En Marx, la historia no es el estudio de las cosas muertas e inmutables. Todo lo contrario; para él, la historia es eterna contradicción y movimiento.

Claudio De Negri

Periodista

Al responder la invitación a compartir este espacio, y que valoro en forma especial, me surgieron espontáneamente dos consideraciones o preguntas preliminares. La primera, acerca del verdadero sentido de abordar la obra de Carlos Marx, a 200 años de su natalicio y 170 de la publicación del Manifiesto Comunista, que escribiera junto a Federico Engels; y la segunda, de lo improcedente de pretender resumir toda su producción teórica en cuatro o cinco carillas.

Lejos de evocar su figura reduciéndola a una efeméride del pasado o a por mera terquedad intelectual, lo nuestro es confrontar su legado con las contradicciones propias de la compleja sociedad y el mundo actual.

Ello nos interpela a hacerlo con la mente abierta, la responsabilidad y atención necesarias para superar mitos e interpretaciones a veces mecánicas o insuficientes, que impiden apreciar la plena vigencia de la obra de Marx, cuya esencia nos entrega una interpretación crítica de la filosofía, la historia y la teoría económica sobre las cuales se desarrollan el capitalismo y sus crisis, al tiempo que traza la necesidad histórica de su reemplazo por una sociedad nueva, sin clases sociales y libre de la explotación del trabajo y la creación humana, como ocurre en el capitalismo.

Es conocido que su obra inspiró gigantescos procesos revolucionarios y la conformación de gobiernos socialistas que llegaron a abarcar a más de un tercio de la Humanidad, en medio de una comunidad mundial marcada por la contradicción entre socialismo y capitalismo, por los movimientos de liberación nacional y la lucha antiimperialista, por el fin del latifundio, por la paz mundial, la autodeterminación de los pueblos y, en general, por la movilización creciente de millones de trabajadores, jóvenes y viejos, mujeres y hombres de todos los continentes, contra las distintas formas de explotación y por la construcción o conquista de una nueva sociedad.

Pero luego de la disolución de la URSS, la RDA y los demás gobiernos socialistas en Europa, de la irrupción de la ultraderecha encabezada por Trump, Netanyahu y sus socios, de las criminales agresiones militares en Medio Oriente y la amenaza de extenderlas a otras regiones, así como la intervención abierta para desestabilizar los procesos progresistas y democráticos de América Latina y la intensificación del bloqueo contra Cuba, las ideas de una transformación social, sean estas de carácter profundo o incluso parcial en aras de una sociedad más justa y democrática, enfrentan un trance histórico de dimensiones globales, que otorga especial valor al legado de Marx.

La arremetida económica, política, militar, ideológica y cultural de la derecha por restaurar sus privilegios a cualquier precio y superar por esa vía las contradicciones internas generadas por el neoliberalismo, pretende imponer la creencia de que ésta es la única forma de sociedad posible, al modo que ya antes proclamó Fukuyama con su postulación del “Fin de la Historia”, o el apoyo de ciertos autores contemporáneos, vinculados a la posmodernidad, que postulan el fin de las grandes causas y las ideologías.

Hace ya 2.400 años, en su libro “La Política”, el filósofo griego Aristóteles decía: “Porque el regir y ser regidos no solamente es cosa que la necesidad requiere, sino también cosa conveniente; y ya desde el nacimiento de cada uno salen unos para ser mandados y otros para mandar”. Es esta la médula de la concepción de una aristocracia -o “clase de los mejores”- que cruza a la antigua sociedad ateniense y de distinta forma prevalece durante la esclavitud, el feudalismo y el capitalismo, contra la que Marx se rebela.

Tanto en el Manifiesto del Partido Comunista, que redacta junto a Engels para señalar que “La historia de todas las sociedades, hasta nuestros días, es la historia de la lucha de clases”, como en el conjunto de su obra, su asunto central es la interpretación del capitalismo como una etapa histórica que, como antes ocurrió con el esclavismo y el feudalismo que lo precedieron, necesariamente y a partir de sus propias contradicciones, deberá dar paso a una nueva formación económica, política y social, que Marx define como la sociedad socialista.

