Al cumplirse 50 años del día en que los dólares financiaron las balas que lo lanzaron a un barranco en la selva boliviana, nuestra lucha continúa con el Che presente entre nosotros.

Camila Vallejo Dowling

Diputada

“No voy a hablarles de un hombre común.

Haré la historia de un ser de otro mundo,

de un animal de galaxia.

Es una historia que tiene que ver con el curso de la vía láctea”.

Silvio Rodríguez. Canción del Elegido

A días de conmemorar los 50 años del asesinato de Ernesto Guevara recuerdo la primera vez que escuché una historia del Che. No se trataba de una historia cualquiera, era la historia de un hombre que dejó todo, que entregó su vida completa a una causa mayor, sin pedir nada a nadie.

La vida del Che no se agota en una biografía, porque su dedicación al triunfo revolucionario en Latinoamérica trasciende los hechos mismos. La ausencia de vacilación en sus convicciones siempre lo condujo a asumir la responsabilidad revolucionaria, con dedicación y compromiso vital, sin importar las consecuencias negativas que pudieran afectarle. Esa es la llama de la lucha revolucionaria que marcó la vida del Che, la inclaudicable tarea de regalar vida digna a los pobres, sin temor a “la furia del poderoso” que, finalmente, acribilló su cuerpo en manos de canallas mercenarios. Pero sus ideas, su legado y su historia no murieron en Bolivia, porque su virtud escapa de los comunes.

La inmortalidad está reservada para quienes construyen futuros imperecederos, “abriendo sendas” por los inhóspitos parajes donde se resguardan los privilegios de los “cuervos con garras de oro”. La inmortalidad del Che no es un título honorífico, ni algo parecido, porque es la forma de referirnos a la imposibilidad de enterrar su herencia. El silencio y el olvido no conjugan con el heroísmo que truena en la historia, como “cañones de futuro”, porque tal como dicen los versos de Nicolás Guillén, el Che está en todas partes: “En el indio hecho de sueño y cobre / Y en el negro revuelto en espumosa muchedumbre / y en el ser petrolero y salitrero / y en el terrible desamparo de la banana / y en la gran pampa de las pieles / y en el azúcar y en la sal y en los cafetos”.

El Che nos interpela en presente y futuro, porque la sed bestial del Imperialismo no descansa en su ambición de someter la libertad de los pueblos. Por eso, reencontrarnos con el Che es una convocatoria permanente a rebelarnos contra la injusticia, contra la dominación de poderes económicos y conservadores, a rebelarnos y ser críticos, estudiosos, comprometidos con los procesos transformadores que beneficien al pueblo frente a la avaricia imperialista.

El Che no es un simple stencil, ni tampoco un símbolo de rebeldía caduca, tal como la maquinaria mercantil pretende reducirlo a una pieza comercial de “McGuevara o CheDonald’s”. La responsabilidad y ética revolucionaria con la que condujo su vida es un legado que no admite la banalidad, porque nos enseñó con el ejemplo el deber de ponernos a disposición de las tareas que la lucha contra el imperialismo impone a diario, sin esperar recompensas a cambio, a soportar altos costos personales en caso de ser necesario, a dejar de lado nuestros propios intereses, a abandonar cualquier aspiración egoísta a comodidades y privilegios materiales que no requiramos para un modesto buen vivir.

Pero, en especial, el Che nos dejó cientos de testimonios respecto a la primera tarea que tenemos las y los revolucionarios de Latinoamérica, pues como dijo en 1962: “Pensemos en la unidad indestructible de todo nuestro Continente, pensemos en todo lo que nos ata y nos une y no en lo que nos divide, pensemos en todas nuestras cualidades iguales, pensemos en nuestra economía igualmente distorsionada, igualmente aherrojado cada pueblo por el mismo imperialismo, pensemos en que somos parte de un ejército que lucha por su liberación en cada pedazo del mundo donde todavía no se ha logrado”.

Podría continuar dedicando o reproduciendo palabras del Che Guevara, pero las palabras se agotan rápido y no alcanzan a seguir el ritmo galopante del inmortal “hijo de la rebeldía”.

Al cumplirse 50 años del día en que los dólares americanos financiaron las balas que lo lanzaron a un barranco en la selva boliviana, nuestra lucha continúa con el Che presente entre nosotros.