Bien se puede calificar a las encuestas tipo CEP, Cadem, Mori y otras, como “agresión o violencia comunicacional”, ya que intentaron diseñar un escenario ficticio, donde Piñera aparecía como ganador absoluto, casi en primera vuelta.

José Luis Córdova

Periodista

 Es el momento de hacer evaluaciones, mea culpas, críticas, autocríticas, pasadas de cuentas y otras acciones posteriores a los resultados de las elecciones. Los medios de comunicación -sobre todo televisión e impresos- mostraron una vez más sus debilidades y falencias -en medio de gran parafernalia- para hacer análisis responsables de las perspectivas de cada partido, sector político y la gama de independientes que postularon al Senado, la Cámara de Diputados y a los Consejos Regionales.

Los debates que en realidad no fueron tales, tampoco permitieron conocer los planteamientos de los “presidenciables”, ni menos de los parlamentarios y Cores. La televisión se remitió a repetir los resultados de supuestas “encuestas científicas” que demostraron largamente su falta de probidad, poca seriedad y manipulaciones desenfadadas.

Las operaciones y ataques a mansalva contra ciertos candidatos ante las cámaras, actitudes como las del supuesto sociólogo Fernando Villegas, del tarotista y empresario, Sergio Melnick contribuyeron a crear un clima de mayor desconfianza en el mundo político, sin ninguna clase de miramientos, echando a todos en un mismo saco.

La belicosidad de Daniel Matamala y Mónica Rincón contrastó con la mesura y racionalidad de los planteamientos de Francisco Vidal y Eduardo Saffirio, mientras en Canal 13 Mariana Aylwin compartía curiosas coincidencias con el propio Melnik.

El Gobierno trató dignamente de realizar una campaña breve de formación ciudadana para reducir al máximo la alta abstención de las últimas consultas nacionales, consiguiendo algunos avances pese al rechazo odioso y sistemático de la derecha, a la cual le convenía una alta abstención.

Con todo, la ciudadanía asumió el mensaje en parte y la votación fue leventemente superior a la de las últimas municipales. La prueba de fuego será la segunda vuelta del 17 de diciembre.

A estas alturas parece ocioso destacar el triste papel de las empresas de encuestas, puestas en el banquillo de los acusados por tendenciosas y mal intencionadas según el mandato de los clientes y usuarios de sus resultados.

El nuevo parlamento deberá estudiar, junto a una probable Ley de Medios, planteada por el candidato Alejandro Guillier también, una reglamentación y acreditación del sistema de encuestas y los períodos para hacerlas públicas sin dañar la buena fue de la ciudadanía.

Bien se puede calificar a las encuestas tipo CEP, Cadem, Mori y otras, como “agresión o violencia comunicacional”, ya que intentaron diseñar un escenario ficticio, donde Piñera aparecía como ganador absoluto, casi en primera vuelta, y ubicaban a Beatriz Sánchez en situaciones incómodas, incluso por debajo de Marco Enríquez Ominami. Caso aparte es el de José Antonio Kast, el candidato de la “familia militar” y de los sectores más ultra reaccionarios de la derecha que no aparecía tan fuerte en las encuestas y dio supuestamente “una sorpresa”.

En realidad, lo sorprendente es que los votantes demandan al centro, la izquierda y el progresismo, la continuidad del proceso de reformas estructurales, la consolidación de lo avanzado en democracia, la extensión de derechos sociales a otros ámbitos como la salud, la previsión, la seguridad, la vivienda y la protección del medio ambiente. Todos estos aspectos fueron abordados en mayor o menor medida por el actual Gobierno de Michelle Bachelet, la mandataria vilipendiada por la derecha -otra vez por las “encuestas”- aunque conserva el apoyo de las grandes mayorías.

Michelle Bachelet es otra -y tal vez- la más destacable de las ganadoras de los recientes comicios por asegurar su legado y la senda de transformaciones trazada bajo su administración. Mal que le duela a la derecha y a los inventores de encuestas.