Empatía y antipatía son características de personalidades que en televisión afloran independientemente de la verdad de los personajes en su vida cotidiana.

José Luis Córdova

Periodista

Empatía y antipatía son características de personalidades que en televisión afloran independientemente de la verdad de los personajes -inventados y/o supuestos- en su vida cotidiana.

Se diría que es casi un lugar común que Fernando Villegas, Tomás Mocciatti, Matías del Río no resultan agradables a la vista o la audición por sus intervenciones televisivas. Algo similar ocurre con Patricia Maldonado, la doctora Cordero, la doctora Polo, entre las más conocidas.

Todo ello es subjetivo. Habrá quienes encuentran simpático a “Yerko Puchento” y no a su protagonista, Daniel Alcaíno; y/o a Villegas y a la Maldo, independiente de sus opiniones cavernarias, porque algo distinto es lo que reflejan con su apariencia y los contenidos de sus declaraciones e intervenciones espontáneas. Casos especiales son Pancho Saavedra y José Miguel Viñuela con sus insoportables risotadas. Juan Manuel Astorga y Gonzalo Ramírez podrían considerarse empáticos a “primera vista”.

Comentar noticias, analizar situaciones sociales e incursionar directamente en la arena política, como lo hicieron recientemente, entre otros, Alejandro Guillier, Pamela Jiles, Florcita Motuda o Beatriz Sánchez, puede reportar distintas suertes. Aunque hay gente que sigue negando la existencia de posiciones de izquierda y derecha o las posturas progresistas y reaccionarias, está claro que “por la boca muere el pez”, según las declaraciones de los involucrados.

El autodenominado “sociólogo” Villegas, la siquiatra Cordero y el sostenedor educacional Del Río muestran abiertamente sus preferencias políticas, ganando y perdiendo adeptos, mientras la Maldo, las doctoras Polo y Cordero usan y abusan de vulgaridades y doble sentido en sus intervenciones, provocando respaldo de algunos y algunas.

La proliferación de “lates” (del inglés), antiguamente llamados programas de conversación por las noches, dan tribuna a actores, animadores, periodistas, conductores para “sincerarse” sobre sus vidas privadas, más allá de la farándula de tiempos recién pasado, que se fue a retiro ante el cansancio de la teleaudiencia. Posteriormente, la desaparición de los “reality” pareció una buena instancia para terminar con la grosería en el lenguaje y actitudes de los protagonistas. Pero todo parece indicar que esto se ha desplazado hacia estos espacios nuevos de “conversación”, supuestamente en horario “para mayores de 18 años”.

Al respecto parece que los alicaídos matinales han buscado como salvavidas, el mal gusto, el sensacionalismo, las acciones obscenas y el garabato a vista y paciencia del Consejo Nacional de Televisión. La industria televisiva sigue en caída libre.