Año Violeta

Hoy la festejamos, pero en vida rara vez tuvo el apoyo que necesitaba. Una mujer con todos los ingredientes para agitar los prejuicios de su época.

Patricio Wang. Compositor e intérprete. París. Un año Violeta? Eterno dilema: año “Mozart”, año “van Gogh”,  como un homenaje que llega siempre demasiado tarde; el artista mismo habrá desaparecido en tristes circunstancias, olvidado, en la miseria o enterrado en una fosa común, para resucitar posteriormente y convertirse en un ícono universal.

Violeta no es una excepción, hoy la festejamos, pero en vida rara vez tuvo el apoyo que necesitaba. Una fuerza de la naturaleza, torbellino creativo, con ideas políticas, con sensibilidad social, una mujer de carácter, pionera, todos los ingredientes para agitar los prejuicios de su época. Cómo no pensar en Gabriela Mistral, que acabamos de celebrar y que sin embargo fue una eterna exiliada. Estos “años” tienen siempre un pequeño dejo amargo por una cierta culpabilidad de la sociedad, que intenta reparar la indiferencia que caracterizó en su momento la actitud hacia el artista en cuestión.

También es peligrosa la sobredosis de presencia, que más que acercarnos a su verdad última tiende a convertirlo en una imagen, omnipresente y vacía.

La complejidad de un homenaje

Un homenaje nunca es simple, tampoco en el caso de Violeta, quien además nos legó el misterio de su personalidad, inmensa, inasible, contradictoria. Cuántos mitos alrededor de su historia, comenzada el 4 de octubre de 1917, cuántas ideas reductoras sobre su personalidad y su trabajo. Su proveniencia modesta y provincial tiende a subrayar su origen campesino, lo que es una simplificación puesto que, si bien son reales las raíces campesinas de su familia, su padre era profesor de música, lo que no es un dato menor, a la luz de su desarrollo posterior y del inmenso legado musical del cual hasta el día de hoy todos los músicos chilenos nos seguimos nutriendo.

Un estereotipo corriente la muestra como una campesina con su guitarra recorriendo el campo chileno para recopilar melodías tradicionales. La verdad es que Violeta es eso, una musicóloga apasionada, pero mucho más aún: es también la intelectual (aunque me habría cortado la cabeza seguramente si me hubiera escuchado definiéndola así) que se codeaba con lo más selecto de la intelligentsia nacional, que expuso sus arpilleras en el Louvre y daba en Ginebra entrevistas en francés, y una compositora con una vasta cultura musical que nos dejó, además de canciones de una fuerza musical y poética avasalladora, páginas de música para guitarra de una gran originalidad, que testimonian de una visión y dominio muy particular del instrumento, y que siguen siendo estudiadas y analizadas por musicólogos e intérpretes. Baste pensar en sus “Anticuecas” o en “El Gavilán” (del que tuve el honor en 1977 de escribir y grabar con Amankay el primer arreglo que se hizo, luego de que Violeta lo grabara en 1964 y que posteriormente grabé con Quilapayún e Isabel Parra en 1981) pensado como un ballet y de una gran complejidad musical, obras que nacen sin mediar grandes antecedentes en el medio musical en que se desarrolló Violeta, medio que ella fecundó, con la generosidad del creador de ideas que lo nutren y cambian nuestro mundo para siempre.

Fustigadora de la injusticia social

Cambiar el mundo es tema constante en el trabajo de Violeta. Desde su vida y su militancia concreta luchó por la cultura,  arponeó y fustigó una y otra vez la injusticia social, creada por la hipocresía y el abuso de poder de las clases adineradas (“muchos van con ropa blanca y Dios me libre por dentro”). Lo hizo con las armas más sutiles y refinadas de lo mejor de su arte, el que, como toda expresión válida, no podía ser sino subversivo, es decir no-conformista y revolucionario. No fueron panfletos simplistas sino verdaderas obras de arte,  cada una de sus canciones es un tesoro de innovaciones musicales y poéticas, donde nunca están ausentes la ironía y el sentido del humor, parte integral de la vitalidad de un arte vivo:

“…también tengo nueve hermanos 
fuera del que se engrilló

los nueve son comunistas con el favor de mi Dios, si”.

Es en este espíritu creativo que está el origen de una gran renovación musical en Chile. Violeta viajó por todo el continente y trajo ideas e instrumentos que no nos eran en absoluto familiares, excepto para  especialistas. Pocos eran los músicos de mi generación que habían visto de cerca un cuatro, un tiple, una quena. Recién en 1969, en mi primer año de Conservatorio pude ver por primera vez de cerca un charango cuando en la Universidad Técnica escuché a Pato Castillo de Quilapayún tocando un solo en un recital del entonces principiante conjunto.

Después fue la avalancha: Cantata Santa María, arreglos de Advis de Violeta para el Inti Illimani, Ortega, La Nueva Canción Chilena, Manns, Los Parra. Todo impensable sin el impulso pionero de Violeta, que no solo trajo ritmos, canciones e instrumentos de toda América sino además los ecos de expresiones libertarias que comenzaban a evidenciarse en todo el continente y que terminarían, en Chile, por culminar en un movimiento popular que haría triunfar en las urnas al primer presidente marxista electo de la historia en 1970. Pero Violeta nos había ya dejado el 5 de febrero del ’67. Cómo nos habría gustado haber podido ver a Violeta junto al presidente Allende (pero mejor no imaginemos lo que los militares golpistas del 73 habrían hecho de ella.

Violeta, a fin de cuentas, no necesita un “año” Violeta Parra, porque está presente todos los días en nuestra vida de una u otra manera. Todos los años son un “año Violeta”. Pero igual sí, celebremos este año Violeta, en forma creativa, inventando, soñando, trabajando por la justicia y la cultura.

La obra de Violeta es vital, multifacética, en movimiento, y ya es nuestro patrimonio.

Pero su vida, y su muerte, a pesar de los testimonios fotográficos, grabaciones, pinturas, poesía, seguirán siendo un misterio. Nunca terminaremos de conocerla. Construyamos nuestra idea de Violeta cada uno a su manera, un libro, una película, un arreglo o nueva interpretación de sus canciones, etc. y sigamos emocionándonos con su obra, aunque no siempre podamos explicar esa emoción, tal como Jean-Jacques, un amigo francés, que no sabía mucho de ella y no hablaba español, pero que confesaba que cuando escuchaba una grabación con la voz de Violeta, solo podía sentarse sin poder impedir un río de lágrimas que lo invadía.

 

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