La televisión siguen hoy con sus pautas cerradas, orientadas de acuerdo al sistema sociopolítico imperante, con autocensura y exagerando temáticas de violencia, victimización y delincuencia.

José Luis Córdova

La primera vez que vi una transmisión por televisión fue en la fachada del desaparecido periódico El Debate, en Alameda sur a la altura de Serrano y/o Arturo Prat en Santiago, con ocasión de la visita a Chile del entonces Presidente de Argentina, General Juan Domingo Perón (¿en 1953 o 54?). Después, la llamada “caja idiota” se hizo un poco más conocida con oportunidad del Mundial del 62, cuando en algunos hogares cobraban a los vecinos por ver los partidos.

Más tarde, el colega Fernando Reyes Matta me invitó a ver los trabajos que hacía el maestro Raúl Aicardi en el segundo piso de la casa central de la Universidad de Chile donde se experimentaba con un grupo de especialistas de la escuela de ingeniería de la U.

Tras un breve paso por el departamento de prensa de la otrora Radio Chilena, el editor internacional Leonardo Cáceres fue invitado a dirigir el departamento de prensa de Canal 13 y me instó a acompañarlo en esa aventura. Era el año 1965. Desde entonces ha estado involucrado directa o indirectamente en actividades televisivas. Por esos años surge TVN en manos de la DC  hasta el gobierno popular, a la que siguió la noche de la dictadura cívico-militar.

La transición a la democracia desde 1988, en los medios de comunicación ha sido más lenta que en la arena política. “E pur si muove”, diría Galileo Galilei, porque en materia de prensa escrita -con el duopolio de la propiedad- estamos peor que en los años del pinochetismo.

Los canales de televisión siguen hoy con sus pautas cerradas, orientadas de acuerdo al sistema sociopolítico imperante, con autocensura y exagerando temáticas de violencia, victimización y delincuencia. De verdaderas noticias, poco o nada. Recuerdo con nostalgia espacios como “La Historia Secreta de las Grandes Noticias”, con José Gómez López; “Negro en el Blanco” con Carlos Jorquera, “Equilibrio”, con Hernán Olguín; “Emisión Cero” con José Carrasco e Irene Geiss; “A esta hora se improvisa” con Jaime Guzmán y notables panelistas de entonces.

El color, el video y otras tecnologías han mejorado las emisiones, pero no los contenidos de un medio audiovisual que ha perdido vigencia y trascendencia. ¿Por qué? Porque, como muchas cosas en este mundo neoliberal no ha logrado escapar a las leyes del mercado, al negocio. Los canales son empresas privadas y el “canal público” adolece de una dirección y gestión imparcial y objetiva, manteniendo un criterio binominal que lo inmoviliza. Ni una generosa capitalización lo sacará del marasmo creativo y cultural en que se encuentra.