En esta entrevista de publicación póstuma, el destacado escritor chileno rememora sus encuentros con el autor de El Llano en Llamas.

David Hevia. Escritor. La obra de Juan Rulfo irrumpe de manera muy transversal -y frontal- en las letras latinoamericanas; en las letras universales también, con una obra generalmente considerada escueta. A propósito de eso, ¿qué es lo primero que recuerdas haber leído de Juan Rulfo? 

Lo primero, me parece que fue un cuento de “El Llano en Llamas”, que se llama “Macario”, no me acuerdo dónde lo leí, pero creo que eso fue lo primero. Y después, el libro entero: “El Llano en Llamas”.

¿Y qué te llamó la atención de esa obra?

La exactitud, la precisión de los cuentos, el estilo notable, que dice sin decir y que tiene una síntesis muy, muy apretada.

Ahorra mucho comentario Rulfo cuando escribe.

Porque es terriblemente sugerente. La novela “Pedro Páramo” empieza: “Vine a Comala buscando a mi padre, un tal Pedro Páramo”, ¡todo lo que dice esa simple frase!

¿Recuerdas la primera vez que te encontraste con él?

Claro, yo lo conocí en el año 1969. Creo que fue el 69. Sí, porque fue en el verano, debe haber sido cuando termina el año 68, por ahí, no me acuerdo mucho de la fecha, pero hubo un encuentro de escritores, durante el gobierno de (Eduardo) Frei Montalva, un encuentro internacional de escritores, que se organizó en Viña del Mar, en el Hotel O’Higgins. Y vinieron figuras importantes de la literatura latinoamericana; por ejemplo, Mario Vargas Llosa, Leopoldo Marechal, Juan Carlos Onetti, Jorge Enrique Adoum, de Ecuador, el guatemalteco Mario Monteforte Toledo y Rulfo, de México. Rosario Castellanos, también de México. Ahí lo conocí. Yo era de los benjamines en ese encuentro; los más chicos, yo creo, éramos (Antonio) Skármeta y yo. Bueno, yo tenía muchos deseos de conocer a Rulfo, porque ya era un escritor al que admiraba mucho, y empecé a ir a las sesiones de este encuentro en el Hotel O’Higgins, y vi que Rulfo no iba, entonces me pregunté ¿dónde se meterá Rulfo? Y empecé a darme vueltas por el hotel y lo encontré en la barra del bar tomándose un “cuba libre”, solo; a esa hora no había nadie más, y me senté con él y nos pusimos a conversar, de México -yo había estado en México de niño, tenía muchos recuerdos, muy buenos recuerdos- de sus libros, en fin, y en general a conversar de cualquier cosa. Entonces, después ya éramos dos los que no íbamos a las reuniones, porque me iba a juntar ahí con Rulfo, que se alegraba mucho cuando yo llegaba…“qui’úbole”, decía, una manera de saludar muy mexicana…

Él es de Jalisco

Claro, y ahí nos poníamos a conversar, y nos hicimos bastante amigos, y a raíz de eso, yo lo tuteé. Lo tuteé, y nos tuteamos; pero después, cuando yo llegué a México algunos años después, exiliado el 74, lo encontré de nuevo a Rulfo, y lo tuteé, lo tuteé como lo tuteaba cuando nos conocimos, y él me tuteaba también y no se asombró, pero los otros escritores de mi generación, Eraclio Zepeda, Rafael Ramírez Heredia, me dijeron: “Oye, tú tuteas al maestro”. Ya lo trataban de maestro y de usted, y yo lo había conocido de otra manera, entonces no tenía esa formalidad, pero sorprendía mucho eso a todos. Una vez lo encontré también en Barcelona, en la oficina de la agente literaria Carmen Balcells, aunque nos vimos un rato. Después ya no nos volvimos a encontrar. Pero en México, nos veíamos con cierta frecuencia, incluso yo lo convocaba. Si yo lo invitaba a comer a mi casa, él iba, y no era muy frecuente que él aceptara muchas invitaciones, pero iba. En dos o tres ocasiones comimos ahí con escritores de varios países, con Miguel Donoso Pareja, ecuatoriano. Bueno, los mexicanos, Eraclio Zepeda, iban a comer a mi casa, y Rulfo también.  

Estuvo en Chile también, en el 72…

Mmm, eso no recuerdo.

Estuvo, sí. Estuvo con María Luisa Bombal, fue homenajeado en La Moneda y en la Sociedad de Escritores de Chile.

Puede ser, entonces quiere decir que yo no estaba en Chile.  

Claro, hay textos de él recordando ese momento.

Quiere decir que yo no estaba acá, porque yo el 72 me pegué un viaje, como de seis meses. Anduve en Europa, África, en varios países, en Cuba.

