“Tres anuncios para un crimen” cosechó elogiosos comentarios y se catapultó como un interesante aporte para los amantes del cine.

Sergio Vargas

Ya han pasado algunas semanas desde que se entregaron los premios Oscar y aunque no se llevó el galardón a la mejor película “Tres anuncios para un crimen” cosechó elogiosos comentarios y se catapultó como un interesante aporte para los amantes del cine.

De origen británico-estadounidense esta cinta está ambientada en un pequeño pueblo de la tierra del tío Sam. Relata el transcurso de la apacible vida del pueblo de Ebbing, Missouri después del horrendo crimen de Ángela, una adolescente de conflictiva relación con su madre Mildred Hayes, -protagonista de la historia- interpretada por la actriz Frances McDormand.

Mildred es una madre separada que vive junto a su hijo Robbie y que debe lidiar con el tormento de la muerte de su hija Ángela, cuyo asesinato permanece sin resolver a pesar que ya han transcurridos siete meses. Es por ello que ante la indiferencia de la comunidad decide interpelar al jefe de policía de la localidad, Bill Willoughby, mediante directos mensajes publicitados en tres vallas de carretera, lo que provoca la inmediata condena e ira de los habitantes e instituciones del poblado.

Es curioso -quizás no tanto- verificar que fenómenos como la indiferencia de la sociedad y la impunidad institucionalizada ante el crimen y la injusticia son situaciones que se presentan no sólo en nuestro país sino también en comunidades tan lejanas y que en apariencia son tan distintas a la nuestra.

Podríamos no empatizar con Mildred quien en la más absoluta soledad debe llevar impotente este tormento o tal vez hacernos parte de su ira contra una comunidad que no la acompaña y que al contrario solo quiere borrar y silenciar lo sucedido en un persistente tránsito hacia el olvido, como si con eso lograran convencerse de que nunca sucedió.

Pero la realidad es que si sucedió, si permanece latente ese crimen en el alma de ese pequeño pueblo y en el silencio de las miradas aparece porfiadamente una y otra vez el horrendo crimen. Tal como en Chile que flotan por todas partes los oscuros años de horror de la dictadura y que pese al silencio cómplice de muchos las heridas de esa época no logran sanar y lo más seguro es que no lo harán.

Hay una herida en el alma que sólo cicatrizará cuando la sociedad en su conjunto haga suyo el dolor como el de esta madre -Mildred- y juntos acompañemos a llenar de carteles Chile para encontrar la justicia necesaria que nos permita vivir verdaderamente.

Pues parece ser así, porque la determinación de esta mujer que contra todo obstáculo y amenaza volvió a colocar en la memoria de Ebbing el crimen que por tanta indolencia e indiferencia estaba condenado al olvido.

La mujer se tomó el espacio público para decir que no se rendirá y que no permitirá el olvido, tal como en los años más duros en Chile con Pinochet, decenas de valientes mujeres llenaron las calles para decir -igual que hoy- que no están disponibles para el olvido.

Las  mismas que no descansarán, porque la lucha contra el olvido, la indiferencia de los crímenes y abusos perpetrados en Chile está en el centro de la actual convivencia humana, porque la única forma de vivir en armonía es construir una sociedad basada en el respecto, la justicia y la memoria.

Así como Mildred, también, la madre de Jorge Matute Johns ha luchado incansablemente durante 16 años para conocer la verdad. Asimismo, todos los viernes son muchos los que alzan los rostros de las víctimas de la dictadura para marchar en el frontis de La Moneda exigiendo el cierre del penal Punta Peuco. También, como en cada mes de mayo se congregan cientos de personas para recordar a los caídos en calle Conferencia. Como serán centenares los que este domingo recordarán a los profesionales comunistas asesinados y con su presencia levantaran sus carteles y su voz para decir no al olvido, no a la impunidad.