Ser oposiciones implica capacidad de diálogo e interpelación al Ejecutivo, pero también entendimiento entre coaliciones que están en un espacio similar.

Gloria de la Fuente

Directora Ejecutiva Chile 21

 

La calidad de la democracia, decía el politólogo italiano Gianfranco Pasquino, depende más de la oposición que del oficialismo y sin duda ello es una gran verdad. La posibilidad de que las agendas avancen o se estanquen, que el diálogo político sea fructífero o una cacofonía ambiente, pero sobre todo, que el control interinstitucional evite abusos en el ejercicio del poder y garantice el respeto a las reglas del juego, es posible gracias a que exista(n) oposición(es) a la altura. Para que decir lo especialmente relevante que ello se torna en regímenes presidenciales, donde la naturaleza del Ejecutivo y el legislativo es diferente.

La correlación de fuerzas que conocimos en los últimos 28 años en Chile cambió radicalmente y probablemente de manera definitiva por un buen tiempo, especialmente en la Cámara Baja. Se inauguró una nueva legislatura en marzo, más numerosa y diversa, pero sobre todo, sin mayoría absoluta para nadie. Para el oficialismo ello implica un esfuerzo importante primero, por ordenar a sus propias filas tras su agenda y luego, concitar apoyos circunstanciales que le permita ir avanzando en la agenda del gobierno.

Para la oposición -o las oposiciones más bien- el desafío es aún mayor. El quiebre del binominal vino a cambiar una política de alianzas que ya venía en crisis hace tiempo, dejando a la Nueva Mayoría fracturada y le dio oportunidad a una nueva coalición, el Frente Amplio, de entrar con fuerza al parlamento, constituyéndose en el tercer referente político. No obstante, estas coaliciones enfrentan desafíos internos y externos que terminarán perfilando el tipo de oposición(es) que quiere(n) ser, su contribución al debate nacional y su posibilidad cierta de convertirse en una alternativa de gobierno en lo local y nacional.

Desde el frente interno la Nueva Mayoría tiene el gran desafío de encontrar su identidad, a ratos perdida, y establecer con claridad cuál será su política de alianzas para el futuro. Si bien hasta ahora los aciertos han sido muchos y especialmente orquestados por el rol fiscalizador del Partido Socialista, también es cierto que eso no basta para constituirse en un referente sólido en la oposición, donde falta aún la calma y perspectiva suficiente para encontrar un relato que permita hacer un justo diagnóstico sobre la Concertación, el paso hacia la Nueva Mayoría, las causas de la derrota y la construcción de una propuesta de futuro que debe sellar y/o ampliar con claridad sus hoy porosas e indefinidas fronteras en la izquierda y la derecha. Es imposible que una nueva identidad para este sector se construya desde la negación de lo que se fue, con sus aciertos y errores, menos todavía cuando hay toda una generación de políticos que estuvieron en la primera línea, que se niegan a la retirada.

En esta definición interna claramente varias de las elecciones de directiva que experimentarán los partidos de este sector serán determinantes, porque ello también irá configurando cierto delineamiento de la política de alianzas. Clave es, por ejemplo, lo sucedido con la Democracia Cristina hace unas semanas, para ver si vuelven o no a la coalición y clave será la elección interna del Partido Por la Democracia y el Partido Radical. Será relevante también las definiciones que vaya tomado el Partido Comunista, a ratos incómodo con las definiciones de la coalición, especialmente cuando de la defensa a Venezuela se trata.

El Frente Amplio, por su parte, también enfrenta sus propios dilemas internos, naturales para una coalición que parte como una alternativa electoral y no como un espacio de identidad política. No hubo tiempo en el algo más de año y medio para tener discusiones de identidad y proyecto, porque era evidente la necesidad de ser eficientes electoralmente y lo consiguieron. Sin embargo, en su seno hay más dispersión ideológica de lo que tuvo la Concertación en su origen y eso los enfrenta internamente, aunque intentan manejar con sigilo sus diferencias. Del mismo modo, evidentemente la disputa es también por la hegemonía de ese proyecto y por quien es capaz de mantener la identidad y los espacios de decisión en los mismos. Claramente Revolución Democrática es un factor clave porque tiene la mitad de la bancada de esta coalición, pero es evidente que para algunos actores del bloque este liderazgo resulta menos atractivo que una apuesta por una alternativa de izquierda más radical.

La gran ventaja del Frente Amplio, en este cuadro, es que no carga con la pesada historia de haber sido gobierno. No obstante, no tener historia no significa no tener necesidad de saber que causas valen la pena para dar grandes batallas y construir una identidad propia y no en oposición o diferenciación con otros, que es lo que hasta hoy ha sido eficiente en lo electoral, pero que no alcanza para plantearse como alternativa de largo plazo.

En lo externo ambas coaliciones enfrentan también sus desafíos.

Ser oposiciones eficientes implica también capacidad de diálogo e interpelación al Ejecutivo, cuando ello lo amerite, pero también de entendimiento entre coaliciones que están en un espacio similar del espectro político. Esto es especialmente relevante en regímenes presidenciales, donde la iniciativa fundamental y el manejo de la agenda legislativa es iniciativa del Presidente y, en consecuencia, el Parlamento tiene poco control sobre lo que se discute. En esto las señales al inicio de la legislatura fueron una gran noticia, porque el acuerdo entre las oposiciones para constituir las presidencias de ambas cámaras ha sido clave para fortalecer una tribuna donde el Parlamento no ha pasado a ser un mero espectador del debate nacional.

Si esto constituye capacidad de entendimiento o no en el futuro para generar un nuevo mapa de coaliciones, solo el tiempo y la astucia política lo dirá. Por lo pronto es clave comprender que desafíos nuevos requieren también energías renovadas e identidad y en esto, claramente la Nueva Mayoría tiene aún un dilema que resolver y el Frente Amplio un camino por recorrer.