Depositaron al pie de una joven palmera, ante la fachada del Teatro Nacional, las respetables cenizas de este revolucionario chileno.

Víctor Díaz F. Había querido cumplir un sueño: viajar con Patricia, su compañera, por toda la Isla. Quería ver y conversar con muchos compañeros cubanos. Desde Pinar del Río hasta Santiago de Cuba. Había entusiasmado a un pequeño grupo de amigos para hacer ese viaje extraordinario. Estaba programado para noviembre 2014…y debió ser postergado para febrero 2015. Problemas de salud de Alvar hicieron finalmente imposible la realización del soñado viaje.

Quería, como dice Guillén en su poema “Tengo”:

Tengo,vamos a ver,

tengo el gusto de andar por mi país,

dueño de cuanto hay en él,

mirando bien de cerca lo que antes

no tuve ni podía tener.

Quería saludar a los guajiros y “decirles no en inglés, no en señor, sino decirles compañeros como se dice en español”…Ya había visitado Cuba pero ahora quería recorrerla de punta a cabo. Ese precioso lagarto verde hecho de piedra y agua.

En Chile había divulgado las realizaciones de la Revolución Cubana. Había enfrentado a los derechistas defendiendo el derecho de Cuba a elegir su camino, a su soberanía, a su independencia y había rendido un justo homenaje al internacionalismo tricontinental ejercido por la Revolución. Alvar estaba marcado, como miles y miles de jóvenes chilenos, por las enseñanzas del pueblo cubano liderado por Fidel.

Alvar tenía una vasta trayectoria como corresponsal en diarios de la Unidad Popular en la campaña presidencial de Salvador Allende y como dirigente estudiantil en la Universidad Técnica del Estado en los tiempos de la dictadura. Junto a otros había reorganizado el movimiento estudiantil y llegó a ser el presidente del Centro de Alumnos. Fue expulsado de la carrera de Ingeniería Eléctrica en 1980. En esos años se incorporó a la lucha por los derechos sociales registrando a través de su cámara fotográfica los distintos movimientos de pobladores y estudiantiles.

En 1986 ingresó a la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile. Allí realiza un proyecto de control automático y posteriormente trabaja en el Centro de Computación. Fue encargado del Grupo de proyectos de Redes y Telecomunicaciones.

Las actividades de Alvar eran permanentes. Siempre estaba en todo lo que fuera la primera línea en las luchas populares. Y forjando unidad para combatir a los enemigos del pueblo.

El año 2011 fue un año de importantes luchas estudiantiles que concitaron el apoyo de diversos sectores de la sociedad chilena. Hasta multitud de abuelos se vio desfilar por las calles de Chile apoyando las reivindicaciones de sus nietos estudiantes por una educación gratuita, sin lucro y de calidad. En momentos culminantes de aquellas manifestaciones se llegó a cerca del millón de personas en las calles.

Con las fotos de Alvar se montó una exposición en 2016, que él llamó “el año que vivimos en la calle”. La exposición se realizó en la Facultad de Ingeniería, donde él trabajaba. Se exhibieron unas 20 gigantografías mostrando las manifestaciones estudiantiles que modificaron la agenda política del país. Alvar que luchaba contra una grave enfermedad se presentó en la exposición en la Facultad en silla de ruedas. Eran sus últimas semanas de vida. La exposición constituyó un cálido y fraterno homenaje a su vida de combate por los derechos de la juventud chilena y su pueblo.

Patricia y algunos amigos decidieron realizar, con las cenizas de Alvar, este último viaje que él no pudo cumplir al final de su existencia. Depositaron al pie de una joven palmera, ante la fachada del Teatro Nacional en la Plaza de la Revolución, las respetables cenizas de este revolucionario chileno que no llegó a saber que su descanso postrero sería al abrigo de multitudes y de insignes figuras revolucionarias. Tal vez si lo hubiera imaginado, habría levantado su puño cerrado y habría exclamado Viva Cuba, Viva Chile.