Dado lo que ocurre en nuestra sociedad, es inseparable la lucha programática, electoral y social, de la defensa y ejercicio de principios que enaltezcan la actividad política.

Editorial. El Siglo. La candidata presidencial de la Democracia Cristiana (DC), Carolina Goic, relevó el tema de la ética en la actividad política e incluso quiso establecerlo como relato de su campaña, a propósito de su decisión de evitar la reelección del diputado de su partido, Ricardo Rincón, por haber estado sometido a una investigación por violencia contra una mujer.

Días después, personajes del mundo de los empresarios se reunieron para hablar de los comportamientos éticos de ese sector, a cuenta de sucesos como la colusión, entre otros, que pusieron en entredicho la actividad empresarial.
Al tratarse el tema del megafraude en Carabineros, desde el alto mando se hizo referencia a los valores que deben regir en esa institución.

Ante la visita del Papa Francisco a Chile, varias vocerías se refirieron al tema de abusos sexuales ejecutados por jerarcas y sacerdotes de la iglesia lo que, entre otras cosas, tiene que ver con graves transgresiones a la ética en la organización católica.

Son casos que vuelven a demostrar que la alteración de principios que deben regir la labor de diversidad de entidades del país -políticas, públicas, privadas, militares, religiosas- se viene dando en nuestro país con extensión y graves consecuencias en distintos ámbitos. Lo que se define como faltas a la ética, tiene que ver con diversidad de situaciones y acciones.

Claramente el tema de violación de principios no atañe solo “a los políticos” y tiene un alcance mayor y más profundo, cruzando a muchos sectores de la sociedad chilena.

En todo caso, en el caso de la política esto adquiere relevancia sensible, en tanto se trata de representaciones del pueblo y con altas responsabilidades de representación y decisión en niveles gubernamentales, legislativos, municipales y de organizaciones políticas.

Es cierto que un daño grande se produjo con la constatación de irregularidades financieras, delitos tributarios, cohecho cometido en la votación de leyes, financiamiento ilegal de campañas electorales. También casos conocidos de mal uso de recursos públicos o de actitudes reñidas con la ética, como la violencia intrafamiliar.

Pero hay otros factores o actitudes que también afectan la actividad política y la confianza en ella por parte del pueblo. El narcisismo, el autoritarismo, el individualismo, las ambiciones personales, el abuso de poder y laboral, el asumir el servicio público como una mala entendida “carrera política”, se cuenta entre la falta de principios, que tratándose de militantes y dirigentes progresistas y de izquierda, son prácticas a desechar.

De miembros y representantes de esos sectores, el pueblo espera actitudes basadas, por ejemplo, en la austeridad, la prudencia, la honestidad, la modestia, la ponderación, el privilegiar el colectivo, algo imprescindible para un ejercicio ético de la política.

Los esfuerzos y la promoción de transformaciones sociales, políticas, culturales e institucionales, debe ir de la mano de principios que la ciudadanía respeta y aquilata.

Hoy, dado lo que ocurre en nuestra sociedad, es inseparable la lucha programática, electoral y social, de la defensa y ejercicio de principios que enaltezcan y releven la actividad política.
La lucha por destronar al neoliberalismo y el conservadurismo, pasa también por desechar desviaciones, vicios, malas prácticas y actitudes que promueven esas tesis ideológicas.

Este es un momento en que quienes se dediquen protagónicamente a la lucha política, resalten con sus actitudes y prácticas principios democráticos y valores éticos que le den al pueblo más seguridad, confianza y esperanza.