El desafío de El Siglo de transitar en el Siglo 21, en la era de la postverdad, preservando soberanía informativa y compromiso editorial popular.

Hugo Guzmán. Director El Siglo. Las comunicaciones y la prensa suelen estar en el centro de debates simplemente porque -a pesar de los porfiados promotores de la supuesta “objetividad” de los medios- son inmensamente gravitantes en la batalla de las ideas, el relato de procesos políticos/económicos/sociales y operaciones destinadas a incidir en la opinión pública.

Eso explica, en gran parte, que hoy se asista a la promoción de conceptos/acciones como la preverdad y la postverdad, destinados a la construcción de realidades, instalación de percepciones y sensaciones, por encima de la veracidad y las certezas.

También a una artillería comunicacional/informativa/mediática que impone matrices de opinión, formatos de lenguaje y agendas dominantes, todo destinado a imponer/establecer un esquema de mirada de la realidad que suele ser servicial y útil a sectores económicos/políticos hegemónicos, a grupos fácticos y a sectores conservadores.

Es un tiempo donde se manifiesta otro tipo de terrorismo: el terrorismo mediático. Ése que, en el análisis del periodista y académico Carlos Fazio, construye el miedo social a partir de los medios de comunicación, y que suele expresarse en la sobreexposición de actos delictivos y el supuesto efecto-caos por reformas sociales y profundas transformaciones.

A ello hay que agregar el papel que juegan las redes sociales -a la que tantas velitas se le prenden, incluso desde el campo popular/progresista-, junto a las televisoras, radios y Portales, en la saturación de información, intoxicación discursiva, criminalización del movimiento social y reduccionismo de los procesos que se viven.

Un papel que se refuerza en tiempos recientes en la prensa, es convertirse en desprestigiadores de la política -en la paradoja de que la hacen todos los días y a cada hora, sino, preguntarles a conductores de noticias convertidos en fabricantes de opinión- descartándola como una herramienta para la crítica y la transformación social y cultural.

En todo ello tiene mucho que ver, por ejemplo, la exposición de la doctrina del shock, expuesta por Naomi Klein, y esa modalidad de mentira sutil expuesta por Emir Sader, en cuanto a que le peor mentira es la que niega la existencia de lo que no se quiere que se conozca.

Todo eso, más la tormentosa concentración privada, monopólica y oligopólica de medios de comunicación, la uniformidad editorial, la ausencia de un Estado efectivo en garantizar la diversidad informativa y comunicacional y la incomprensión de lo estratégico de este tema al interior de segmentos políticos y sociales de la sociedad civil, son cuestiones que trazan hoy el mapa de la situación de medios y de la prensa en Chile.

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Es un contexto en que se desenvuelven medios como El Siglo, que se contraponen total y coherentemente a esos preceptos e instalaciones, en una labor tan ardua como compleja.

Hace 77 años -la cantidad de años que cumple este 31 de agosto el periódico- todo esto pudo parecer ciencia ficción de las comunicaciones. Salvo en algo central: los sectores dominantes controlaban la prensa e imponían sus criterios y sus formatos al pueblo. Eso no ha cambiado en más de un siglo.

Este diario surgió en medio de la dureza y armonía de los linotipos, del olor a tinta de modestas y robustas imprentas, y del trabajo encomiable de periodistas autodidactas que, en realidad, eran obreros y profesores.

Hoy El Siglo utiliza las modernas máquinas para su impresión, en las que laboran trabajadores que con sus manos cuidadosas dan a luz las ediciones semanales. Operaron hace poco cambios en el diseño y el formato impreso para responder a los nuevos años, sobre todo considerando la cruda pero irremediable verdad de que los diarios impresos se leen menos.

A ello se sumó el esfuerzo esmerado y tremendo para tener a El Siglo como PortalDigital y estar latente en las redes sociales. Es asumir las nuevas realidades, las nuevas tecnologías, en lo cual hay un desafío aún muy abierto.

Sin embargo, lo sustancial es que ayer como hoy, este periódico asume sin complejos ni menoscabo, una titánica tarea para ser parte de un sistema de medios contrahegemónicos, capaz de contribuir a otra realidad en el ámbito de la prensa.

La veracidad como respuesta a la preverdad y la postverdad. La soberanía informativa como respuesta a la imposición de agendas y formatos. La audacia y rebeldía frente a los poderes fácticos y dominantes. La calidad y creatividad de la información y el análisis ante la intoxicación y saturación informativa. La descripción de la realidad concreta para aterrizar la esperanza y la civilidad, frente al miedo y la incertidumbre. La promoción y ánimo a la organización y educación de la gente para asumir batallas sociales y de ideas, y avanzar hacia una sociedad justa, equitativa y democrática.

