Confiamos en la necesidad y la posibilidad de revolucionar no sólo nuestra democracia, sino también nuestras conciencias, en una batalla que es política, cultural, intelectual y ética.

Camila Vallejo Dowling

Diputada de la República

“Instrúyanse, porque tendremos necesidad de toda nuestra inteligencia.

Agítense, porque tendremos necesidad de todo nuestro entusiasmo.

Organícense, porque tendremos necesidad de toda nuestra fuerza”

ANTONIO GRAMSCI

Me inicié en la lucha política el 2011, convencida de la necesidad de un cambio radical en nuestra educación. Pero ya desde antes creía que podía y debía hacer algo por mejorar el país en el que me tocó nacer.

Es hermoso descubrir que no estoy sola en esto, que son millones quienes día a día contribuyen, desde diferentes lugares, a transformar la realidad por el bien de todos y todas. Sin embargo, a veces también toca ver el lado amargo.

El pasado 17 de diciembre sentí, como pocas veces en mi vida política, una profunda desazón, un vacío en el estómago. La derrota electoral fue dura, más cuando entregamos todo en la campaña de una candidatura cuyo objetivo era seguir abriendo paso a los cambios en los que una cree, por los cuales has renunciado, hasta la culpa, al tiempo con la familia.

Fue triste y chocante ver que casi 4 millones de compatriotas decidieron entregarle más poder a los ya inmensamente poderosos. A través de las urnas, se validó lo que tanto se reprocha, se pactó con el abuso de poder y la codicia, a cambio de la promesa de crecimiento económico y empleos –al parecer, lo único que importa–, aunque profundice la desigualdad, aunque ayude a los de siempre a acrecentar su patrimonio, gracias al trabajo precarizado de millones.

Pero también es necesario mirar hacia nuestro sector. Fue frustrante ver cómo la incapacidad de la izquierda para construir unidad facilitó el camino a la ultraderecha. Nos faltó humildad y responsabilidad; sobró egoísmo y soberbia. Algunos porque hace rato dieron por perdidas las chances de la centro-izquierda y empezaron a ver cómo acomodarse; otros porque sólo estaban pensando en cómo seguir acumulando fuerzas para gobernar en unos años más; otros porque tienen nostalgia de la Concertación; y otros porque aún creen que “con el triunfo de Piñera, se agudizarán las contradicciones”.

Más allá de las razones de la derrota, y el necesario proceso de crítica y autocrítica, la izquierda y el mundo progresista no pueden postergar cambios relevantes para nuestro país. Son los sectores más empobrecidos, vulnerados, discriminados y excluidos de nuestra sociedad quienes pueden verse aún más perjudicados con el avance de la agenda conservadora, mercantil y de firme representación de los intereses de las clases más acomodadas de la derecha. Sólo el anuncio de rechazo a la ley de identidad de género y la que reforma el sistema de pensiones, tal como el presidente electo acordó con los parlamentarios de ChileVamos, nos muestra el camino que vendrá.

Por eso, tenemos la responsabilidad de ser capaces de representar a las millones de personas que respaldaron nuestro proyecto de cambios. Un proyecto que corrió el cerco de lo posible, donde ya no nos parece una locura hablar y exigir gratuidad en la educación, ni tener una nueva Constitución, cambiar el sistema de AFPs, hablar de matrimonio igualitario o de igualdad de género. Para esto, debemos revitalizar y ampliar nuestras fuerzas en el marco de un proceso de convergencia y unidad.

Es cierto que iniciamos un nuevo período, que podríamos resumir en la recordada enseñanza de Gramsci: “El viejo mundo muere, el nuevo tarda en aparecer, y en ese claroscuro surgen los monstruos”. Pero por lo mismo, creo firmemente que la gran mayoría de las fuerzas políticas progresistas estarán dispuestas a dar las batallas necesarias para una sociedad con más justicia, antes que construir acuerdos espurios con la ultraderecha para salvar algunos cupos o posiciones de poder. La voluntad de cambio no ha sido derrotada, sólo ha sufrido un traspié electoral.

Al menos, las y los comunistas reiteramos nuestra voluntad y disposición, la misma que hemos tenido históricamente para defender y empujar, con lealtad, los cambios profundos que permitan que, en Chile, no sólo tengamos un Estado más democrático, sino también una producción económica más democrática, una ciudadanía, comunidades y familias más democráticas. Y que no quepan dudas: hemos y seguiremos conversando con todo el mundo progresista, sin exclusiones, desde la DC al Frente Amplio para cumplir con aquello, para reforzar la bancada feminista que ya hemos creado, para empujar nuestro proyecto de reducción de la jornada laboral, para cambiar la Constitución Política, y para articular las luchas contra las injusticias y discriminaciones raciales, sexuales y de clase.

Para nosotros la lucha no se acaba, porque confiamos en la necesidad y la posibilidad de revolucionar no sólo nuestra democracia, sino también nuestras conciencias, en una batalla que es política, cultural, intelectual y ética. Sabemos aprender de los errores y entender que este momento histórico nos llama a perfeccionar nuestros métodos y nuestro mensaje de futuro. Por lo mismo, con mucha alegría, humildad y sobre todo amor, seguiremos sumando tropas para las batallas que vienen.

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