Al igual que los últimos ataques en Francia, Alemania, Bélgica, Suecia y Reino Unido, el objetivo principal de los terroristas era causar pánico.

Sergio Alejandro Gómez. Granma. “No tenemos miedo”, dijeron los catalanes tras los atentados en Barcelona y Cambrils que dejaron la semana pasada un saldo de al menos 15 muertos y un centenar de heridos.

Al igual que los últimos ataques en Francia, Alemania, Bélgica, Suecia y Reino Unido, el objetivo principal de los terroristas era causar pánico.

Los lugares escogidos multiplican el efecto. Las Ramblas son parada obligada en la capital catalana que recibe anualmente a más de 30 millones de turistas. Sin dudas los atacantes fueron en busca de víctimas extranjeras.  

Lo que pretenden es que los europeos tengan que pensarlo dos veces antes de viajar, visitar un lugar público, disfrutar de un concierto o salir de noche a un club.

Y lo cierto es que lo están logrando.

Cuchillos de cocina, hachas o machetes, que cualquiera puede conseguir sin generar sospechas, están entre las armas utilizadas para perpetrar las agresiones. Los servicios de inteligencia llevan décadas tratando de evitar que explosivos de alto poder lleguen a las manos equivocadas, pero la guerra contra utensilios comunes parece perdida de antemano.

El arrollamiento resulta otro de los modus operandis que se extiende por el mundo dado su nivel de efectividad y la poca preparación necesaria para implementarlo. Con millones de carros circulando en zonas densamente pobladas, la prevención de incidentes como los de Niza, en Francia, o Barcelona se hace casi imposible.

Sin embargo, algunos gobiernos quieren dar algo de tranquilidad a sus ciudadanos. En Australia, el primer ministro, Malcolm Turnbull, presentó un proyecto para instalar cercas metálicas, bolardos, jardineras y macetas gigantes con flores para mitigar posibles ataques con vehículos en los principales lugares públicos del país.

El gobierno británico, que tras el atentado en Westminster incrementó el número de barreras en los puentes, quiere hacer más difícil el alquiler de carros y evitar que las personas incluidas en listas de vigilancia logren hacerse con uno.

Estocolmo, golpeada por el extremismo en abril pasado, ordenó la colocación de bloques de granito para resguardar a los peatones en sitios claves de la ciudad. La medida será complementada con cerca de cuatro decenas de figuras de concreto en forma de león con un peso de cerca de tres toneladas cada una.

Incluso si se colocaran barreras en todas las aceras de Europa, lo que parece imposible, nadie podría dar garantías plenas de seguridad. Los agresores sencillamente cambiarían sus estrategias o buscarían la forma de saltarse las barreras.

 

En el caso de Cataluña, la célula que perpetró los atentados era de 12 miembros, casi todos jóvenes. El ataque más mortífero, el de Las Ramblas, lo llevó a cabo una sola persona, Younes Abouyaaquob, un marroquí de 22 años. Aunque el Estado Islámico reivindicó los hechos, todo parece indicar que el grupo se radicalizó por su cuenta bajo la influencia de Abdelbaki es Satty, imán de una localidad de Girona.

Según sus vecinos y personas cercanas, muchos de los terroristas eran jóvenes normales e integrados a la sociedad. “Eran chicos que hablaban perfectamente catalán, escolarizados aquí, que sacaban buenas notas y que no estaban metidos en ningún tipo de problema”, dijo a la prensa Maria Dolors Vilalta, concejal del Ayuntamiento de Ripoll, de donde provienen la mayoría de ellos.

Solo en España hay cerca de 1,5 millones de musulmanes y en Europa son más del 4 % de la población general. Bajo el lema de No en mi nombre, decenas de miles de ellos salieron a protestar contra los radicales que actúan en nombre de su religión. Temen que toda la comunidad pague las consecuencias de las acciones de una minoría radical.  

La islamofobia y las ideas ultraderechistas se expanden como pólvora por el Viejo Continente, donde varios partidos políticos quieren sacar provecho de los acontecimientos.

Quizá tan peligroso como el terrorismo mismo, es que el malestar y las 
preocupaciones de los europeos se utilicen para validar las agendas extremistas contra los inmigrantes o reducir las libertades individuales en nombre de una supuesta seguridad.

Ataques contra la comunidad musulmana en sentido general o dar la espalda a los millones de refugiados que llegan de Oriente Medio y África escapando de la inestabilidad política y la guerra, solo estimularía el ciclo de odio del que se alimentan los radicales.

Por ese camino nadie podría garantizar que un nuevo Barcelona, Londres o París vuelva a ocurrir.

El jueves de la semana pasada, minutos después de los atentados en Cataluña, la madre de Mertxe Pasamontes, una sicóloga barcelonesa de 47 años, tomó un taxi para volver a su casa desde la Gran Vía.

Sin saber que el conductor era musulmán y marroquí, de la misma nacionalidad que el atacante, la señora fue todo el viaje conversando sobre lo que sucedió en Las Ramblas. Al llegar a su destino, el taxista se negó a cobrarle y le dijo: “No todos somos iguales”. Después volvió al centro de la ciudad a recoger más personas.