De ahí la importancia de volver sobre Marx, teniendo como centro las herramientas que nos legó para romper un determinismo según el cual no hay más remedio que la resignación al actual orden de cosas, como si éste fuera una disposición superior divina e inmutable. En su pensamiento encontramos aspectos claves para la comprensión de una historia en permanente movimiento, a partir de la lucha de clases y la definición de sus contradicciones en cada período, de las contradicciones y la relación dialéctica entre las condiciones materiales y el desarrollo de la conciencia humana, que cuando despierta es capaz de mover montañas y hacer girar la rueda de la historia, pero a partir de la realidad y con los pies puestos en la tierra.

Inspirados en su legado, diversos procesos revolucionarios han llegado al poder para erigir gobiernos que han tomado el nombre del socialismo. Unos ya no existen, como la RDA y la URSS; otros, como Cuba, Viet Nam y China, continúan su ruta. Ninguno ha emergido ni se ha desarrollado igual al otro, pero todos sin distinción han debido enfrentar, además de sus propias contradicciones y complejidades internas, la furia de las castas que se sienten predeterminadas por la naturaleza, al estilo de lo señalado por Aristóteles, para detentar el poder.

En Marx, la historia no es el estudio de las cosas muertas e inmutables. Todo lo contrario; para él, la historia es eterna contradicción y movimiento.

A modo de una primera consideración general, podemos anotar que la vigencia de la obra de Marx radica en que devela las formas de explotación y las crisis del capitalismo; el valor del trabajo humano; los modos y las relaciones de producción como base del desarrollo una sociedad histórica determinada; el rol de la lucha de clases como motor de la historia y la relación dialéctica entre las condiciones materiales de la vida y el trabajo humano y el desarrollo de la conciencia, que siempre es social.

Los contenidos del “Manifiesto”, los “Manuscritos Económico-Filosóficos”, “El Capital”, “La Ideología Alemana”, “La Sagrada Familia” o las “Tesis Sobre Feuerbach”, entre múltiples otros, conforman una teoría destinada a plasmar un análisis objetivo de la realidad histórico-social, a la vez que establecer las bases generales para su necesaria transformación real. Pero constituyen una teoría que se plantea como guía para la acción, y no como un dogma cual recetario de cocina.

Visto desde esta mirada, la respuesta a la vigencia de la obra de Marx, lejos de constituirse en una opción subjetiva al estilo de las alternativas actualmente en uso en el internet, que se reducen a marcar “me gusta” o “no me gusta”, la encontramos en una realidad objetiva -y no opcional- de una sociedad donde la apropiación del fruto del trabajo ajeno a través de la generación de plusvalía y las formas de explotación, las diferencias de clase, la alienación, la división internacional del trabajo y la superación de las crisis cíclicas propias del capitalismo, siguen pesando sobre las espaldas de quienes sólo cuentan con su fuerza de trabajo, provocando contradicciones que generan condiciones objetivas para un cambio histórico, aunque éste no se producirá ni logrará consolidarse de manera automática y divina, mecánica ni espontánea, sin la acción práctica y consciente del ser humano, del sujeto de las transformaciones sociales. De allí el llamado a la unidad de los proletarios del mundo, hoy más vigente que nunca.

Fenómenos como la globalización, el desarrollo vertiginoso de la informática y su impacto en las comunicaciones de todo tipo, la robotización, la generación de valor mediante amplias cadenas productivas e innumerables otros desarrollos tecno-científicos, sin duda constituyen un cambio cualitativo de escala mundial, pero que dentro de los marcos actuales redundan en una acentuación de los niveles hasta ahora inimaginables de acumulación de la riqueza, en la medida que acrecientan la productividad del trabajo manteniendo el modo de producción o de apropiación de la riqueza producida. Todo esto, sin detenernos todavía en el desarrollo de los mecanismos de control social.

