El Presidente de Estados Unidos, esta convertido en un promotor del uso de la fuerza y en un peligro para la estabilidad, la paz y respuestas civilizadas.

Editorial. El Siglo. En las últimas semanas, el jefe de la Casa Blanca, Donald Trump, siguió dando muestras de creer en las opciones violentas y mantener un estilo violento. En el plano interno, y el externo.

El botón de muestra más claro y terrible, fue la propuesta de Trump de que profesores y trabajadores de las escuelas estadounidenses porten armas para defenderse de ataques armados.

Hay una insistencia del mandatario en la tesis violenta, inclusive de amenaza nuclear, frente al conflicto con Corea del Norte, y de agresiva hostilidad en la relación con México, que llevó a suspender la programada reunión entre los mandatarios de ambas naciones, por cierto, después de un exabrupto de Trump mientras conversaba telefónicamente con Enrique Peña Nieto.

Es en ese marco, que el jefe del Departamento de Estado, reivindico el papel de Ejércitos de América Latina en “solucionar” crisis políticas, es decir, el respaldo a golpes de Estado. Desde la cúpula de poder de Estados Unidos, van varios planteamientos de considerar una intervención en Venezuela.

Ni hablar de la violencia verbal de Donald Trump contra los migrantes, las mujeres y países africanos. Ello incluye sus posturas xenófobas, racistas y homofóbicas.

Lo que ocurre es que hay altas autoridades de países latinoamericanos que están sintonizando con la agresividad y tesis de uso de la violencia por parte de Trump. Eso es muy grave y delicado.

No es retórica decir que hoy, el Presidente de Estados Unidos, esta convertido en un promotor del uso de la fuerza y en un peligro para la estabilidad, la paz y respuestas civilizadas ante problemas que surgen en EU y la comunidad mundial.