de que muchos de los participantes son pagados y el equipo de “asesores” (sicóloga, asistente social, abogado, policía o fiscales) es siempre el mismo, como integrantes del elenco de producción. Las escenas de violencia, amenazas e intentos de golpes serían calculadas y protagonizadas ex profeso. Resulta fácil definir el perfil de los denunciantes y los “acusados”, que se limitan a entregar curiosos e infamantes “testimonios” sobre la vida en Cuba o Venezuela.

Transcurrida la mitad del programa y cuando el televidente más ingenuo o desprevenido tiene una opinión relativamente formada sobre la solución del caso, la intervención de un testigo (esposa, amante, familiar o amigo) abre una nueva arista o interrogante que la doctora Polo dirime con su particular moralina, dejando a todos contentos. En general siempre la vida en EEUU resulta más atractiva, libre y hasta democrática, comparada con la “barbarie” al sur del río Bravo, al mejor estilo de Trump y su “America first”.

En las últimas semanas un nuevo ingrediente se suma a la agitada agenda de la doctora Polo. Resulta que su pareja, ex productora del programa, Marlene Kay, la demandó por apropiarse hasta del nombre del programa “Caso Cerrado”. Todo ello porque, cuando la pareja enfrentó la grave enfermedad de la doctora, ésta decidió testar todos sus bienes a favor de Marlene. Pero cuando, superada la dolencia, decidieron terminar el vínculo, no se alteró el legado patrimonial. Sólo el nom bre del programa tiene el valor de dos millones de dólares. La justicia norteamericana tiene ahora el deber de anunciar -para bien o para mal- caso cerrado.