El compromiso transparente y elocuente con una línea editorial que marque, sin prejuicios ni temores, la defensa de las demandas y derechos de los trabajadores y del pueblo, la defensa de los derechos humanos y civiles, la promoción de las transformaciones necesarias y el cuidado del ejercicio ético de la profesión periodística.

Este no es un periódico aséptico ni juega a una falsa objetividad.

Imposible si surgió de una matriz obrera y popular que nadie se puede atrever a negar, menos con tesis postmodernistas o seudoprogresistas que apuntan a desechar la raíz de proyectos de izquierda.

Imposible si durante dos dictaduras y otros periodos de persecución y represión, hubo fuerzas letales en este país que quisieron hacer desaparecer a El Siglo y, lo más dramático, relegaron, apresaron, exiliaron, ejecutaron e hicieron desaparecer a muchos de sus trabajadores y periodistas. Incluso actualmente, algunos se obstinan en desprestigiar a este periódico por su pensamiento y su posicionamiento, queriendo restarle importancia en su incidencia. Por algo será.

Luis Emilio Recabarren llamó a que la prensa popular jugara un papel en la ilustración y organización de los trabajadores. Salvador Allende planteó la necesidad de la calidad en la labor periodística popular y de izquierda. Ernesto Guevara dijo que no se puede destruir una idea por la fuerza, porque eso bloquea la inteligencia en el debate.

Eso requiere de enormes esfuerzos para hacer un periodismo serio, vigente, veraz, de contenido social, de calidad y calidez, creativo, de debate, crítico y comprometido.

Los esfuerzos deben incluir desechar la mediocridad, la rigidez, lo panfletario, de esquivar el debate.

A todo esto, muchos lo llaman ideologizar la prensa. Tienen razón. La prensa hegemónica como la prensa contrahegemónica son una expresión ideológica.

Y el lenguaje de estas definiciones tienen que ver con el lenguaje de los sectores transformadores y que es capaz de traducir de la manera más fiel cuáles son los desafíos y los conceptos de una prensa que esté al servicio del pueblo y de la sociedad.

Desafíos que no siempre se consiguen materializar.

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Frente al poderoso sistema hegemónico de medios, hay segmentos del mundo popular y progresista que actúa con complejos, autoinmolación, subestimación y resignación.

Algunos piensan que el reto es obtener espacios en los medios dominantes y se rehúsan al esfuerzo propio.

También hay un casamiento acotado con algunos instrumentos comunicacionales y dejan de lado la complementación de herramientas, que es vital para llegar a sectores amplios y diversos de personas.

Medios progresistas se compran formatos, estilos, lenguaje, tesis, de los medios dominantes. Claro que ello obedece en algunos casos, a que se compran líneas editoriales y coinciden con tesis políticas conservadoras.

También hay un renuncio a una batalla política, social, reivindicativa, legislativa, para cambiar la realidad del sistema de medios.

De repente se observa que algunos actores se compran el discurso y las tesis dominantes en materia de medios, como rechazar el papel del Estado en la garantía del derecho a la información, la regulación, la equidad del subsidio y el avisaje y el compromiso en el desarrollo tanto de medios privados como sociales y públicos.

Hoy, por ejemplo, la legislación y la normativa vigente le otorga todas las oportunidades y facilidades a los medios de comunicación que son propiedad de grupos económicos y de empresas trasnacionales.

En Chile se garantiza el monopolio y el oligopolio, contrario incluso a lo que pasa en países capitalistas desarrollados y a lo que dicta la teoría del mercado. Las empresas que se oponen hoy a una redistribución equitativa del avisaje estatal, fueron salvadas de la quiebra por el Estado y reciben cotidianamente dineros públicos para subsistir.

El tema de medios públicos está secuestrado en una tesis mercantilista y no de servicio público.

Son increíbles las cortapisas a los medios regionales y comunales, salvo los que imponen las grandes cadenas periodísticas privadas.

Hay continuas faltas al ejercicio profesional periodístico, mientras duerme en el Parlamento el regresar la tuición ética de la profesión al Colegio de Periodistas.

Es nebuloso el panorama en cuanto a televisión cultural y digital.

Es por este marco, este contexto, que tiene una importancia notable y épica que El Siglo llegue a los 77 años y se acerque aceleradamente a las ocho décadas de existencia.

Con escasos recursos, condiciones precarias y en el peor de los momentos asechado por manos criminales, este periódico ha logrado no solo subsistir, sino que desarrollarse, hacer el esfuerzo para estar a la altura de los tiempos contemporáneos y ser, en efecto, un cañón informativo y analítico que busca el mayor alcance posible.

El Siglo cumple un rol que debe ser aquilatado como contribuyente a que amplios sectores tenga acceso a una información y a un análisis distinto, alternativo y veraz. Podrá ser modesto, pero su ampliación dependerá, sustancialmente, de las manos que lo reciben y de los ojos que lo lean.