Los misterios de guerrilleros chilenos en AL

Presentamos en exclusiva la Introducción del libro “Guerrilla”, de la periodista Javiera Olivares que se presenta este jueves 20 de abril.

Javiera Olivares. Periodista. Lo violencia política no es un fenómeno social nuevo para la historia del mundo. En múltiples latitudes, distintas organizaciones han contemplado el uso de las armas para conseguir objetivos sociales y políticos. De hecho, existen profusos estudios en materia de manifestaciones violentas que se detienen a observar el desarrollo de tipologías y tendencias a lo largo del tiempo. De ellos, la mayoría ha arrojado como conclusión que existe un claro predominio de los conflictos armados internos (o civiles) por sobre los internacionales. Según los resultados de la investigación realizada por la Universidad de Hamburgo a inicios de esta década -una de las más recientes en este ámbito- en torno a cincuenta conflictos armados aún afectan a naciones de África, Asia y América Latina. Del total de estas manifestaciones de violencia vigentes, veintiséis tuvieron sus orígenes en la década de los noventa; ocho durante los años ochenta; ocho durante los años setenta; seis en los años sesenta, y uno comenzó a finales de 1940[1]. Cada uno de ellos ocurre en contextos históricos, políticos y socioculturales particulares que afectan su aparición, desarrollo y duración.

Cuando hace algunos años, familiares y amigos de jóvenes chilenos que participaron en el desarrollo de conflictos armados en diversos países de América Latina me plantearon su interés en registrar parte de sus historias, estuvo implícito en el diálogo que el tema abría perspectivas de debate inacabadas. Con todo -y aunque existe consenso entre los investigadores en que las manifestaciones de violencia política y social han sido un fenómeno permanente en la región- en Chile se habla poco de  ello. Por eso, la propuesta consistía en narrar la experiencia de jóvenes militantes del Partido Comunista de Chile (PCCh) que participaron -como combatientes internacionalistas- de las experiencias guerrilleras que se libraban en diversos países de América Latina a fines de los ‘80, en busca de salidas populares a dictaduras militares o gobiernos autoritarios que sometían a sus pueblos a condiciones de opresión y pobreza.

En 1975, en una conversación privada llevada a cabo en una de las oficinas presidenciales de La Habana, entre el líder cubano Fidel Castro y el miembro de la Comisión Política del PCCh Volodia Teitelboim, se sellaron las primeras tratativas que conducirían a la definición oficial de la dirección comunista chilena de preparar militarmente a cuadros estratégicos del Partido que pudieran comandar la resistencia armada en Chile tras el Golpe de Estado de 1973. Ese año serían seleccionados antiguos estudiantes de medicina del Instituto de Ciencias Básicas y Preclínicas Victoria de Girón en La Habana, que habían sido becados en la isla gracias a un acuerdo de solidaridad entre el gobierno cubano y la Unidad Popular. Serían los primeros comunistas en tener preparación profesional militar.

Por esos años, el ex diputado comunista Gilberto Canales, junto a otros miembros de la dirección del PCCh, recorrió diversos países de la Europa socialista para reclutar a más jóvenes militantes que pudieran integrar el proyecto que recién comenzaba a elaborar  la Dirección en el exilio. Es sabido que, a mediados de los ‘70, se iniciaba la discusión acerca del cambio de estrategia para resistir la dictadura militar de Augusto Pinochet y acelerar su derrocamiento. Para ese entonces, el PCCh incorporaba a sus discusiones históricas tradicionales –que trataban sobre el desarrollo del trabajo de masas bajo la idea política de constituir alianzas amplias con otras fuerzas democráticas-, la necesidad de superar el llamado vacío histórico de su historia partidaria: la carencia de trabajo militar en la línea política del Partido[2]. Eran los albores de lo que en 1980 sería dado a conocer como la Política de Rebelión Popular de Masas (PRPM), que validaba todas las formas de lucha, incluso la violencia aguda, para desestabilizar la dictadura de Pinochet. La nueva línea reemplazaría la antigua táctica de constituir un Frente Antifascista y contaría con una estructura militar subordinada a la Dirección Política del Partido: el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), iniciativa práctica de la nueva definición partidaria. En ese contexto se instalaba lo que más tarde se llamaría la Tarea Militar del Partido.

