El abstencionismo congela la marcha de la historia.

Editorial. El Siglo. En el mundo progresista, de centro-izquierda e izquierda, debería estar asimilado que las polémicas y la resolución de debates se da constructivamente participando.

Restarse a la diversidad de formas de expresar, defender y promover ideas y posiciones, debilita los proyectos y las posibilidades de materializarlos.

Lo anterior es sumamente gravitante sobre todo para quienes desean y promueven un Chile con más y mejor democracia, con real justicia social y una digna equidad económica. Todo ello, por cierto, no se acerca ni se alcanza con la apatía, la pasividad, el enojo paralizante y ni siquiera con posturas verbales radicalizadas, pero que no tienen expresión en una constante y esforzado acción política y social.

Desde la perspectiva de sectores transformadores, democráticos, de izquierda, la participación y empuje de proyectos de cambio en el país no es y no debe ser solo un ejercicio intelectual. Es imprescindible que los militantes y adherentes a proyectos de profunda transformación de la sociedad, de la institucionalidad y del modelo económico, se hagan presentes de distintas maneras en la actividad política, social, reivindicativa y en la batalla de las ideas. Una no anula a otra. Se complementan.

En ese marco, dadas las condiciones objetivas del país, hoy participar en el proceso electoral es una manera decidida y potencial de expresarse y establecer opinión en el proceso político y social que vive Chile.

También es algo decisivo para construir mayorías para el avance de iniciativas y proyectos de transformación. En ello, particularmente definitorio es tener una representación progresista, popular y de izquierda en el Parlamento.

Es parte del debate profundo lo que pueda significar el contenido y desarrollo de un gobierno de centroizquierda. Otra cosa es restarse a esa posibilidad, optando porque el país tenga que encarar una administración de derecha.

En este contexto, tal como lo han expresado analistas y académicos de distinto sello ideológico, el no participar, el restarse de votar, el abstenerse en la elección, significa no expresar una voluntad ni querer potenciar un proyecto. Si hablamos del mundo progresista, de centroizquierda e izquierda, ello es un contrasentido.

Por tanto, el tema de la abstención no se circunscribe a la teoría del “mal menor”, ni solamente a la idea de “parar a la derecha”. Tiene otro componente que es vital: demostrar en el proceso electoral que hay una mayoría que está por transformar y cambiar realmente al país, que hay una capacidad de coordinación y entendimiento entre las fuerzas democráticas y populares y, al menos, la intención de debatir y pugnar por más o menos avances en un escenario que sea cada vez más positivo.

Hay un peligro y es que en la abstención se esconda -conscientemente o no- la asimilación del apoliticismo, de la pasividad y de un enojo que se quiera expresar en darle la espalda a las representaciones políticas, en una línea ideológica y táctica establecida desde los pensadores de la derecha durante la dictadura, y a lo que apelan hoy.

Muchas veces se ha dicho que, en efecto, las elecciones no solucionan, sino que presentan los problemas del país. Las soluciones vienen de la mano de la participación, de la organización y de la madurez política del pueblo. Vienen de la construcción de correlaciones de fuerzas que permitan avanzar. Hoy, en ello, es muy importante ir a votar. Sin dejar de movilizarse, de salir a la calle, de protestar, de estar en los espacios de lucha ideológica.

El abstencionismo frena, detiene, lastima el proceso de ampliación y profundización de la democracia y la justicia en Chile. El abstencionismo congela la marcha de la historia. La participación, la expresión ciudadana, la voluntad popular, es lo que permite avanzar, superar escollos, buscar alternativas y seguir caminando por en Chile mejor para las mayorías.