Se dice que en general los árboles son solidarios entre sí, que comparten la fundamental luz solar, la ventilación y la indispensable humedad aérea y subterránea.

Carlos Poblete Ávila

Profesor de Estado

Los seres humanos no somos los únicos residentes de nuestro planeta Tierra, tampoco sabemos si los únicos en el vasto cosmos, existe la sospecha o presunción de la existencia de otros seres en diversas latitudes del universo.

De una inmensa cantidad de especies ignoramos su existencia, sus nombres y su función biológica. Muchas ya desparecieron sin saber nada de ellas, principalmente vegetales, animales, y también del mundo mineral. Tal vez cumplieron su natural ciclo vital o, fueron objeto del exterminio por acción humana.

Del llamado mundo vegetal que habita junto con nosotros algo sabemos, en particular de nuestros hermanos árboles: elaboran la pureza del aire que respiramos, embellecen, prodigan sombra y sus frutos.

Se dice que en general los árboles son solidarios entre sí, que comparten la fundamental luz solar, la ventilación y la indispensable humedad aérea y subterránea.

Científicos noruegos hace un tiempo señalaron como resultado de sus investigaciones que los vegetales son seres sensibles, que experimentan dolor y otras sensaciones. Si son seres vivos, dentro de la llamada lógica, cabe que así sea. La exploración científica no concluye. Tal vez los árboles y otras especies de la rama vegetal se comuniquen, emitan sonidos, tengan sus códigos; la investigación es todavía inicial.

Los árboles también enferman, los atacan plagas, los afectan calamidades. Sufren de soledad, de abandono y de agresiones de parte de la especie humana. Todavía no somos plenamente conscientes del daño causado, de la devastación provocada.

Se han hallado ejemplares vivos de edades milenarias, verdaderos monumentos de la vegetación, verdes testigos de la aurora humana.

La llamada ciencia ecológica moderna es de reciente data. Pero existen documentos históricos, y manifestaciones de nuestros ancestros que constituyen claras señales de que los pueblos originarios han tenido conductas y una cultura de respeto, de valoración e identidad con los seres vivos del mundo vegetal, animal y con el agua.

Expresión de lo afirmado es aquella Carta del Jefe indio Seattle, al Presidente de los Estados Unidos, en 1855, que responde al mandatario a la petición de comprar las tierras de la tribu de los Suwamish. La Carta es un verdadero Manifiesto, un hermoso poema en prosa en defensa de la Tierra, del aire, del agua y de todo lo viviente. Es un canto a la vida. Algunas palabras de ese texto: “¿Cómo podéis comprar o vender el cielo, el color de la tierra?”  (….) “La savia que circula en los árboles porta las memorias del hombre de piel roja”. (…) “El ruido de la ciudad parece insultar los oídos”. (…) “Los indios preferimos el suave sonido del viento”. (… ) “La Tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la Tierra”.