En 1977 se seleccionó a 15 militantes de las Juventudes Comunistas de Chile, exiliados en diferentes partes del mundo: Suecia, Alemania, España y Hungría, entre otros. Se convocó también a otros 15 de origen campesino que se encontraban refugiados en la Unión Soviética tras haberla visitado en 1972 para cursar estudios de manejo de maquinaria agrícola, gracias a un convenio entre la Central Unitaria de Trabajadores de Chile, el Gobierno de Salvador Allende y la URSS. Estos 30 militantes conformarían la única misión comunista preparada militarmente en Bulgaria. En 1981, se graduarían de oficiales de la Academia Militar de Sofía.

Desde entonces, comenzaría un extenso camino en el que casi unos 300 militantes comunistas serían preparados fundamentalmente como cuadros profesionales militares y, en algunos casos, como combatientes de guerrilla irregular. Tras estudiar en escuelas de Cuba, Bulgaria y Vietnam, la mayor parte de los oficiales integraría la guerrilla liderada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en Nicaragua, como primera misión internacionalista de combate, tarea que continuaría hasta el triunfo de la Revolución de 1979.

Más tarde una segunda generación se haría parte tanto del combate rural levantado por los Batallones de Lucha Irregular (BLI) del FSLN para enfrentar a la contra revolución financiada por los Estados Unidos, como de la guerrilla salvadoreña conducida por el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN). De ellos, solo un puñado –las últimas generaciones destinadas a cursos de preparación militar a finales de los ‘80- se vería enfrentado a observar cambios radicales en la correlación de fuerzas políticas del mundo mientras integraban la guerrilla.

El fin de la Guerra Fría, la caída del muro de Berlín, la derrota electoral del Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua, el desarme del Frente Farabundo Martí en El Salvador y el viraje de la política militar del PCCh, que en 1987 culminó con la escisión definitiva del FPMR y la desvinculación de una de sus líneas de la estructura partidaria, fueron solo algunos de los sucesos que cambiarían el curso de la historia. Como si aquello fuera poco, también les tocaría enterarse desde lejos de la salida del dictador chileno del gobierno, no únicamente producto de la resistencia popular, sino también -y contra todo pronóstico-, por las urnas, bajo una serie de amarres y acuerdos políticos que permitirían a Pinochet mantenerse al borde del poder.

Durante los extensos primeros encuentros con los ex combatientes guerrilleros, en más de una oportunidad pensé en esta idea del debate inacabado. Más de una vez hice unun repaso mental acerca de la experiencia histórica de los comunistas chilenos en conflictos armados latinoamericanos, en lo mucho que se había escrito sobre aquello y en lo mucho más que aún quedaba por investigarse, escribirse y contarse. Parecía que los esfuerzos de los sobrevivientes, de los cronistas y los historiadores  no hubieran conseguido dar total cuenta de la historia no oficial de la experiencia militar chilena, ni de sus múltiples detalles, tan épicos como, en muchos casos, dolorosos. Hoy constato que este silencio adquiere mayor dramatismo a la hora de revisar las experiencias de aquellas últimas generaciones preparadas militarmente a fines de los años ‘80, justo cuando la mitad del mundo tomaba otro rumbo y en Chile la resistencia popular perdía toda posibilidad de convertirse en el factor decisivo que derrocara a la dictadura.

