A dos años de la muerte de Lemebel

Montado en sus zapatos de taco alto y su larga pollera, apagó su voz un 23 de enero del 2015. Su hablar corriente, le permitió gritar sin tapujos sus verdades.

Nelly Carrasco. Santiago. Como, “travestido, militante, tercermundista, vilipendiado por un establishment que no soporta sus palabras certeras, memorioso hasta las lágrimas, no hay campo de batalla en donde Lemebel, fragilísimo, no haya combatido y perdido”, fue definido el eterno Pedro Lemebel, por Roberto Bolaño.

“Más que una construcción literaria, mi escritura es una estrategia” decía Lemebel, “escribo desde una territorialidad movediza, tránsfuga”, así lo demuestra esa ansiedad oral que traspasa todos sus escritos, “de alguna manera lo que hacen mis textos es piratear contenidos que tienen una raigambre más popular para hacerlos transitar en otros medios donde el libro es un producto sofisticado”; allí están sus crónicas, sus programas radiales, su poesía y sus historias, todas desde la sencillez y la verdad sin mordaza, las que chocan con ese mundo “perfecto” en que todo debe calzar dentro de lo permitido, “en el álbum macho, familiar y tradicional del canon literario chileno quizás soy la tía solterona cronista. No lo he averiguado. No me interesa esa parentela vinagre”, expresaba el escritor.

Pedro Lemebel trivializo y folklorizó su “militancia sexual”, el mundo sexual -explicaba- es un universo enorme lleno de matices, se acepta el gay profesional, el gay televisivo, el gay farandulesco, el gay de gimnasio, pero la loca triste, evidente y furiosa de la población sigue siendo estigmatizada. “No soy Passolini pidiendo explicaciones/ No soy Ginsberg expulsado de Cuba/ No soy un marica disfrazado de poeta/ no necesito disfraz/ Aquí está mi cara/ Hablo por mi diferencia/Defiendo lo que soy/ Y no soy tan raro ( Manifiesto).

Lo más original del trabajo de Lemebel está en la vehemencia de su ejercicio de la diferencia. Esto es, en su formidable capacidad y talento para generar la hibrides. Quizá el travestismo que baraja identidades operativas, el carnaval que canjea escenarios equivalentes, los géneros que se ceden la palabra gozosa, la performance que es una ocupación de espacios monológicos y la sexualidad espectacular que no se ahorra ninguno de sus nombres, se configuran en esa hibrides, que es el eje de la escritura misma. Una escritura de registro tan metafórico como literal, tan hiperbólico como social, y cuya  fruición es de una aguda poética emotiva. Guadalupe Santa Cruz ha dicho que Lemebel escribe con “la espléndida tinta de la mala leche.” Escribe con desamparada ternura; o sea, con minuciosa ferocidad.

A modo de sinopsis

En “A modo de sinopsis”, Lemebel hace una declaración de principios y explica, en su estilo, cómo llegó a la escritura y por qué escribe así:

