Más allá del silencio cobarde de El Mercurio y otros medios afines a la dictadura, la verdad se ha abierto paso definitivamente, los criminales deberán responder.

Eduardo Contreras

Abogado

El 4 de octubre de 1973, pocos días después de la muerte de Pablo Neruda, otro gran poeta, el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, también Premio Nobel de Literatura, leía en homenaje a su gran amigo, el poema “Pablo Neruda Vivo”, que acababa de escribir. Todo acontecía en la Sala Pleyel en París, Francia. Y decía, por ejemplo, “…Que no hablen de tu muerte, yo te proclamo vivo, yo te proclamo vivo, y al reclamo de Chile, tú respondes: ¡Presente!”.

En nuestro caso, luego de conocer el Informe de consenso del equipo pericial integrado por los expertos reunidos como Panel Internacional durante toda la semana pasada, para seguir ahondando en las causas reales de la muerte de Neruda, en verdad sentimos al gran intelectual y camarada muy presente. Personalidades de su altura nunca mueren y su peso en la sociedad hace inútiles los propósitos de sus asesinos.

Y lo decimos porque el Panel de Expertos, formado por 16 científicos del más alto nivel internacional, 10 extranjeros y 6 chilenos, concluyó categóricamente que el certificado de defunción de la clínica, que señalaba como causa de muerte una supuesta “caquexcia cancerosa” era definitivamente falso. Nunca existió tal “caquexcia” que es un estado  de absoluta desnutrición y abandono, el enfermo no habla, no piensa, no se mueve, está en los huesos. En la clínica Neruda pensaba, actuaba, conversó con muchas personas, planificó actividades, escribió, hizo notas, dibujos (todo acompañado al proceso) y su peso y contextura eran los mismos.

Suma y sigue: el Informe concluye que, aunque padecía de cáncer, su estado no era terminal y no hay prueba alguna de que su muerte fuera inminente. Todavía más, se consigna algo crucial: no se le suministró ni la atención ni los medicamentos adecuados a su estado, por lo que, si no murió asesinado -lo que sigue en estudio- lo que ya está definido es que en todo caso le dejaron morir. No se olvide que la clínica Santa María, la misma en que asesinaron al ex presidente Frei Montalva, fue intervenida militarmente el mismo 11 de septiembre del ‘73 y que los médicos que allí vieron a nuestro insigne compañero, eran a la vez médicos del Hospital Militar y vinculados al Ejército. Todo consta en el expediente. Como también que “La Chascona”, la casa del poeta en el cerro San Cristóbal, había sido destruida y saqueada y que barcos de la Armada aparecieron en Isla Negra.

Tenía razón Manuel Araya, el chofer del Premio Nobel que hizo la denuncia en la revista mexicana “Proceso”, con el periodista Francisco Marín el año 2011, que fue  lo que instó a investigar a fondo los antecedentes, lo que cumplimos con el colega Pedro Piña y otros compañeros de la región hasta que en mayo de ese año el Partido Comunista, el partido de Neruda, presentó la querella criminal judicial. Muy pronto se sumaron los familiares de Neruda y luego el Programa de DDHH del Ministerio del Interior.

Consignemos, además, que en los laboratorios de la Universidad Mc Master de Hamilton, Ontario, Canadá, se detectó la presencia en los restos de Neruda de nuevos elementos bacterianos. Esta vez similares a aquellos que se aplicó en dictadura a prisioneros políticos como está acreditado en otros procesos en nuestro país. Es lo que los peritos profundizarán en los próximos meses.

Más allá del silencio cobarde de El Mercurio y otros medios afines a la dictadura, la verdad se ha abierto paso definitivamente, los criminales deberán responder. Y mientras tanto y por siempre, Neruda estará presente.