Es probable que esa cuota de realidad silenciada buscara evitar referirse al uso de las armas como mecanismo sociopolítico. Es posible, también, que la omisión se haya amparado en un contexto histórico donde la élite dominante preconizaba el triunfo definitivo de la democracia capitalista en el mundo, augurando el fin de la historia[3], algo que el autor portugués Boaventura de Souza Santos ha definido como una concepción democrática hegemonizante, instalada a mediados del siglo XX y que tiende a reducir los espacios participativos, promoviendo la idea de contradicción entre movilización e institucionalización; bajo una apreciación positiva de la apatía política y una sobrevaloración del diseño electoral[4]. En ese marco, el pluralismo se concibe como  una disputa entre élites,  que implica la  restricción de los modelos de participación en favor de un consenso  fundamentalmente electoral para la formación de gobiernos, ilegalizando cualquier reflexión sobre un elemento disruptor del orden. “Cuanto más se insiste en la fórmula clásica de democracia de baja intensidad, menos se logra explicar la paradoja de que la extensión por ella alcanzada ha traído consigo una enorme degradación de las prácticas democráticas”[5], dirá Souza. La instalación del neoliberalismo global ha tendido a profundizar en esta lógica, manteniendo con cuidado un pacto de silencio y tendiendo a la descontextualización de aquellos hechos que puedan resultar contrarios a esta doctrina. En ese contexto, resulta interesante volver a la discusión acerca del uso de la violencia.

En palabras de Kruijt y Koonings, “la violencia ha sido la característica histórica fundamental en el desarrollo y evolución de las sociedades de América Latina”[6].  Desde la opresión contra la población indígena impuesta por los colonizadores europeos, pasando por las guerras de independencia y el accidentado camino hacia las repúblicas democráticas, el fenómeno ha sido condición sine qua non de la historia regional.

Bajo la matriz de análisis de estos autores, existirían entonces tres categorías de violencia que identificar: la violencia relacionada con el mantenimiento del orden social tradicional, rural y oligárquico; la violencia derivada de la modernización del Estado y de la incorporación de las masas a la política; y, finalmente, la violencia relacionada con las dificultades para la consolidación de la estabilidad democrática, el progreso económico y la participación social[7].

Repasando la historia del siglo XX en América Latina, se hace presente un tipo de conflicto armado que cruza de manera transversal las tres categorías: la guerrilla. La percepción de una injusticia histórica que se inicia con el encuentro entre el español y el indio y que sigue su curso expresada en las condiciones de dominación estructural por parte de las grandes potencias, parece instalarse como soporte simbólico de dicha táctica combativa. En tanto la complicidad de las élites latinoamericanas con la perpetuación de una estructura socio-económica desigual, con escasos espacios de participación y que sometió a la mayoría de la población a la exclusión de los beneficios del sistema demo-liberal, se configuraría como la base empírica de la criticidad. El cuerpo operativo de la crítica sería la de una sublevación capaz de ofrecer una propuesta política alternativa al escenario de exclusión, que bien puede configurarse como el movimiento guerrillero.

Según el autor Jorge Nef, ese tipo de violencia fue reivindicada en distintos momentos del siglo XX por movimientos guerrilleros del tipo insurreccional, es decir, articuladores de demandas de los grupos sociales cuyos intereses han sido reprimidos o excluidos de los procesos políticos normales. Este tipo de violencia se enmarcaría en una ideología revolucionaria que proviene de diversas doctrinas marxistas y propugna la articulación de un conjunto político de temas nacionalistas, cuya lucha contra regímenes opresivos se convierte en un proyecto de liberación nacional y popular. “La violencia se justifica como la instrumentalización necesaria para construir una sociedad mejor”, señala Nef[8].

