El destino de Chile debe estar en manos de los trabajadores, de la juventud, de las mujeres, para seguir avanzando en transformaciones.

Editorial. El Siglo. La conmemoración continua del 4 de septiembre -fecha en que el doctor Salvador Allende fue electo Presidente de la República- y del 11 de septiembre -fecha del cruento golpe de Estado en contra de ese Gobierno Constitucional- no solo tiene el propósito de preservar la necesaria memoria histórica, sino de reivindicar el proceso transformador vivido en Chile entre 1970 y 1973, y no olvidar el origen y las consecuencias de la instalación de una dictadura cívico-militar que dejó un saldo de miles de ejecutados políticos y detenidos desaparecidos, y un modelo económico-institucional inequitativo y retardatario.

Fue el pueblo chileno el que eligió a Salvador Allende y que le dio mayoría parlamentaria a la Unidad Popular, y fue el pueblo chileno el protagonista de los cambios sociales impulsados en los primeros años de la década de los setenta. Fue también el pueblo el que resistió con valor y sacrificio a la tiranía y el que terminó echando al tirano y su régimen dictatorial.

Por ello es que es el pueblo, y sus sectores más conscientes, los que conmemoran fechas como el 4 y el 11 de septiembre, convertidas en hitos fundamentales de la historia de nuestro país y de las batallas de chilenas y chilenos por alcanzar una sociedad justa, digna y soberana.

Recordando precisamente palabras del Compañero Presidente, década tras década se demuestra que la historia la hacen los pueblos y que ellos son y deben ser finalmente los dueños de su destino.

Esto tiene plena vigencia en estos días, cuando algunos pretenden establecer que los caminos del país dependen de las elites, de iluminados y, peor aún, de poderes fácticos, relegando las capacidades del pueblo.

Hoy, como siempre, el destino de Chile debe estar en manos de los trabajadores, de la juventud, de las mujeres, de los profesionales e intelectuales, para seguir avanzando en transformaciones que signifiquen una mejor calidad de vida, y la materialización de derechos sociales y civiles.

Las batallas actuales, como las del pasado, requieren de la participación activa, consciente y organizada del conjunto del pueblo en las luchas sociales, los desafíos electorales y la defensa y promoción de sus derechos más sagrados.

Nadie que aspire a una sociedad mejor, justa y equitativa, que busque la concreción de la participación, puede restarse de las tareas de hoy que demanda el enfrentarse al modelo neoliberal y una institucionalidad todavía autoritaria, y hacer avanzar reformas y transformaciones que consoliden precisamente la concreción de los derechos del pueblo y que incluyan elementos claves como contar con una nueva Constitución. Eso es en todos los espacios posibles.

El propio Presidente Allende hablaba de que un proceso de cambios se puede producir en un marco institucional dominante y que ello requiere, entre otros factores vitales, de la mayoritaria expresión del pueblo en las urnas, siempre con la movilización social como otra trinchera de lucha.

En eso, señalaba, es imprescindible reconocer las tácticas más acertadas para ir avanzando en los objetivos revolucionarios y transformadores, sin olvidar ni despreciar jamás la mañosa y peligrosa fuerza de la derecha y sus aliados que siempre le saldrán al paso al pueblo, como se demostró el 11 de septiembre de 1973, incluso recurriendo a la más abominable violencia.

No se debe perder de vista que, en efecto, la historia la hacen los pueblos, y ese es un precepto que rige en la actualidad.

Si aquel 11 de septiembre de 1973 se llamó a que cada quien estuviese en su puesto de combate, hoy es necesario llamar a que cada quien asuma un puesto en esta lucha que continúa por un Chile justo, democrático, digno, equitativo y participativo.