Surge naturalmente la pregunta acerca de por qué razón, habiendo tales niveles de agudas contradicciones objetivas, sin embargo se ha puesto en boga un denominado retroceso del ciclo transformador en América Latina y otras regiones, emerge un movimiento ciudadano enarbolando una semántica en no pocos casos distanciado de la reivindicación del rol de los trabajadores como fuerza motriz, y afloran el abstencionismo electoral y una supuesta despolitización y desideologización -que finalmente terminan siendo una ideología que se expresa políticamente- presentando nuevas complejidades al desarrollo del imperioso proceso de transformaciones.

Nada parece más ajeno a este cuadro que interpretarlo como señal de una supuesta caducidad del legado de Marx cuya teoría se inspiró en la necesidad de que el pueblo trabajador contara con su propia ideología, basada en una interpretación científica -y no utópica- de la historia, la economía y la sociedad, pero para transformarla en términos reales, desafiando todo determinismo y visión mecánica.

Marx ve a la lucha de clases como una confrontación donde los sectores dominantes no estarán dispuestos a ceder voluntariamente sus privilegios, por lo que ello sólo será posible mediante la conquista del poder por la fuerza del proletariado, que constituye la amplia mayoría de la población.

En “La Ideología Alemana” se confronta con la visión hegeliana, que tomaba como premisa el imperio de la religión, y con los socialistas utópicos de la época. “No combaten de modo alguno el mundo realmente existente”, decía, y llamaba a “partir de premisas reales, comprobables empíricamente”, considerando que aquello que los individuos son, depende y está inseparablemente relacionado con las condiciones materiales en las que producen sus condiciones de vida; que la producción de las ideas, la representación y la conciencia aparecen, al principio, directamente entrelazadas con la actividad y la relación material entre los humanos. Concibe a la liberación como un acto histórico, y no solamente mental, que implica cambiar el mundo realmente existente.

Siguiendo esta línea de pensamiento es que Jorge Dimitrov, líder sindical y dirigente del Partido Comunista Búlgaro, el siglo pasado describía el proceso de desarrollo de la conciencia de los trabajadores pasaba por una primera etapa en la que, aunque se tuvieran a sí mismos por “apolíticos”, eran motivados por la reivindicación básica de sus salarios y condiciones de trabajo, para luego a partir de eso y mediante su experiencia práctica, llegar a comprender que éstas dependen de la existencia de un régimen político que las establece y requiere ser cambiado, hasta llegar a la comprensión de la necesidad de una concepción o ideología que rija a ese nuevo régimen que se anhela.

En la Ideología Alemana, Marx aborda también el concepto de libertad a propósito de la alienación. A diferencia de la concepción religiosa del “libre albedrío” o de la mención musical contemporánea que, aunque hermosa, proclama la libertad de los pajaritos “a quienes nadie les pregunta a dónde van”, él señala que la libertad verdadera sólo se alcanza en la medida que el ser humano logra comprender las causas concretas que determinan su existencia y logra actuar sobre ellas para transformarlas.

En suma, podríamos resumir lo señalado distinguiendo la diferencia existente entre los postulados generales de Carlos Marx, plenamente vigentes frente a las condiciones objetivas del actual desarrollo del capitalismo, y la capacidad de los procesos políticos y sociales para ponerlas en práctica en las condiciones concretamente existentes, superando dogmas y toda tendencia a reducirlas a la condición de un manual que no se condice con las condiciones reales y específicas de cada lugar y momento histórico.

Nuestra propia experiencia nacional, de una izquierda que postuló el concepto de vanguardia compartida en lugar de partido único de la revolución, o de la conquista del gobierno con Salvador Allende por la vía electoral para avanzar “en la perspectiva del socialismo”, indican una valiosa contribución que ha sido atesorada también por otros pueblos, aún cuando no está exenta de insuficiencias, errores y dificultades, pues hasta ahora no se conoce proceso que no los tenga o haya tenido.

La vigencia del pensamiento de Marx como guía para la interpretación y superación del capitalismo, además de la defensa de sus ideas nos interpela a ser capaces de tomarlo como base para la generación de nuevas ideas, superando interpretaciones distorsionadas, parciales o incompletas y no pocas veces descontextualizadas por visiones del marxismo emanadas desde una visión ajena, en ocasiones más influidas por un positivismo mecanicista u otras corrientes. Nada parece más dañino para el marxismo que representarlo reducido a su caricatura o visión distorsionada, parcial, sesgada o sacada de contexto.