¿Y de qué conversaba Rulfo, qué temas le interesaban? Porque él no era una persona que gustara de teorizar sobre su literatura, por ejemplo.

No, para nada. Una vez, recuerdo, en el marco de ese encuentro, pero en Santiago, en la Sociedad de Escritores, se hizo una mesa redonda. Y fueron periodistas de varios medios para entrevistar a Rulfo, y yo recuerdo que Ariel Dorfman, que era el encargado de literatura de la revista Ercilla en ese tiempo, le hizo una pregunta así como ésta: “Señor Rulfo, de usted se dice que es un realista mágico, que es un realista psicológico, que es un realista social, ¿qué es usted, un realista qué?” Y Rulfo dijo: “No, yo de eso no sé nada, yo soy un mentiroso no más, un mentiroso; la mayoría de los novelistas son mentirosos”. “Y ¿qué es para usted la mentira?”, le preguntó alguien, no sé si el mismo Dorfman. Y respondió -esto que a mí no se me ha olvidado nunca-: “Lo opuesto a la falsedad”. La mentira es lo opuesto a la falsedad, porque es la mentira literaria. La mentira de la ficción.

La creación. Es lo que puede ser porque se imagina.

En el fondo, es la verdad.

Cierto, a él siempre trataban de presionarlo con preguntas, hasta el último de sus días, en entrevistas, y costaba…

No teorizaba nada.

Claro, no iba por ahí él. ¿Crees tú que haya influido un poco esa veta de fotógrafo que tenía también, y que desarrolló dentro y fuera de sus funciones en el Instituto Nacional Indigenista, ese retrato, casi un fresco, de lo que estaba ahí?

No sé, yo tampoco soy muy buen teorizador. No sé eso; pero lo que sí sé…todo el mundo dice por qué Rulfo escribió tan poco; no escribió tan poco Rulfo. Estaba haciendo una novela y me parece que se iba a llamar “La Cordillera”, y escribía y escribía y rompía, no la terminó nunca; pero iba a ser una novela más larga de lo que era la dimensión de sus libros. Y no sé qué es lo que le pasaba, pero un escritor que estuvo muy cerca de él, el brasileño Eric Nepomuceno, se desesperaba un poco, o sea, escribe y escribe y lo rompe todo.

Y ahí él quería meterse en el basurero.

No sé, pero en todo caso, la duda es si lo rompía porque no iba a estar a la altura de “Pedro Páramo”, una cosa así. Si sentía que no estaba remontando. Y puede ser, puede ser una auto exigencia. Otra cosa que lo oscureció un poco a él, en su forma de ser, en su carácter, es que en algún momento tuvo que dejar de beber, porque si no, se moría. Entonces, cuando nos veíamos en México ya no bebía alcohol, pero le gustaba siempre estar con el vaso de Coca Cola con hielo, y lo hacía sonar como cuando se tomaba las cubas. Eso le producía cierto agrado. Después, una vez nos encontramos en la Universidad de Stanford. Yo había ido ahí a dar una charla, y él también había ido a dar una charla, en la Facultad de Letras de Stanford, donde hacía clases Fernando Alegría. Y una noche fuimos a cenar, Rulfo y yo, a la casa de Fernando Alegría. Hacía una semana que le habían dado el Premio Nobel a (Gabriel) García Márquez, y yo le pregunté: “Bueno, Juan, ¿y a ti cuándo?”. Y él dijo: “No, pues, si yo no más tengo dos libritos…”.

Y sucede que García Márquez era el admirador de la obra de Rulfo, quien no ambicionaba la fama.

En cierta ocasión llegó a México Fernando Alegría, y llegó para presentar un libro suyo, recién publicado allá por la editorial Nueva Imagen, un libro que se llama “Una Especie de Memoria”. Para presentar el libro, estuvimos invitados Juan Rulfo, la “Tencha” (Hortensia Bussi) Allende, Arturo Azuela, nieto de Mariano Azuela, y yo. Entonces, creo que yo partí, acababa de leer el libro, dije lo que me parecía, leí cuatro o cinco minutos; después Arturo Azuela también hizo una intervención así, breve, un poco más académica; la “Tencha” hizo un saludo, y el plato de fondo era Rulfo, y Rulfo dijo: “Estoy muy contento de haber venido a presentar el nuevo libro de mi gran amigo Fernando Alegría”. Eso fue todo.

Hay muchas cosas que se publicaron después de su muerte, ya que tú mencionabas esta producción, esta labor constante de él, y también era muy frecuente su trabajo epistolar, cartas a sus compañeras, en fin.