El porqué de la guerrilla, entonces, parece explicarse en la urgencia de combatir las condiciones estructurales e históricas de escasez, desigualdad y autoritarismo. También en la necesidad de crear una especie de contracultura capaz de enfrentar la hegemonía del modelo social político imperante[9]. Es decir, se sitúa como una alternativa al modelo de desarrollo cimentado en el capitalismo radical de institucionalidad deficiente, o al de una dictadura, que impone modos de producir, estilos de consumir y un sistema de organización social y política propios del autoritarismo. Ante el escenario de inequidad estructural, los escasos espacios de participación política y la intervención –explícita e implícita- de las potencias extranjeras para mantener el statu quo, se abrían amplias posibilidades para que surgieran manifestaciones violentas como única alternativa de ruptura con el modelo impuesto. En ese sentido, la lucha armada en la historia de América Latina debiera ser entendida fundamentalmente como un fenómeno político cuya principal inspiración fue proponer un sistema alternativo al modelo capitalista radical. Aquella fue su razón de ser. Mientras que sus preceptos reivindicativos básicos apuntaban a garantizar la defensa de la soberanía y la autodeterminación de los pueblos; el mejoramiento de la calidad de vida del campo y la ciudad; la reducción de la inequidad estructural; la redistribución de la tierra y la Reforma Agraria; la democratización de la sociedad y la transformación revolucionaria del Estado para la construcción de un modelo de desarrollo basado en la justicia social.

Un segundo debate inacabado es el que indaga en los actores de la insurrección. Probablemente esa fue la segunda cuestión que me pregunté mientras sostenía los encuentros con los protagonistas de estas páginas. Si la vigencia del debate acerca de las razones que fundaron la toma de las armas se podía leer entre líneas durante nuestras conversaciones, la simplicidad de sus actores era un segundo implícito. Casi explícito.

La gesta épica de 82 hombres comandados por Fidel Castro, Ernesto Che Guevara y Camilo Cienfuegos, que descendieron del yate Granma en las playas orientales de Cuba y tras dos años de intensa guerrilla entraron triunfantes a la Habana en enero del 59, resultaba tan heroica como ajena a la simplicidad de las historias que fuimos reconstruyendo en  estos ejercicios dialógicos.

Antes de graduarse de tenientes, subtenientes o combatientes guerrilleros en Cuba, Bulgaria o Vietnam, los jóvenes milicianos chilenos habían sido muchachos como cualquiera de su edad. Probablemente algo similar ocurriría al indagar en las historias de los rebeldes de la Sierra Maestra antes del triunfo revolucionario del Caribe. Eso sí, en ambos casos, hay algo que diferencia a los combatientes de otros hombres: la irreductibilidad de sus convicciones. De todos los testimonios captados para este libro, ninguno dio cuenta de alguna duda cuando se les planteó la posibilidad de prepararse militarmente para colaborar en la resistencia contra la dictadura chilena. Probablemente más de alguno la tuvo, pero ninguno la reconoció, descartando de plano esa posibilidad. En ese momento entregar al país la alternativa de un modelo de vida más justo, en medio de la atrocidad, les parecía urgente. Quizás vital. Por eso el rotundo que se repite en una y otra historia.

Yo ya había tenido la oportunidad de conocer a antiguos guerrilleros y a algunos de sus familiares. Nos habíamos encontrado en 2009, cuando como periodista del semanario La Nación Domingo me tocó entrevistar a varios de ellos a raíz de la preparación de una edición periodística especial sobre los 30 años del triunfo de la Revolución Sandinista de 1979 en Nicaragua. Por esos días, después de darme sus testimonios en conversaciones que se extendieron hasta la madrugada de una fría noche de viernes de julio, algunos de ellos viajaron a Managua para participar en las actividades de conmemoración oficial preparadas por el gobierno de Daniel Ortega. Hasta entonces, era uno de los pocos homenajes que habían recibido.  Seguían siendo desconocidos para Chile.