Marx parte de la base de que todos los seres humanos, para actuar en la vida cotidiana, requerimos de una determinada concepción de la vida y el mundo. Aunque es cosa diferente que tengamos lúcida conciencia de ello, pues la supuesta prescindencia de la adhesión explícita a una determinada visión ideológica no hace más que subordinarnos a vivir regidos por la ideología dominante, situación que más tarde Antonio Gramsci desarrolló en torno al concepto de hegemonía ideológica, pero que ya Marx aborda respondiendo a la necesidad de un proletariado pertrechado de su propia concepción de la historia y la sociedad.

En las Tesis sobre Feuerbach, redactadas por Marx en 1845 y publicadas por Engels años más tarde, en 1888, se profundiza su concepción dialéctica de la filosofía, refutando las concepciones mecanicistas y abstractas desarrolladas por Ludwing Feuerbach respecto de la relación entre materialismo e idealismo.

Tanto en las “Tesis sobre Feuerbach” como en “La Ideología Alemana”, el idealismo y el materialismo son abordados como formas de una ideologización del pensamiento adscrita al debate de la filosofía alemana en los marcos que antes había definido en “La Sagrada Familia”, donde critica a Proudhon y los llamados jóvenes hegelianos por sus interpretaciones religiosas a una realidad humana, que aceptan la propiedad privada como una relación humana racional para la creación de la riqueza, sólo luchan “contra frases”, dice, sin partir de las premisas reales del surgimiento del proletariado y el desarrollo de las distintas sociedades. El sentencia que “la conciencia jamás puede ser otra cosa que el ser conciente, y el ser de los hombres es su proceso de vida real”. Llama a establecer “la historia real” y señala que “…al contrario de lo que ocurre en la filosofía alemana, que desciende del cielo sobre la Tierra, aquí se asciende de la Tierra hacia el cielo”, que “no es la conciencia la que determina la vida, sino la vida quien determina la conciencia”, de modo que la liberación constituye una acción histórica y no sólo mental.

Marx establece en torno a este debate tres conceptos distintos e interrelacionados: teoría, práctica y praxis, corrigiendo la tendencia a utilizar el concepto de praxis como sinónimo de práctica. Y no se trata de un capricho teórico o semántico, pues procura evitar la reducción del análisis a una simple y restringida visión mecánica de la oposición entre teoría y práctica, que nos lleva a una comprensión de la praxis como mera negación de la teoría, lo que termina anulando el carácter revolucionario de su análisis para volverlo a encerrar en la esfera de la misma filosofía alemana que él antes critica.

En efecto, lo señalado por la tesis 11, que establece que “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero se trata de transformarlo”, en no pocos casos suele ser mal interpretado como una mera negación o llamado de Marx a renunciar a la actividad teórica mediante un simple paso de la teoría a la práctica, en una  inmovilizadora dicotomía entre materialismo e idealismo.

A diferencia de ello, esta concepción de la praxis retoma el valor de la teoría, pero concebida dentro de la actividad práctico-crítica de un sujeto histórico concreto, que se incorpora al debate dotado de una nueva concepción de la historia y la filosofía, distinta de la difundida hasta entonces, y que tiene como centro la transformación efectiva de la realidad.

Es la comprensión dialéctica de las formas del desarrollo de la historia, proceso cuyo protagonista es el sujeto concreto, el ser humano, que para actuar requiere a su vez de una visión crítica acerca de su vida real, porque la praxis no es tampoco contemplación, sino una actividad teórica que es a la vez práctica material y crítica teórica.

El 17 de marzo de 1883, Federico Engels ante la tumba de Marx señalaba que “Así como Darwin descubrió la ley el desarrollo de la materia orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana”. En años más recientes, el músico y autor Joan Manuel Serrat, a modo de ironía, cantaba de los obreros de nuestros días, que “no saben que Marx ya está muerto y enterrado”.