Se cumplen 44 años de su asesinato y cumpliría 85 años en septiembre, el mes que lo ve nacer y morir.

Nelly Carrasco G. Santiago. Seguramente su pelo ensortijado era salpicado con las gotas del agua que volaban por el aire al ritmo de la escobilla  que su madre usaba en la vieja artesa lavando ropa ajena. Lo imagino con una de sus manos tomado al húmedo delantal de la lavandera y con su amplia sonrisa pidiendo lo que todo niño a esa edad quiere.

Nadie podía imaginar que ese niño de sonrisa ancha y eterna lograría cambiar su destino y se transformaría en un verdadero referente de la cultura chilena y que su canto traspasaría todas las fronteras imaginables para quedarse en el corazón de mucha gente en el mundo entero.

Conocí a Víctor Jara a la distancia, más bien, lo vi a distancia, él sobre el escenario y yo entre la multitud que acompañaba sus canciones en plena Alameda, desde la galería del Caupolicán o en la Peña de Los Parra. Me parecía extraño lo que un hombre y su guitarra podían hacer, transformar la atmosfera del recinto donde cantaba paseándonos  del recogimiento a la alegría con sólo un par de acordes.

Las canciones de Víctor se hicieron imprescindibles durante todo el período de la Nueva Canción Chilena y más tarde, escucharlo clandestinamente tenía un sabor amargo.

La inocencia de los años nos impedía imaginar lo que sería su destino. Su compromiso militante lo llevó a estar en su “puesto de combate” y sufrir de manos de sus captores la humillación, la tortura y luego el fusilamiento.

Víctor, el admirado, el respetado, el querido y amado por su pueblo fue ajusticiado con saña, las más de 40 balas en su cuerpo, no solo hablan del ensañamiento también, esas 40 heridas de muerte fueron un mensaje claro y rotundo de que la dictadura no respetaría  a nada ni nadie que osara cruzarse en su plan de cambiar el destino que un par de años antes el pueblo de Chile había decidido.

“Venía en una especie de remolino”

El anuncio de su ajusticiamiento nos hizo morir un poco también; la maestra Gabriela Pizarro perdió su voz por meses al enterarse de la muerte de su amigo. Max Berrú en su exilio, era visitado por Víctor en sus horas de sueño. “Víctor venía en una especie de remolino y nos decía que había que hacer”, el sueño se repitió por años hasta que una sicóloga le dijo que dejaría de tener ese sueño cuando regresara a Chile y se diera cuenta que Víctor no estaba y es que enmudecer y negar la muerte de un hermano es tal vez un recurso de supervivencia.

Sabido es, que la recuperación del cuerpo de Víctor fue una verdadera operación casi cinematográfica y que su entierro  fue tan clandestino como la vida que muchos chilenos y chilenas debieron vivir a partir del golpe de Estado.

Los años  siguientes se vistieron de homenajes en las peñas clandestinas y en los esfuerzos que organizaciones sociales y políticas hacían como parte de la lucha y resistencia. Con valentía su imagen volvió a estar presente en cada actividad, se organizó por varios años el Festival de Todas las Artes Víctor Jara, que tuvo expresiones en el exterior. Los festivales se hacían a pulso, con mucha gente involucrada, dueñas de casa, estudiantes, profesionales, organizaciones sociales, culturales, políticas y los artistas. En cada Festival estuvo presente el color y la alegría del arte popular ese mismo al que Víctor Jara nos hizo adictos. Era su pueblo que buscaba rendir los homenajes que le habían sido negados y de alguna manera pagar la deuda pendiente.

Grandeza de hombre sencillo

La figura de Víctor se fue agrandando y sentíamos que aún había cosas por saldar, por eso, en diciembre del 2009, durante tres días en el Galpón que llevaba su nombre nos dimos a la tarea de  pagar  dicha deuda. El velatorio y funeral popular a Víctor fue multitudinario, nos volcamos a la calle para rendir nuestro adiós tal y como lo merecía, con respeto y reconociendo a su grandeza de hombre sencillo, de artista comprometido y amante de su pueblo. Fuimos miles en la calle cantando sus canciones gritando que sigue presente en el alma de su gente. Hasta la Presidenta Bachelet se sumó al homenaje popular.

Es septiembre, el mes contradictorio para los chilenos y chilenas, pasamos de la pena a la alegría y viceversa. Los aromos en flor juegan con los volatines dando color a nuestro cielo, quizás para hacer más liviano el mal recuerdo del humo negro que cubrió el centro de Santiago un 11 de septiembre cuando atentaron contra La Moneda y lo que ella representa.

Hoy nos movemos entre encuestas y cifras económicas, parece que no hay nada más importante que los números y que el arte es solo una decoración, pero Víctor está ahí para recordarnos en cada canción que hay que dejar la vida volar y que su guitarra de cantor sigue depositada en nuestras manos abiertas como un signo de confianza de él con su pueblo y que por más que los números tengan tanta importancia, en algún momento serán desplazados por el inmenso deseo de cantar, pintar y danzar como ejercicio necesario para volver a mirarnos a los ojos con confianza  y cariño, reconociéndonos como hermanos y recordando que el arte y la cultura no “bajan” al pueblo sino que “suben” porque el pueblo es soberano y merece recuperar el sitial que Víctor le dio en su vida.

“Ven, ven, conmigo ven” nos invita, usemos esa guitarra que Víctor nos hereda y dispongámonos a la tarea de reconstruir esta tierra nuestra.