“Las pocas fotografías que nos han llegado de los días de octubre muestran claramente las pequeñas dimensiones de la fuerza insurgente”.

Maximiliano Morón

Revista Principios

Un modo de desnaturalizar el estudio historiográfico consiste en aislar tal o cual aspecto de un proceso y reducir el análisis a la valoración de ese aspecto. Un caso extremo es Francisco Frías Valenzuela, quien hace de la historia de Chile una “historia de los Presidentes”, en cuyo marco el análisis de las clases sociales correspondería a estudiar una particularidad (la economía) o a una ideologización (lucha de clases). En esta línea, la masividad de la revolución en Petrogrado, el 25 de octubre, es reclamada por Orlando Figes, en “La Revolución rusa (1891-1924) La tragedia de un pueblo”, como “una de las cuestiones fundamentales del siglo XX” (Edhasa, 2000, p.547). “Las pocas fotografías que nos han llegado de los días de octubre muestran claramente las pequeñas dimensiones de la fuerza insurgente. Presentan a un puñado de guardias rojos y de marineros que aparecen en calles medio desiertas. Ninguna de las imágenes familiares de una revolución popular” (íd.).

Estas pequeñas dimensiones tendrían como prueba que “los tranvías y los taxis circulaban de manera usual”, o que “las tiendas, los restaurantes, los teatros y los cines siguieron permaneciendo abiertos” (p.547-8). Ello pondría de manifiesto la falta de “legitimidad” del Segundo Congreso de los Soviets que el 25 de octubre desplazó al gobierno de Kerensky a través, según el autor, de un golpe de Estado. Figes acorrala al lector en esta especie de “zoom”, condimentándolo con una crónica del saqueo de las bodegas de licor del Palacio de Invierno, saqueo que sería el verdadero rol que desempeñaron las masas. La guerra, la tierra y la industria aparecen como un telón de fondo de los individuos y no como procesos entrelazados.

“La crisis de producción y de víveres eran los problemas fundamentales de los obreros”, señala, en contraste, Aleksandra Kollontay; por consiguiente se “crearon los comités de fábricas y empresas (…) mientras el gabinete decidía ‘reforzar la industria de guerra’” (“Memorias”, Ed. Debate, 1979, p. 292). Kollontay indica el entrelazamiento que Figes no encuentra en las fotografías: “En tanto el gabinete de coalición discute, examina el problema del ‘rescate de la tierra’ los campesinos se han adueñado ya de las fincas de los ex-terratenientes nobles” (Íd.) plantea, aludiendo al pago a los nobles (rescate) por el uso de la tierra; “los capotes grises abandonan sin ruido el frente, dejando tiradas sus armas”, quienes, retornados a sus regiones “apoyan a los ‘aldeanos viejos’ en sus deseos de requisar las fincas y tierras” (p.293).

La trampa de Figes no estriba solo en presentar al proceso como una sucesión de hechos seleccionados sino también en plantear a esos hechos como acciones de determinados individuos, como los delegados del Soviet, los ministros de Kerensky, etc. Pero en ningún proceso se encontrará a individuos por sobre las clases, incluidos los bolcheviques. “La revolución agraria -ha sostenido Georg Lukács- era un hecho dado con completa independencia de la voluntad de los bolcheviques y hasta del proletariado entero. Los campesinos se habían distribuido la tierra sobre la base de una manifestación elemental de sus intereses de clase” (“Historia y conciencia de clase”, Grijalbo, 1969, p.285). Figes cava un dique entre el proceso y la revolución de Petrogrado para discutir su “legitimidad”, discusión, por lo demás, antojadiza si se consideran las tomas de tierra de cuya masividad no puede dar cuenta fotografía alguna.