100 días que no cambiaron a Chile
Editorial — 28 de junio, 2010Llegó al poder encumbrado en una gran decepción: que la Transición no fue hacia “la democracia”, sino más bien se trataba de una suerte de boomerang: el proyectil volvía al punto de partida.
¿Modelo económico? el mismo de la dictadura.
¿Tratamiento de los derechos humanos? “en la medida de lo posible”.
¿Revisión de las privatizaciones? quedará para otra vez… que fue “nunca” y allí están todavía los delincuentes económicos disfrutando de su saqueo al patrimonio nacional.
¿Constitución Política del Estado?: la misma de Pinochet, Jaime Guzmán y José Piñera (con disculpas a otros coautores omitidos por razones de espacio).
Había que cambiar “el personal político” porque sólo en el tango “20 años no es nada”, en cambio acá hubo autocomplacencia, manga ancha, nepotismo y muchas zonas oscuras.
Y amparados en su dominio casi absoluto de la prensa escrita, radial, televisiva -¿no dijo acaso un prócer concertacionista que la mejor política comunicacional era “no tener política comunicacional”?-, la derecha pudo lavar sus culpas indudables y apostar a una “alternancia” que no era sino el punto de llegada lógico del cogobierno.
Y por eso, y otras razones que la razón no ignora, llegó al poder ¡Sebastián Piñera! el “gran emprendedor”. Con él, un equipo un tanto inexperto pero dotado de un fino olfato de clase, soberbio de certezas pre conciliares, muy pagado de su “excelencia”, ávido de exhibir sus caros pergaminos.
Lo único que no sabían era de su pueblo. Perdónesenos el “su”: en verdad, ignorantes de pueblo, convencidos de que no hemos sobrepasado aun las etapas criollistas, y esperando a cada aparición suya en las pantallas televisivas o en las calles barrosas de las poblaciones algún entusiasta que les gritara quincheralmente “¡buena patrón!”.
¿Habrán olvidado que a La Moneda llegaron -también Concertación mediante- porque el pueblo con sus mil expresiones, desde el “y va a caer” mil y mil veces reproducido en calles y balcones, hasta las formas más agudas de lucha, preguntaba y objetaba derechamente “quién lleva la batuta…?”.
Ese pueblo, rodeado de una gigantesca marea solidaria que recorría todos los continentes, partidos y posiciones filosóficas y políticas, había decretado el derrumbe inminente de la dictadura de ellos, la indisimulablemente suya de quienes hoy predican una “reconciliación” imposible sin Verdad y sin Justicia.
¿Les ayudan el terremoto y maremoto, los partidos del Mundial de fútbol? Son ellos, con sus desgracias distribuidas por el territorio con la misma fatalidad de clase con la que llegan la cesantía y las colas interminables en los servicios de urgencia, los que están marcando estos 100 días primeros de la administración del presidente inversionista. El mismo que, dicho sea y no de paso, todavía no resuelve su “conflicto vital” con CHV, propiedad estatal a través de la Universidad de Chile y hoy objeto de operaciones bursátiles más bien turbias. Y, entonces: ¿qué balance?
Pregunten a los profesores-taxis en todos los niveles, incluso los más altos, de la educación pública y privada. No olviden, en este capítulo, a los niños y a los jóvenes. Pregunten a los trabajadores hoy mal esperanzados en un salario mínimo que ya se comieron las alzas disparadas sin pudores ni reservas éticas. Pregunten a los cientos de miles de hermanos “originarios” contra los cuales se levanta airado un mal llamado “Estado de derecho”, para reducirlos a la condición de parias de su tierra.
Pregunten, finalmente, a los centenares de miles de damnificados, pescadores artesanales, obreros, empleados, empresarios pequeños y medianos, por lo que les ha entregado el publicitado despliegue de “la reconstrucción”.
Pero no le pregunten a las grandes empresas, a los consorcios que se preparan ávidos a “contribuir” a la reconstrucción, a las mineras privadas, las constructoras, los monopolios de todas la especies.
Como habría dicho Pablo Neruda:
¡Venid a ver
el hambre por las calles,
venid a ver el hambre
por las calles,
venid a ver el hambre por las calles!












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