Sí, de eso he leído algo, y algún cuento leí, muy bueno, que no está en “El Llano en Llamas”, que se publicó póstumamente. Y, bueno, tiene también un libro de guiones que se llama “El Gallo de Oro”.

Yo sé que, como dices, tú no teorizas mucho sobre su literatura, pero ¿hay rasgos que te parecen distintivos de lo que él escribe, respecto de lo que en esas décadas había en el paisaje literario latinoamericano?

Mira, en esa década… estamos hablando de la década del 60, en que se estaba revelando todo esto del realismo mágico, estaba surgiendo esta publicidad que se generó en torno a varios escritores latinoamericanos muy buenos, que se llamó el Boom de la Novela Latinoamericana. Estaban en el boom Carlos Fuentes, Alejo Carpentier, Augusto Roa Bastos, Vargas Llosa, Rulfo, y con respecto a este boom, yo llegué a la conclusión de que todos venían de Faulkner, de que era una generación faulkneriana. Faulkner fue como el médium de Joyce, pero casi todos los escritores han leído más a Faulkner que a Joyce. Por tanto, la influencia del monólogo interior, de la corriente de la conciencia y todo eso, se debe más a Faulkner. Y marcó la literatura de los años 60. Manuel Rojas, que fue precursor, también era faulkneriano. Entonces, yo le pregunté en una ocasión a Rulfo -porque nos juntábamos a veces a tomar un café- en una de esas librerías café que hay en México que son muy agradables, en México uno es muy libre en las librerías, agarra todo, se lleva un libro para acá, lo lee… 

No te registran.

No hay un detective atrás tuyo. Entonces, nos juntábamos en una librería que se llamaba El Ágora y conversábamos. Un día yo le dije que a mí me parecía que él venía mucho de Faulkner, pero que, sin embargo, él decía que no, él decía que no había leído a Faulkner cuando escribió “Pedro Páramo”.  Yo le dije: “A mí me parece que es una novela faulkneriana”. Y me dijo: “Sí, yo tengo que decir que no había leído a Faulkner porque lo dije en una entrevista antes, entonces tengo que mantenerlo”.  Pero lo había leído.

Ahí salió la veta del mentiroso.

Claro.

Juan Rulfo es un autor muy preocupado por la realidad social, pero no escribe panfletos. Y, sin embargo, en cada uno de sus cuentos es posible seguir un paisaje que a él le preocupaba también en su condición de funcionario indigenista. Él decía: “Lo terrible es que la realidad del pueblo mexicano es por todos conocida y parece que va a seguir estando ahí”. ¿Se respira un poco esa realidad en su obra, más que el realismo?

Bueno, y es que además él es de una región que es muy árida, ¿no?, una zona de Jalisco que es muy seca y muy pobre, y eso también se refleja en cuentos como “Luvina”, “Diles que No me Maten”. Ése es uno de los primeros que leí, creo que antes de leer el libro “El Llano en Llamas” se publicó una antología del cuento hispanoamericano que hizo Ricardo Latcham, y ahí salía el cuento “Diles que No me Maten”. Eso debe ser lo primero que leí.

Un cuento impresionante, fulminante, literalmente hablando. Si Faulkner influyó o no en Rulfo, o hasta qué punto, es una cosa; ¿tú ves, por otra, de qué manera su literatura ha incidido en las generaciones siguientes?

No lo he pensado, pero ahora lo estoy pensando, en este momento. Y, sí, digamos que ya estoy reconociendo dos autores que fueron influidos por él: uno de ellos es Eraclio Zepeda, él tiene un libro que se llama “Benzulul”, que es sobre los indios del estado de Chiapas, los chamulas, creo, y ese libro es rulfiano. Es rulfiano. Y hay otro autor, que también es de la zona maya, de por ahí por la Península de Yucatán, que es Hernán Lara Zavala, que escribió su primer libro que se llama “De Zitilchen”, o “Zitilchén”, no sé bien cómo es el acento, y esos cuentos también son rulfianos, o sea que sí tiene seguidores, pero no te puedo decir más. Y eso nunca lo había pensado, se me ocurrió ahora.

Una vez a Juan Rulfo le preguntaron -seguramente se lo dijeron muchas veces- ¿pero por qué no escribe más? Y él, un poco incómodo, respondía siempre: “¿Qué quiere que escriba?” ¿Tú sientes que el propio Rulfo, con su carácter, de alguna manera se olfatea en lo que escribe?, ¿si su forma de ser, de alguna manera, se traspasa a alguno de los personajes que él imaginó?

No sé si a los personajes, tal vez no; pero sí al narrador y al ámbito. Lo de los personajes, no sé, eso ya es cuestión de ponerse a estudiar, de releer; pero eso ya es algo que yo no hago.