Se requiere de transformaciones económicas, políticas e institucionales que generen base material y social para el desarrollo y bienestar de las mujeres.

Editorial. El Siglo. Sin duda que las movilizaciones y demandas de las mujeres coparon la agenda nacional en las últimas semanas.

El asunto es de fondo y de largo alcance. Tiene que ver con una antigua aspiración de la mujer chilena a que se respeten sus derechos y, al mismo tiempo, se abandonen y terminen prácticas discriminatorias y acciones agresivas y criminales en contra de ellas.

El acoso y abuso sexual, la violación, el femicidio, constituyen una dramática realidad en nuestra sociedad que hay que combatir cultural, preventiva y legalmente. Junto a ello, están presentes desafíos para lograr la equidad laboral y salarial de las mujeres, garantizar su participación y capacidad de decisión en ámbito de dirección, generar condiciones para que puedan ejercer el derecho a decidir sobre ellas y sus cuerpos, respetar las leyes que las protegen y permiten el ejercicio de derechos, y responder a las demandas femeninas en materias de salud, educación, cultura, ciencia, deporte y otras actividades.

La sociedad chilena no será realmente democrática y participativa si no garantiza derechos de la mujer y termina con la violencia contra ellas.

Esto incluye, inevitablemente, transformaciones económicas, políticas e institucionales que generen base material y marco social para el desarrollo y bienestar de la mujer chilena.

Como muchas de ellas han manifestado, es funesto y está en crisis un modelo machista y patriarcal. Y al mismo tiempo, es nocivo y restrictivo, el modelo económico e institucional hegemónico en el país que permite y genera marcos en que se afectan y restringen derechos de las mujeres en diversidad de situaciones.

De allí que cobre tanta relevancia todo el movimiento feminista y todas las manifestaciones de restaurar y de respetar los derechos de la mujer en toda su integralidad.