Un año antes había tenido la oportunidad de recorrer varios países de Centroamérica, conocer de cerca la historia de violencia reciente y algunas de las consecuencias físicas de la guerrilla, que se exponen como museo al aire libre ante los ojos de los visitantes de las principales ciudades de Nicaragua, El Salvador, Honduras y Guatemala. La simpleza con que los protagonistas de este libro narraban sus experiencias durante nuestros diálogos, me hizo recordar la naturalidad con que se abría este tipo de relatos en algunos de esos países de América Central, testimonios en que se reconocía con mucha frecuencia la colaboración de los chilenos en el derrocamiento de dictaduras dinásticas, como la de la familia Somoza en Nicaragua.

Entendí que los antiguos combatientes comunistas chilenos exigían espacio para la entrega de sus testimonios aquí. En esta tierra. Algo así como un acto de justicia. La necesidad de recobrar una cierta identidad, de ser reconocidos en trozos de la historia reciente de este Chile. De a poco, la idea de redactar este libro tomó un cierto cariz de justicia. Un necesario dar cuenta de aquellos que participaron de combates irregulares en el epílogo de los ‘80 y, sin querer, se convirtieron en testigos privilegiados de la caída oficial de la experiencia socialista, la dispersión de buena parte de los cuadros de la izquierda y el fin de los intentos por dar una salida revolucionaria a la dictadura de Pinochet.

Supe que escribir acerca de la experiencia de combatientes chilenos en las postrimerías de las insurgencias guerrilleras de la región no solo era una materia vigente, de alta simpleza épica, profunda convicción y dolor, sino también tenía la trascendencia de reconstruir una parte de la historia invisibilizada. Hubo entonces una última razón para publicar este libro: la idea de generar una producción simbólica capaz de contrarrestar el discurso imperante -bajo la matriz de análisis gramsciana[10]- sobre la historia política-militar de Chile. La apuesta fue deconstruir las lecturas históricas que tienden a configurar estas experiencias de combate como algo inaccesible y oculto. Darlas a conocer y contextualizarlas fuera de toda caricaturización, significó el desafío de abrir nuevas perspectivas para la interpretación de este trozo de pasado, que apunten a reconstruirlo de manera completa. Conocer la historia, no solo desde el reconocimiento del trabajo de las Fuerzas Armadas regulares, designadas como tales por la Constitución de 1980 -el Ejército, la Fuerza Aérea y la Armada- sino también por medio de las experiencias de aquellos oficiales, suboficiales y combatientes preparados en territorio extranjero y que estuvieron dispuestos a participar en las luchas de liberación de otros países de América Latina para contrarrestar condiciones de opresión flagrante.

No es la vocación de este texto, entonces, hacer un estudio prolijo de la política militar del Partido Comunista de Chile, que sí cuenta con interesantes investigaciones publicadas. Tampoco ahondar en los desaciertos de las fuerzas políticas de izquierda, que tomaron las armas en busca de una construcción social política mejor, empeño que -a ojos de muchos de los militantes- fracasó. Se busca más bien rescatar desde el espectro de lo invisible parte de nuestra historia, a través de los testimonios de un puñado de jóvenes comunistas chilenos que integraron las últimas generaciones que se prepararon en países socialistas para buscar una salida revolucionaria a la dictadura de Pinochet. La búsqueda de construir memoria a partir del reconocimiento de una realidad silenciada. La creación conjunta de una nueva interpretación del pasado reciente por intermedio de testimonios orales de quienes protagonizaron estos hechos. Después de todo, y tal como explican las autoras argentinas Cristina Viano y Luciana Seminara, el ejercicio de recabar experiencias a través de las palabras puede ser considerado como un verdadero instrumento de reconstrucción de la identidad y no solo como una herramienta de función informativa. “Por ello, es imprescindible considerar que entre aquellos que están dispuestos a reconstruir su experiencia biográfica y aquellos que les solicitamos hacerlo, porque nos interesamos por sus historias, se establece una relación social que define los límites de lo que es efectivamente decible”.[11]

Ante todo, en esta construcción de memoria dialógica, hay una intención de realizar un pequeño acto de justicia. Un reconocimiento a todos aquellos que durante la década de los ‘80 estuvieron dispuestos entregar sus vidas por la construcción de países más justos en América Latina.