“Podría escribir clarito, podría escribir sin tantos recovecos, sin tanto remolino inútil. Podría escribir casi telegráfico para la globa y para la homologación simétrica de las lenguas arrodilladas al inglés. Nunca escribiré en inglés, con suerte digo go home. Podría escribir novelas y novelones de historias precisas de silencios simbólicos. Podría escribir en el silencio del tao con esa fastuosidad de la letra precisa y guardarme los adjetivos bajo la lengua proscrita. Podría escribir sin lengua, como un conductor de CNN, sin acento y sin sal. Pero tengo la lengua salada y las vocales me cantan en vez de educar. Podría escribir para educar, para entregar conocimiento, para que la babel de mi lengua aprenda a sentarse sin decir palabra. Podría escribir con las piernas juntas, con las nalgas apretadas, con un pujo sufi y una economía oriental del idioma. Podría mejorar el idioma metiéndome en el orto mis metáforas corroídas, mis deseos malolientes y mí desbaratada cabeza de mariluz o marisombra, sin sombrilla o con el paraguas al revés, a todo sol para que la globa me haga mundial, exportable, traducible hasta el arameo que me canta como un florido peo. Podría guardarme la ira y la rabia emplumada de mis imágenes, la violencia devuelta a la violencia y dormir tranquilo con mi novelería cursi. Pero no me llamo así, me inventé un nombre con arrastre de tango maricueca, bolero rockerazo, o vedette travestonga. Podría ser el cronista del high life y arrepentirme de mis temas gruesos y escabrosos. Dejar a la chusma en la chusma y hacer arqueología en el idioma hispanoparlante. Pero no vine a eso. Está lleno de cronistas con una flor estilográfica en el ojal mezquino de la solapa. No vine a cantar ladies and gentlemen; pero igual me canta, señora mía. No sé a lo que vine a este concierto, pero llegué. Y me salió la letra como un estilete. Más bien sin letra, como una prolongación de mi mano el gruñido la llora. Parecen gemidos de hembra cobarde, dijeron por ahí los escritores del culebrón derechista. Llegué a la escritura sin quererlo, iba para otro lado, quería ser cantora, trapecista o una india pájara trinándole al ocaso. Pero la lengua se me enroscó de impotencia y en vez de claridad o emoción letrada produje una jungla de ruidos. No fui musiquera, ni le canté al oído de la trascendencia para que me recordara a la diestra del paraíso neoliberal. Mi padre se preguntaba por qué a mí me pagaban por escribir y a él nadie le remuneró ese esfuerzo. Aprendí a la fuerza, aprendí de grande, como dice Paquita La del Barrio; la letra no me fue fácil. Yo quería cantar y me daban palos ortográficos. Aprendí a arañazos la onomatopeya, la diéresis, la melopea y la tetona ortografía. Pero olvidé todo enseguida, me hacía mal tanta regla, tanto crucigrama del pensar escrito. Aprendía por hambre, por necesidad, por laburo, de cafiola, pero comenzaba a estar triste. Pude haber escrito como la gente y tener una letra preciosa, clarita, clarita como el agua que corre por los ríos del sur. Pero la urbe me hizo mal, la calle me maltrató, y el sexo con hache me escupió el esfínter. Digo podría, pero sé bien que no pude, me faltó rigurosidad y me ganó la farra, el embrujo sórdido del amor mentido. Y creí como una tonta, como una perra lacia me dejé embaucar por alegorías barrocas y palabreríos que sonaban tan relindos. Pudiste ser otro, me dijeron los maestros con sus babas mojándoles los pelos de profetas. A pesar de todo aprendí, pero la tristeza caía sobre mí como un manto culto. No fui cantor, les repito, pero la música fue el único tecnicolor de mi biografía descompuesta”.

Las Yeguas del Apocalipsis

Dúo artístico conformado él y el poeta Francisco Casas, como fenómeno de contracultura a finales de los 80′. Las Yeguas traspasaron las fronteras nacionales y estuvieron presentes en lugares como la ¨Bienal Sao Paulo con una de sus obras más emblemáticas: Las dos Fridas.

Las Yeguas del Apocalipsis, cuyo nombre habría estado inspirado en el virus VIH, nacieron para responder a esta profecía, por lo que realizó la versión femenina de los jinetes del Apocalipsis y se autodenominó de esta manera. El dúo debutó el 22 de octubre de 1988 en la entrega del premio de poesía Pablo Neruda al poeta Raúl Zurita en La Chascona, a quien le pusieron una corona de espinas, cuya fotografía apareció en La Época, según consigna el sitio Memoria Chilena. Las “Yeguas” se transformaron en un mito. Fueron el “terror” de los lanzamientos de libros y las exposiciones de arte de la década de los ochenta.

  • Uno de los premios más importantes de las letras iberoamericanas es el otorgado por la Universidad de Talca en Chile desde 2001 es el José Donoso. En 2013 recayó en manos de Lemebel, transformándose en el tercer chileno que lo ha ganado hasta ahora.
  • Pese a la campaña levantada por sus lectores, en el 2014 no logró el Premio Nacional.
  • Lemebel, nación en Santiago un 21 de noviembre de 1952, Estudió en la Universidad de Chile, lugar donde se tituló de profesor de Artes Plásticas. Luego de egresado, comenzó a trabajar en dos liceos periféricos de la ciudad de Santiago, pero fue despedido de ambos, al parecer debido a su apariencia homosexual. Luego de esta mala experiencia, Pedro Lemebel no volvió a ejercer la docencia, dedicándose en lleno a los talleres literarios.
  • Falleció el 23 de enero del 2015 a causa de un cáncer de laringe.

Pedro Mardones Lemebel, publicó más de siete novelas. Algunos de sus títulos:

Háblame de amores, Adiós, mariquita linda, Serenata Cariola, Zanjón de la Aguada, Tengo miedo torero, Las esquinas de mi corazón, Loco afán, De perlas y cicatrices, Los intocables, Poco hombre.

 

 

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