La invasión de la privacidad familiar y del descanso a través de la tecnología, ha llevado a la alteración del estado de sueño, estrés, reposo precario, enfermedades y  un aumento de licencias.

Sergio Reyes

Periodista

En los últimos días parlamentarios del Partido Comunista han demandado celeridad para que se concrete la iniciativa que busca beneficiar a los trabajadores, sus familias y en general al país, y que reduce a 40 las horas de trabajo semanal. Ésta demanda ha tenido los mismos detractores de siempre, y que esperamos no se deje intimidar.

Al mismo tiempo se requiere legislar en materias básicas como que los trabajadores queden exentos de sanciones o amonestaciones por no abrir un mensaje de WhatsApp de la empresa en horas fuera de trabajo, ya que de lo contrario, no serán 40 horas de trabajo semanal, sino una infinidad de horas extras. Si no se legisla sobre este punto específico, el discurso de la transparencia tecnológica se convertirá en extenuantes conversaciones de trabajo en los horarios libres.

La invasión de la privacidad familiar y del descanso a través de la tecnología, ha llevado a la alteración del estado de sueño, aumento del estrés, reposo precario, enfermedades, y como lo han denunciado los médicos, un notable aumento de licencias.

Esta prisa de la información se convierte finalmente en una tiranía de la emergencia laboral, lo que se traduce en una nueva forma o modo de explotación del capitalismo. El modo de apoderarse de nuestras horas y de nuestros espacios, mediante nuestro virtual confesor “el celular”, que hoy nos hace trabajar más de 45 horas semanales.

En líneas paralelas del mundo tecnológico, del trabajo y la explotación, nos hemos enterado que los legisladores de avanzada podrían tener en sus carpetas sendos proyectos de leyes que apuntan a legislar sobre los riesgos sociales y políticos de la “manipulación de conciencias”,  en donde grupos mundiales como Google y Facebook, usan y aprovechan comercialmente nuestras subjetividades y preferencias comerciales sirviéndose de los     Big Data, o información que nosotros entregamos a esas empresas.

Es tan grave el asunto que en nuestro país se dio el “Caso Renovación Nacional” que se hizo de un software que permitió triangular la información –Big Data- de los electores e influir sobre ellos, lo que efectivamente sucedió en las últimas elecciones, al igual que el caso de Anality-Cambridge con las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. De hecho, es el mismo software.

Lo que hizo Renovación Nacional es terrorismo; ¿se aplicará la ley antiterrorista, legislarán sobre la materia; se auto-denunciarán?

Pero quienes están al margen de ese terrorismo, y que saludamos en estas líneas, son los dirigentes máximos de los trabajadores de la Central Unitaria de Trabajadores –CUT- que ya han puesto sobre la mesa el debate de la robotización o robótica en el trabajo.

De hecho, la nueva línea 6 del Metro de Santiago no cuenta con conductores ni cajeros humanos, puestos de trabajo que se irán eliminando a medida que avance la puesta en marcha de la tecnología en las otras líneas del subterráneo capitalino.

La CUT ha sido muy clara al respecto y se pregunta cuáles son los costos políticos-sociales relacionados a la robotización, y la falta de empleos por privación de capacitación en tecnología.

Las interrogantes son muy pertinentes porque apuntan al notable aumento de la desigualdad, y por consiguiente, de la marginalidad social y brecha digital que podría conllevar la tecnología que explote y perjudique a los trabajadores que no estén facultados.

Por tanto, la pérdida de la intimidad, la robotización, la manipulación a través de los       Big Data llevan a preguntarnos qué tan peligrosas son estas herramientas del nuevo orden tecnológico en las manos de los poderosos de siempre, y que acrecienta las horas laborales físicas, y en otros, las horas laborales virtuales, más allá del quiebre de la privacidad.

Facebook y Google se han convertido en las modernas catedrales que utilizando celulares como verdaderos confesores, recopilan la información para ser explotada en sus intereses beneficiando a su sector político, y uno de esos provechos fue hacerse imprescindibles para la vida diaria.

Estos temas, de las 40 horas y de la información privada, deben resolverse ahora; después habrá que legislar sobre las noticias que ofrecerán los medios con experiencias sensoriales incluidas imágenes holográficas, o legislar sobre la inteligencia artificial que manejará la economía y la política, lo que está a la vuelta de la esquina.

Por tanto, esa “temible” exigencia que pareciera ser las 40 horas de trabajo semanal es mínima y fundamental, porque es sincera y nace de la vivencia de cada uno de los trabajadores ante la inconmensurabilidad de nuevas legislaciones que estarán enfocadas en la geo-ingeniería, la bio-tecnología, la informática, la nano-tecnología, la inteligencia artificial; y la exigencia es responsable más allá de toda legislación, ante los aprovechadores de siempre.