Vaya para ellos este homenaje, más que nunca cuando la movilización social volvió a instalar en el Chile de esta década viejas demandas de participación y justicia, lo que parece traer nuevas posibilidades de profundización democrática.

Desde 1992, la mayoría de los restos de los ex guerrilleros chilenos que murieron en combate en otros países de Latinoamérica han sido repatriados por gestión de sus propios familiares, de organizaciones de solidaridad y Derechos Humanos, y del apoyo de las embajadas de los países respectivos. Casi todos se encuentran en el Mausoleo de Combatientes Internacionalistas en el Cementerio General de Santiago, excepto aquellos cuyos restos hasta ahora no han sido encontrados.

[1] Rodríguez Pizarro, Alba Nubia. Acciones Colectivas en el conflicto político colombiano: ¿De guerrilla a grupos terroristas? El caso del ELN. Política y Sociedad. Vol. 42. Universidad del Valle. Cali, Colombia. 2005.

[2] Martínez, Luis. “Lo militar y el FPMR en la Política de Rebelión Popular de Masas: Origen y desarrollo”. Revista Alternativa, N°23. Instituto de Ciencias Alejandro Lipschutz, ICAL.

[3] La frase “el fin de la historia” es acuñada en el libro El fin de la Historia y el último hombre, publicado en 1992 por el politólogo norteamericano de origen japonés Francis Fukuyama. En el texto se propone la teoría de que la historia humana entendida bajo el precepto de lucha entre ideologías ha terminado, dando inicio a una etapa histórica asociada a la democracia liberal y a la economía de libre mercado, que se ha instalado por sobre las viejas utopías comunistas que terminaron de sepultarse con el colapso de la URSS y el término de la Guerra Fría. Esta teoría fue parte del ascenso de la denominada revolución conservadora de la década de los 80’ y los 90’, con eslóganes como el de, No hay Alternativa al capitalismo de mer­cado, de la Primera Ministra del Reino Unido Margaret Thatcher.

[4] La tesis más influyente de democracia a partir de los años 40’ es la solución elitista esgrimida por el autor Joseph Schumpeter, ver SCHUMPETER, Alois  Joseph. Capitalismo, Socialismo y Democracia. Ediciones Folio. España. 1984.

[5] De Souza Santos, Boaventura. Democratizar la Democracia. Los caminos de la democracia participativa. Fondo de Cultura Económica, México D.F. 2004. p.60.

[6] Kruijt, Dirk y Koonings, Kees. Las sociedades del miedo. El legado de la guerra civil, la violencia y el terror en América Latina. Ediciones Universidad de Salamanca. 2002. p 23.

[7] Ibídem.

[8] Nef, Jorge. Panorama general de la violencia y las ideologías en América Latina. Jaque a la democracia: orden internacional y violencia política en América Latina. Programa RIAL, Colección Estudios Internacionales. Grupo Editor Latinoamericano. 1990. p 64.

[9] Entendiendo término contracultura como el acuñado por el historiador norteamericano Theodore Roszak en su libro de 1968 El nacimiento de una contracultura. El  concepto implica aquellas tendencias, valores y actitudes sociales que se contraponen a las formas establecidas en una sociedad.

[10] Contra hegemonía, bajo el concepto del teórico marxista italiano Antonio Gramsci, que acuña la noción de hegemonía para referirse a la cultura dominante que apunta a la reproducción de la superestructura, de la ideología misma y sus formas de expresión, significación y perpetuación.

[11] Seminara, Luciana y Viano, Cristina. Las dos verónicas y los múltiples senderos de la militancia: de las organizaciones revolucionarias de los años 70’ al feminismo. Centro de Estudios de Historia Obrera. Universidad Nacional de Rosario, presentado en Coloquio sobre historia, género y política en los 70’. Agosto de 2006.

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