Ahora que se habla de impronta, relatos y sello de campañas, parecería no una mala idea que algún candidato o candidata asumiera este tema.

Hugo Guzmán

Periodista

En Chile el abuso está extendido. Son múltiples los ejemplos. Nadie los niega, salvo algunos sumisos a la desfachatez.

Hay un abuso estructural, que encuentra espacios en un sistema que promueve/premia al pillo, al que lucra esquilmando, al que se aprovecha/apropia a partir de una situación de poder, al que se colude, al que se enriquece a costa de los bienes y el trabajo de otros, al que obtiene réditos en la usura a costa de otros.

Ese abuso lastima y afecta a millones de ciudadanos y consumidores, a cientos de miles de asalariados, a familias enteras.

El país conoció el abuso sexual, que cuenta entre sus protagonistas a jerarcas de la Iglesia, el abuso hacia la mujer ejercido sobre todo en la violencia, el abuso hacia niñas/niños vulnerables, las acciones abusivas contra indígenas y estudiantes (no pocas veces cometidas por agentes del Estado), el abuso cotidiano en ámbitos como el transporte y la salud.

Lo anterior, según expertos, tiene que ver con la visibilización de prácticas que estaban ocultas u omitidas. También con el deterioro ético en una sociedad como la chilena donde, lo dicen especialistas, prima el individualismo, el narcisismo, las prácticas abusivas hasta en micro espacios y alteraciones de valores humanos.

Así las cosas, el abuso es una palabra que cruza a la sociedad y a cada ser humano de esta estela de territorio. Está tan agazapado como explicitado.

Cada mañana, cada habitante podría preguntarse de qué manera ese día será abusado: en un supermercado, por una empresa telefónica o eléctrica, en un servicio, por un banco o una inmobiliaria, por una autoridad. Ni hablar de una mujer o un menor que no espera que ese día sea víctima de un acto abusivo.

Ahora que se habla tanto de impronta, relatos y sello de campañas presidenciales, parecería no una mala idea que algún candidato o candidata asumiera que el objetivo en este país es terminar con el abuso, proteger a las chilenas y los chilenos de acciones abusivas.

Eso implica terminar con la colusión, con la desregulación, con el lucro desproporcionado, con cobros indebidos y servicios deficientes, con aprovechamientos, con la represión, con la impunidad financiera y empresarial, con irregularidades bancarias y especulativas, con la desprotección de mujeres, niños, indígenas, estudiantes y personas vulnerables, con ineficiencias en transporte, vivienda y salud, con precariedades laborales y sociales.

Terminar con el abuso y proteger a la ciudadanía de prácticas abusivas se aparece como un relato necesario en una campaña presidencial en estos tiempos del país.

 

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