Problemas “técnicos” afectaron conteo de votos cuando ganaba candidato opositor. Derecha respondió con Estado de Sitio y Toque de Queda.

Hugo Guzmán. Periodista. Nadie sabe a ciencia cierta cómo terminará todo. Lo que está claro son los retrasos y acciones enrarecidas del Tribunal Supremo Electoral (TSE); los seis ciudadanos muertos (hasta el domingo 3 de diciembre) por la policía y grupos ultraderechistas; la instauración del Estado de Sitio que suprimió “las garantías constitucionales” por diez días; todo, dentro de una clara situación anómala en el contexto de la elección presidencial.

La sombra del fraude electoral y de otro “golpe blando” se cernió sobre Honduras, después del proceso electoral presidencial del 26 de noviembre recién pasado. Ese día todo se desarrolló con normalidad, pese a la tensión política. Alrededor de la media noche y horas de la madrugada del 27, el sistema de Transmisión de Resultados Electorales Preliminares, indicó que Salvador Nasralla Salum, candidato presidencial de la Alianza de Oposición Contra la Dictadura, marcaba un 45.17% de votación; y el actual Presidente, el derechista Juan Orlando Hernández, tenía un 40.21% de los sufragios. Era una diferencia consistente y las tendencias seguían en ese rumbo.

Sin embargo, desde el lunes se observaron movimientos raros del Gobierno y el propio TSE, hasta que las sospechas de que se tramaba un fraude se materializaron. David Matamoros, presidente de la entidad electoral hondureña, salió ante la prensa a decir que había problemas técnicos en el conteo de votos. “Hubo un problema técnico en el sistema de servidor de datos”, indicó, ante la sospecha e incredulidad de la opinión pública del país. En concreto, se detuvo el conteo de votos, se produjo una zona gris en la suma y revisión de sufragios. Pese a eso, Matamoros dijo que “eso no provocó ninguna modificación en el cómputo porque están siendo totalmente transparentes”.

Pero lo extraño fue que cuando el problema técnico se superó, todo estaba al revés. Llevaba la ventaja el actual mandatario, dejando atrás al candidato opositor. Las cifras ubicaban a Hernández con 42% y a Nasralla con 41%. Es decir, repentinamente el representante de la derecha había subido 4 puntos y el aspirante de la oposición había bajado 4 puntos…

La situación recordó lo vivido en México, en 1988, cuando iba ganando el aspirante presidencial democrático, Cuauhtémoc Cárdenas, en contra del priista, Carlos Salinas de Gortari, y “se cayó el sistema” de conteo de votos. Y de improviso salió ganador este último, manteniendo en el poder al Partido Revolucionario Institucional (PRI) y dando paso a un gobernante de corte neoliberal y conservador. A Cárdenas le robaron la elección.

Sumado al desperfecto técnico, Matamoros insistió en que no se podían dar los datos, y el TSE suspendió en varias ocasiones el conteo de sufragios.

En medio de eso, la oposición exigió la revisión de 5 mil actas, pero las autoridades solo acogieron revisar un poco más de mil. Algo considerado irregular y que refrenda el fraude a ojos de la Alianza de Oposición Contra la Dictadura.

Frente a esa situación, los últimos días de noviembre y primeros de diciembre, decenas de miles de hondureños salieron a las calles en diversidad de ciudades del país centroamericano, para acusar el fraude y exigir una transparencia en los resultados entregados. Los líderes opositores expresaron que dado el marco en que se producía el conteo de sufragios, se estaba ante un proceso irregular y tramposo.

Eso hizo optar al Gobierno de Hernández, a sacar a la policía y los militares a la calle, y comenzaron a actuar bandas paramilitares de derecha que, hasta el 3 de diciembre, dejaban un saldo de seis personas asesinadas. Además, se decretó el Estado de Sitio y se estableció el toque de queda entre las 18:00 y las 06:00 horas en todo el territorio hondureño.

“Tenemos un estado de terror, más allá de un Estado de Sitio, se crea un ambiente de terror” dijo a la prensa Wilfredo Méndez, de la Mesa Nacional de Honduras por los Derechos Humanos.

En la mente de los hondureños y especialmente de las fuerzas democráticas, están los episodios de 2009, cuando la derecha logró sacar del Gobierno a Manuel Zelaya, en una operación política que incluyó estamentos del Estado, y que puso como presidente de facto al derechista, Roberto Micheletti, quien presidía el Parlamento, donde los conservadores fraguaron la destitución del mandatario constitucional.

“Silencio internacional”

El politólogo Juan Manuel Karg, escribió que “la posibilidad de fraude (en Honduras) había sido anunciada una y otra vez por observadores y analistas que siguieron los comicios dentro y fuera de aquel país. Incluso, la agencia francesa Afp, a la que nadie podría tildar de partidaria de Nasralla, había destacado esa posibilidad el sábado previo a la elección, en un informe audiovisual en el que se presentaba el testimonio de diversos hondureños de a pie”.

Pero al analista apuntó a otro aspecto del caso: el “silencio internacional”. Escribió que “los grandes medios continentales, aquellos que cubrían minuto a minuto -aunque de modo parcializado, claro- lo que sucedía en Venezuela hace apenas meses, ahora hacen mutis por el foro ante el cuadro que se despliega en Tegucigalpa, San Pedro Sula y otras ciudades” hondureñas.

Pareciera, otra vez, que este país de 8 millones 700 mil habitantes, con un alto índice de pobreza, no importara para muchos gobiernos y sectores democráticos de América Latina. Del “golpe blando” de 2009, a un fraude electoral en 2017, con el silencio respecto a una grave situación del sistema democrático en ese país.

Vienen días turbulentos en Honduras donde se instala de nueva cuenta, la posibilidad de que las fuerzas de la derecha sigan instaladas en el Gobierno a partir de una operación irregular y represiva.