Lo que está en juego en Venezuela, además de avances políticos y sociales, es el riesgo de quebrantar una paz.

Hugo Gutiérrez Gálvez

Diputado. Región Tarapacá

Van más de 15 años desde que América Latina, por la vía democrática, entró en un proceso de recuperación de soberanía política y económica. Después de décadas de saqueo, excesiva concentración de la riqueza y amplia exclusión social y política de las masas trabajadoras, campesinas e indígenas, países como Venezuela, Ecuador, Uruguay, Bolivia, Paraguay, Nicaragua, Brasil y Argentina dieron inicio, conducidos por gobiernos de izquierda progresista, a un importante proceso de cambio económico y político en favor de las grandes mayorías. Si bien, dicho proceso ha tenido diferentes ritmos y niveles de profundización democrática según el país, el horizonte estratégico predominante fue la plena soberanía nacional, una fuerte profundización democrática y la socialización de los beneficios de la economía.

El rol de Venezuela en el liderazgo y consolidación de los procesos de integración americana bajo el horizonte estratégico planteado fue clave. Durante este periodo se generó una institucionalidad regional sudamericana en la que la total independencia de los intereses estadounidenses fue un principio rector.  Banco del Sur, Telesur, Unasur y Alba TCP fueron las iniciativas más destacables. Nada de ello hubiese sido posible sin el protagonismo de Hugo Chavez, la articulación de Nicolas Maduro y la solidaridad del Gobierno Bolivariano de Venezuela y el PSUV. América Latina comenzó, así, a caminar con sus propios pies y labrando el camino hacia la tan anhelada segunda independencia con sus propias manos.

La reacción del imperialismo norteamericano no tardó en llegar. Entre 2005 y 2008 sus primeros intentos fueron desestabilizar el gobierno de Evo Morales en Bolivia mediante dinámicas separatistas similares a las utilizadas en la ex Yugoslavia a principios de los años ‘90. Viendo que aquello no dio resultados positivos, el 2009, probaron con la instrumentalización del juicio político y el rol de los parlamentos y medios de comunicación como principales agentes desestabilizadores. El ensayo para este tipo de golpes blandos fue Honduras. El 2010, Estados Unidos (EU) conspiró junto a sectores de la Policía Nacional para deponer mediante un golpe de estado al gobierno de Rafael Correa en Ecuador. El 2012 la estrategia imperial de los golpes blandos se replicó en Paraguay. En Argentina, el imperialismo junto la derecha conspiraron para elaborar una fuerte campaña mediática que tuvo como resultado la derrota electoral en las Primarias Legislativas de 2013, lo que impidió elegir un congreso favorable para reformar la constitución y permitir la reelección de Cristina Fernández en el 2015, bloqueando con esto la continuidad de un gobierno nacional y popular. El 2016, en complicidad con el poder judicial, el parlamento de Brasil destituyó a Dilma Rousseff de la presidencia, entregando el poder político a la derecha empresarial y corrupta.

En paralelo, EU articuló a través de su principal instrumento de injerencia continental, la OEA, la desestabilización de los procesos continentales de cambio, denominándolos despectivamente como gobiernos “populistas” y “filodictaduras”. Ya el 2015, EU declaró a Venezuela como una amenaza para su seguridad nacional.

Con Brasil y Argentina fuera del eje progresista, sumado a la muerte del presidente Hugo Chavez y la caída en el precio del petróleo, la estrategia norteamericana en contra de Venezuela tomó mayor impulso y dio inicio a una abierta posición injerencista y de descrédito mediático. La situación económica se agravó como consecuencia de los bajos precios del petróleo, la escasez ocasionada por el acaparamiento de productos, el mercado negro y la inflación provocada por la especulación. En este contexto de agudización económica, fue que la oposición obtuvo la mayoría en las elecciones de la Asamblea Nacional el 2015. El tablero estaba dado para echar andar la estrategia probada en Honduras, Paraguay y Brasil, dando con esto inicio a un proceso de choque de poderes que se fue agudizando hasta la actual situación de crisis política.

Hasta el momento, la acción injerencista y la violencia callejera protagonizada por sectores medios altos y por mercenarios pagados, no ha tenido éxito. Los trabajadores y sectores populares, beneficiados directos de las políticas de redistribución y la democracia participativa, han sabido defender el proceso en las calles y en las urnas. Es así, como el gobierno bolivariano optó, por lo que la constitución y la legalidad le permiten, convocar a una Asamblea Constituyente, para que mediante vías democráticas y legales, sea el pueblo venezolano el que redefina el curso del proceso en un espacio de diálogo institucional, pacífico y democrático.

EU está decidido a recuperar el control de Venezuela y de sus reservas petroleras mediante cualquier forma. A los buitres del gobierno norteamericano no le importan las libertades democráticas, así como tampoco la justicia social y la estabilidad de la región. Lo que está en juego actualmente en Venezuela, además de dos décadas de avances políticos y sociales para la izquierda, el progresismo y el pueblo, es el riesgo de quebrantar una paz cuyos efectos serían continentales. En la sociedad global las guerras de ocupación tienen efectos globales y no se limitan a las fronteras de un solo país. Es un imperativo categórico que la izquierda y las fuerzas progresistas del continente alcen su voz en la defensa del principio de No Injerencia, ya que en él se resguarda la Paz de América. Los comunistas debemos convocarnos a ello, porque como decía Martí: “El verdadero hombre (y mujer) no mira de qué lado se vive mejor, sino de qué lado está el deber”.