Hay preocupaciones de que tesis militaristas y autoritarias se extiendan. Que en puntos del mundo se abran y agudicen conflictos de serias consecuencias.

Editorial El Siglo. Desde hace un tiempo, la comunidad mundial volvió a observar, muchas veces con estupor, decisiones y acciones de la ultraderecha en distintos países, las cuales ponen en peligro la paz, la estabilidad, la convivencia cívica y democrática y el respeto a los derechos humanos y civiles.

Solo en esta quincena de junio de 2018, esas expresiones ultraderechistas se vieron expresadas en manifestaciones de gobiernos tan conservadores como retardatarios. Son los casos de Estados Unidos, Colombia e Israel.

Donald Trump, el mandatario de la potencia, en pocos días tomó dos medidas cuestionadas por la inmensa mayoría de la comunidad internacional. Aplicó una resolución judicial que permite que la policía y autoridades estadounidenses separen a los hijos de sus padres migrantes ilegales, ubicándolos literalmente en jaulas, y decidió el retiro de Estados Unidos de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas (NU) por las críticas recibidas frente a esa acción y porque no compartió el rechazo a las políticas represivas de Israel contra los palestinos. Precisamente, el Gobierno israelí continuó estas semanas operativos policiales y militares contra el pueblo palestino, aumentando la dramática cifra de civiles muertos y heridos, entre ellos decenas de niñas y niños, al tiempo que dio rienda suelta a planes militares en la zona que atentan contra la soberanía de otras naciones. En ese cuadro, el nuevo presidente colombiano, ubicado en la ultraderecha de ese país, y subalterno político del ex presidente Álvaro Uribe, ligado a grupos paramilitares y llevado a la justicia por casos de represión y corrupción, anunció que no cumplirá con los acuerdos de paz firmados con la guerrilla de las FARC-EP y echará atrás varias medidas como las nuevas normativas de Justicia Especial para la Paz.

Todo lo reseñado, en general, tiene que ver con posturas insensatas que asume la ultraderecha a nivel local e internacional, abriendo puntos de extrema tensión, de alteración del estado de Derecho, optando por caminos militaristas y represivos, de violación de elementales derechos humanos, incluyendo el de niños que son hostigados y maltratados y otros asesinados y heridos. Son decisiones de gobiernos ultraderechistas que no apuntalan la paz ni contribuyen a la estabilidad nacional, regional y mundial, sino que, por el contrario, generan puntos de graves conflictos, agudizan situaciones dañinas para sus pueblos, rompen con la vía del diálogo y la diplomacia, se saltan el derecho internacional, agreden a pueblos propios y extranjeros, y aplican la tesis de que la fuerza es el camino para imponer proyectos e ideas.

A eso se suman actitudes de otros gobiernos y de otras fuerzas de derecha y ultraderecha en América Latina, Europa, Asia y África, que desencadenan operaciones contra administraciones progresistas y populares, reprimen a la ciudadanía y al movimiento social, se van con todo contra los migrantes, ejecutan medidas desestabilizadoras, optan por acciones de fuerza y se suman sin más a diseños como los establecidos por la Casa Blanca de Trump.

Todo esto genera, evidentemente, un cuadro político, social y diplomático delicado a nivel regional e internacional. Hay preocupaciones reales de que tesis militaristas y autoritarias se extiendan aun más. Que en diferentes puntos del mundo se abran y se agudicen conflictos de serias consecuencias. Hay gobiernos que están por vulnerar el derecho internacional y pasar por encima de organismos de Naciones Unidas. Es una situación que no se puede minimizar ni relativizar. Menos entenderla como algo ajeno.

Es, por tanto, un nuevo momento en que las fuerzas democráticas y populares, los sectores honestos y progresistas, los gobiernos que defienden las soberanías y las vías de diálogo, los movimientos sociales y ciudadanos, los defensores de la paz y los derechos humanos, tensen sus energías para expresar el repudio a las medidas de la ultraderecha, protesten ante las acciones militaristas y autoritarias, llamen al diálogo y el evitar la guerra, insten a respetar derechos de la población (en casos dramáticos como las familias migrantes en Estados Unidos y el pueblo palestino), insistan en la necesidad de respeto a acuerdos de paz y resolver pacíficamente los conflictos internos (algo que hoy peligra en Colombia) y se insiste en respetar el derecho, las institucionalidades, la autodeterminación, la soberanía nacional y popular y los canales diplomáticos y del derecho internacional.